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De la chancla a la brecha digital

Exponer sobre la diferencia entre educación y pedagogía, en el caso colombiano, no cobra mayor sentido.

Renata Cabrales
Foto de Oladimeji Odunsi en Unsplash

Foto de Oladimeji Odunsi en Unsplash

¿Quién no ha escuchado aún en pleno siglo XXI a ciertas personas, que con cierto orgullo ridículo promueven el castigo con rejo, fuete o la chancleta de la madre o  padre, fuera de control (por la conducta natural de los niños y las niñas), como la forma más eficiente de educación? “A mí me dieron mis buenos chancletazos cuando era niño(a) y no me traumaticé”, escuchamos decir de repente a cualquier persona, que lo admite, sin importar que los demás sepan que es un macho violento, o en el caso de ser mujer: una persona insegura, incapaz de hablar en público, porque con la chancla, el rejo o fuete en mano, le advirtieron siempre, que calladitas las niñas son más bonitas.

Es evidente que al respecto no es mucho lo que ha cambiado desde la idea desarrollada en Vigilar y Castigar de Michel Foucault, en cuanto a la educación y la escuela, en los años 70. Para el filósofo francés, la disciplina, el castigo, la docilidad, el control del tiempo, el diseño del espacio y el examen, como ejercicio invisible del poder, confirman que el acceso masivo a la educación proyectó “individuos homogéneos, ni autónomos ni imaginativos”. Muy diferente a la idea de Paulo Freire en su Pedagogía de la Liberación, que  se entiende como un proceso de renovación en el cual, el diálogo y la reflexión son dos constantes a tener en cuenta en el proceso educativo.

La pandemia del coronavirus ha evidenciado la brecha entre la escuela privada con la implementación de las nuevas tecnologías en el aula y la escuela pública, donde la mayoría de estudiantes, apenas si tiene acceso, con suerte, a un computador por casa y con conexión a internet.

Pero esta discusión nos obligaría a exponer sobre la diferencia entre educación y pedagogía, algo que en el caso colombiano no cobra mayor sentido, cuando a estas alturas aún hay que salir a las calles a defender el elemental derecho a la educación. De esta forma, contrariar un establecimiento que impone una educación neoliberal basada en la fabricación de una realidad amañada, para crear imaginarios colectivos con contenidos afines al pensamiento dominante, y proponer una Pedagogía de la liberación, es toda una hazaña.

Cómo olvidar la escena donde Uribe regaña a un joven que lo acusa de haber sido mal presidente y le pregunta cuántos años tiene, si “cuando empezó mi gobierno no sabes qué pasó, no sabes qué se hizo. Están muy desinformados ustedes por los profesores”, y así todo un partido político, el de gobierno, señala y hostiga a todo docente que narre en el aula de clases la verdad sobre el conflicto armado y las crueldades del uribismo y su relación con el paramilitarismo. Peor aún cuando el gremio docente se movilizó por el derecho a la educación, el pasado 21N, paro nacional, lo que le mereció entonces el rótulo de vándalos y vagos a sus miembros.

En tiempos de crisis las desigualdades salen a la luz. La pandemia del coronavirus ha evidenciado la brecha entre la escuela privada con la implementación de las nuevas tecnologías en el aula y la escuela pública, donde la mayoría de estudiantes, apenas si tiene acceso, con suerte, a un computador por casa y con conexión a internet.

La pandemia mostró la realidad de una brecha digital que hace referencia a la diferencia socioeconómica entre aquellas comunidades que tienen accesibilidad a las TICs y aquellas que no, y esta conlleva, por estos días, la deserción del aula (virtual) de niñas, niños y adolescentes en zonas rurales, e incluso en las zonas urbanas.

En Colombia se habla de educación como derecho constitucional, sin embargo son tan pocos los recursos que se le invierten que fue necesario que en el punto de la Reforma Rural del Acuerdo de Paz se incluyera un apartado sobre el derecho a una educación pertinente de los niños y jóvenes del campo, además de gratuita para los niveles de preescolar, básica y media y propone además, “combatir la deserción característica de estas zonas del territorio con formas de  educación que se adapten a las necesidades de las comunidades”. Es un buen momento para dar cumplimiento a lo acordado.

Aunque por medio del artículo 149 de la ley 1450 de 2011 “Conectividad en Establecimientos Educativos”, el Gobierno nacional, en cabeza del Ministerio de Educación y el Ministerio de Tecnologías de Información y las Comunicaciones, promueve el programa de Conexión Total con el objeto de fortalecer las competencias de los estudiantes en el uso de las TICs, mediante la ampliación de la conectividad de los establecimientos educativos, esto no es una realidad. Por el contrario, salen a la luz pública escándalos sobre millonarios contratos firmados por el Gobierno Duque, con supuestos dineros de la implementación del Acuerdo de Paz, destinados para mejorar la imagen de un presidente indigno de ser llamado como tal.

Por el contrario, lejos de criticar las falencias del sistema, los medios de comunicación normalizan y romantizan la precariedad de la educación, con noticias sobre niñas y niños pobres que inventan computadores de juguete, para imaginar que pueden acceder a clases virtuales. Nada bueno se puede esperar de los mismos medios que culpan a un joven como Dylan Cruz de su propio asesinato a manos del Esmad, y lo señalan de vándalo por el hecho de haber defendido su derecho a la educación.

Renata Cabrales

Licenciada en Lenguas Modernas y Magíster en Literatura, de la Pontificia Universidad Javeriana.

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