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Noelia Figueroa: «La crítica al patriarcado debe ser una crítica al capitalismo neoliberal»

Noelia Figueroa es activista y doctora en Ciencias Sociales. Profesora de historia latinoamericana y teoría feminista de la Universidad Nacional de Rosario, militante de Mala Junta-Feminista y del frente político Patria Grande.

Redacción

Fotografías Emergentes. Manifestación en Buenos Aires, 2019.

Noelia Figueroa es activista y doctora en Ciencias Sociales. Profesora de historia latinoamericana y teoría feminista de la Universidad Nacional de Rosario, militante de Mala Junta-Feminista y del frente político Patria Grande.

El 3 de junio se cumplieron 5 años del movimiento “NiUnaMenos”. Un movimiento que comenzó en Argentina y que marcó un punto muy alto en la lucha contra los feminicidios y la violencia contra las mujeres y niñas. Cuál es la importancia de este movimiento y su legado en la lucha feminista?

Yo considero que fue un punto de inflexión, un antes y un después del movimiento feminista, no solo en Argentina, sino a nivel regional e incluso mundial. Su importancia tuvo que ver con la posibilidad de contar con una reacción organizada, rápida, con mucho nivel de convocatoria, utilizando las redes sociales, utilizando las plataformas que permitieron un nivel muy alto de espontaneidad y de masividad. Eso se logra porque en Argentina ya existía un movimiento que desde hace muchos años se venía organizando y  discutiendo el tema de las violencias como uno de sus puntos principales, pero que nunca había logrado interpelar masivamente a la sociedad. La seguidilla de feminicidios que vivimos ese 2015 y el carácter que tuvieron, crearon la posibilidad de interpelar mucho más masivamente y de convocar a partir de la indignación que esas muertes provocaron.

Hay un acuerdo bastante extendido entre los feminismos populares y de la cuarta ola, de que será imposible construir un mundo libre de violencias machistas, o libre de desigualdad de género, si no destruimos y cuestionamos al mismo tiempo al capitalismo neoliberal.

Sin embargo, creo que ese movimiento hubiera sido muy limitado si nos hubiéramos quedado sólo en el grito defensivo de “Ni una menos” y sólo en la denuncia de los feminicidios, que son la forma más extrema de un contínuum de violencias patriarcales que sufrimos cada día. Gracias a toda esa tradición anterior y a esa organización previa, y a mucha práctica en acompañamientos de violencia y conceptualizaciones y teorizaciones, logramos politizar la discusión en torno a las violencias, para llegar a hacer un diagnóstico de la sociedad patriarcal. Es decir, no hay forma de evitar los feminicidios, o las muertes violentas de mujeres y niñas en manos de varones, que en más del 80% de los casos tienen un vínculo directo con esas mujeres, no hay forma de evitarlo si no es transformando de cuajo la sociedad patriarcal que educa a los varones para ser violentos y a las mujeres para ser violentadas y que nos socializa en esa diferencia.

Entonces, creo que ni una menos marca un punto de visibilización y de cristalización de toda esa potencia, que a partir de allí va a dar un salto impresionante. Para que se hagan una idea, hasta el 2015 participábamos más o menos 20.000 mujeres en los Encuentros Nacionales de Mujeres, a partir de octubre de 2015, que fue el encuentro después de ese 3 de junio, empezamos a participar arriba de 60.000 y ese número no ha parado de crecer.

Noelia Figueroa.
Noelia Figueroa.

Este parece ser un año de muchos aniversarios en la lucha por la equidad de género. Se cumplen 25 años de la cuarta conferencia mundial de la ONU sobre la mujer, donde se aprobó la plataforma de acción de Beijín. Además, se cumplen 20 años de la resolución 1325 mujeres, paz y seguridad, del Consejo de Seguridad de la ONU. Qué balance haces tu de estos procesos y que importancia tienen para las luchas de las mujeres hoy?

Viéndolo a la distancia, creo que hay un montón de críticas que se podrían hacer a esos espacios de acuerdo sobre normativas y a muchas de esas resoluciones, por la perspectiva desde la cual se construyeron las Conferencias Mundiales. Son instrumentos que en gran parte dan cuenta de una dinámica internacional en la que países con capacidad hegemónica definen la temática de la agenda. Por eso muchas veces el feminismo de estos espacios es un feminismo muy heterosexual, muy blanco, muy occidental, muy vinculado a la clase media.

Sin embargo, lo que logramos conseguir a nivel internacional abrió el marco de posibilidad para que luchemos por normativas mucho más de avanzada en nuestros propios países. En Argentina la ley 26485, que es la ley integral de protección hacia las mujeres, no hubiera sido posible sin esas normativas internacionales. Por eso tenemos esa relación contradictoria con esos espacios, pero por sobre todas las cosas, yo creo que hay que defender esas conquistas internacionales porque no son de una vez y para siempre. Si hay algo que nos tiene que preocupar y mantener alertas, es justamente que los sectores anti-género, que los sectores anti-derechos, se están organizando con cada vez más capacidad de lobby en el marco del entramado supranacional y de esos espacios de discusión y producción de marcos normativos. Así que son espacios que no podemos relegar y que tienen impacto concreto en la vida de las personas, porque son las referencias sobre las cuales se va avanzando.

Volviendo al contexto latinoamericano, ha quedado claro el rol definitorio que el movimiento feminista jugó en la derrota electoral de Macri. La ola verde se hizo también muy conocida a nivel mundial. El año pasado tuvo lugar un nuevo Encuentro Nacional de Mujeres en Argentina con 200.000 asistentes. El movimiento feminista de tu país se ha convertido en un factor determinante de la política. Cómo lograron esto y cuales son los retos del momento?

El movimiento feminista en Argentina tuvo una importancia fundamental en los cuatro años de resistencia al macrismo. Supo adaptarse para unir las reivindicaciones por una vida libre de violencia para las mujeres, las identidades LGBTIQ y otras, con la lucha contra la precarización de la vida, contra el empobrecimiento de nuestras realidades, que necesariamente se traducía en una lucha contra el gobierno Macri. Esto cambia una vez el Frente de Todos gana las elecciones. Hoy por hoy las tareas y los desafíos son otros. Tenemos que adaptarnos a una nueva etapa política en la que decir unidad o decir que estamos juntas no alcanza, sino que hay que acelerar todo lo posible, dar un paso mucho más allá, hacer que nuestras demandas se transformen en derechos y hacer que nuestra mirada se transforme en parte integral de la política y eso no es tan sencillo.

Las condiciones para avanzar, tanto en derechos, como en ocupar la política, ocupar los espacios de poder, son muy favorables. De todas formas, el feminismo popular, que es al que nos interesa abonar, está en tensión con un feminismo mucho más autonomista, incluso liberal, que plantea que el rol del Estado no es central para conseguir esos derechos, o que cree  que de por sí la organización feminista va ha lograr transformar la realidad. Nosotras, muchas de las organizaciones y militantes que formamos parte de ese feminismo popular, estamos diciendo que hoy las tareas del feminismo están en los barrios populares, acompañando a las compañeras que sostienen las ollas populares, peleando para que haya un reconocimiento material de esa tarea, demandando políticas y presupuestos para el recién creado ministerio de las mujeres. O sea, intentando por todas las formas posibles que la transformación sea una transformación que tenga en cuenta las desigualdades y las asimetrías que hay, incluso dentro de las propias mujeres, que son asimetrías muy grandes y que con la pandemia se están agudizando.

Vamos a conservar el lugar determinante que tenemos en la política en tanto tengamos claridades en los objetivos y en lo prioritario de la tarea. Esto es, ese acompañamiento, empoderamiento y potenciación de las militancias territoriales y de los sectores más castigados de nuestra sociedad, que son los que habitan los barrios populares.

Se habla de una cuarta ola feminista y del feminismo popular. En Argentina hemos visto como la lucha de las mujeres por sus derechos se une a la lucha anti-neoliberal. Qué es lo nuevo en todo esto y cuál es el aporte de América Latina?

Sí, hablamos de la cuarta ola y la diferenciamos de las olas anteriores que tuvieron su centralidad en países de Europa occidental y en Estados Unidos. Esta cuarta ola surgió con fuerza desde Argentina, desde el sur, uniéndose enseguida con luchas regionales y continentales, tornándose global.

Es una ola que recupera gran parte del legado de la segunda ola feminista, en el sentido de seguir peleando por el acceso a los derechos sexuales y reproductivos básicos y que continúa haciéndose la pregunta en torno a por qué las mujeres y las identidades feminizadas somos oprimidas en tanto tales, cuestionando justamente la formación del patriarcado y el heteropatriarcado. También retoma los cuestionamientos de la tercera ola feminista y entonces cuestiona esa identidad mujer, blanca, heterosexual, de clase media, cristiana. La cuestiona y recupera los aportes de los feminismos indígenas, de los feminismos negros, de los feminismos lésbicos, de los feminismos comunitarios. Lo hace justamente porque, al surgir en un continente históricamente sojuzgado y nominado en el marco de la formación imperial, tiene toda esa potencia de hacer emerger a los cuerpos más castigados y subalternos.

Gracias a esa potencia se hace más fácil que se construya un diagnostico sobre el patriarcado que sea una crítica directa contra el capitalismo neoliberal. Por eso la cuarta ola ha logrado unir estas luchas. Hay un acuerdo bastante extendido entre los feminismos populares y de la cuarta ola, de que será imposible construir un mundo libre de violencias machistas, o libre de desigualdad de género, si no destruimos y cuestionamos al mismo tiempo al capitalismo neoliberal. Son justamente los cuerpos de las mujeres y sobre todo de las mujeres pobres y jóvenes, los más castigados por esa forma de organización social y ordenamiento del trabajo. Entonces son luchas que necesariamente van de la mano, no se puede subordinar una a la otra, pero tampoco se puede aplazar una en función de la otra.

América Latina se ha convertido en el epicentro mundial del Covid-19 y el confinamiento agrava las desigualdades y riesgos cotidianos que afrontan las mujeres. ¿Cómo evalúas la respuesta del gobierno argentino ante la pandemia?

En el caso argentino estamos muy conformes con las políticas de cuidado que se han diseñado desde el gobierno nacional. Obviamente, existen abusos de las fuerzas de seguridad como suele suceder, pero la mirada que guio el diseño de la estrategia de aislamiento social preventivo obligatorio es una mirada de cuidado, que hace hincapié en la salud. Eso es algo que va muy de la mano con como nosotras las feministas pensamos, con como creemos que se deben diseñar las políticas públicas, así que en eso estamos muy conformes.

Sin embargo, seguimos arrastrando el problema de que los espacios de conducción están muy masculinizados. Los comités de crisis están integrados en su amplísima mayoría por varones, mientras que las primeras líneas de cuidado están formadas sobre todo por mujeres: el sostenimiento de las ollas populares, las médicas, las enfermeras. En primera línea en general hay más mujeres y por tanto estamos más expuestas, sin embargo, la política la siguen diseñando varones, con honrosas excepciones, pero esa sigue siendo la situación.

Ahí hay una disputa por el tipo de Estado que queremos. Nosotras estamos luchando para que ese Estado sea un Estado que cuide, que ponga el cuidado en el centro y para eso necesitamos avanzar en muchas discusiones, en el reconocimiento salarial a todas esas tareas de sostenimiento en los barrios populares, en el diseño de un plan nacional de cuidado que es la gran faltante que tenemos en Argentina. Estamos tratando de “aprovechar” que esta crisis expone la miseria y las contradicciones habituales de la sociedad en que vivimos, aprovechar que la crisis desnuda esa realidad para barajar y dar de nuevo, para poder construir sociedades en las que el cuidado no sea algo feminizado, privatizado, familiarizado y no remunerado, como es ahora, y pase a ser un eje central de las políticas públicas.

Redacción

Equipo de redacción El Comején.

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