Close

Escribir en tiempos de pandemia: Encerrados y solos escribiendo exactamente lo contrario

Albert Camus escribió La peste tomando como fuente las sucesivas pestes que han azotado a la humanidad. Pero en esta pandemia no hay Camus que se las arregle fácilmente.

Arturo Prado Lima
Foto de Erica Li en Unsplash

Foto de Erica Li en Unsplash

Comenzar. La idea era escribir sobre el asesinato del general Soleimani. Y hasta ahí. Como buzo en mar desconocido, y sin saber bucear, me interné en las redes sociales. En Facebook encontré la pregunta recurrente de una chica: Quiero escribir un cuento, ¿Algún consejo?  Me apresuré a leer las respuestas de los internautas con la ilusión de desbloquear la mente atascada en una charca de ansiedad prematura por las noticias de la pandemia. 

Negativo camarada. El consejo, casi unánime, era leer. Y volver a leer, a los clásicos, a los nóveles y los premios Nobel, a escritores y escritoras de ayer y hoy. Me acordé, ante la sequía literaria, que Albert Camus escribió La peste tomando como fuente las sucesivas pestes que han azotado a la humanidad. Pero en esta pandemia no hay Camus que se las arregle fácilmente. Y el consejo solicitado es para escribir ahora, no mañana.

Entonces se me ocurrió volver a leer cómo se las arreglaban otros y otras escritoras en tiempos de sequía literaria. Gabriel García Márquez aconsejaba pintar el apartamento o arreglar las chapas dañadas de las puertas y Álvaro Mutis forzar la vida hasta el último límite. Graham Greene también, pero mientras Mutis lo buscaba en los cabarets, Graham lo hacía en los oscuros pantanos de las guerras. Y estamos en guerra. Lo dijo Donald Trump: “estamos en guerra contra un enemigo invisible”. Helen Keller encontró como empezar en la oscuridad y el silencio de su destino. Juan Carlos Onetti nunca empezó un escrito sin la embriaguez del alma y Vargas Llosa sin apartarse de su neoconservadurismo de marras.

Escribir ahora sobre las causas, los hechos, las consecuencias de la pandemia es más o menos complicado en este momento si no le hacemos caso a Fiódor Dostoyevsky y empezamos a mirar con ojos simples la realidad que nos rodea.

Juan Rulfo buscó el comienzo y fin de sus escritos en esos mundos paralelos que nadie imaginaba.  Haruki Murakami en la mujer perfecta paseando por una calle de Tokio. Así que el consejo de los internautas al interrogante pandémico de la chica varada en una esquina del papel en blanco, con tapabocas y desinfectantes, ese de “lea, lea, lea…” tiene, de pronto, su utilidad, pero a futuro. La pregunta buscaba una repuesta para el instante, para la hora en que un contingente de traviesas hormigas nos hace cosquillas y no podemos irnos al bar por el vino y los amigos. Así que terminamos en cero, o en lo que es más común, encerrados en la nostalgia de la nostalgia de lo que aún no hemos escrito y no encontramos el desagüe ni las lágrimas para desinflar el alma.

Marguerite Yourcenar tenía a su mano la histórica marginación de la mujer y Santa Teresa a su amado Jesús. Y Cervantes las ilusiones y frustraciones de la Castilla universal. Pues sí, de todo. Incluso, me imagino que García Márquez estaba sin tema ni inspiración propia cuando decidió escribir El general en su laberinto, idea original de Álvaro Mutis. Es decir, incluso la apropiación de ideas sirve para justificar el inicio de un poema o un cuento, una novela o cualquier obra de arte. Solo que, en este caso, se corre el riesgo de terminar en una celda, como ahora nuestra casa, si el agraviado considera que el desarrollo de su idea originaria también le pertenece.

Nunca como antes me he sentido como la preguntadora de Facebook. ¿Qué hacer? La solución, como muchos piensan, no hay que buscarla. Ella ocurre. Así, de repente, como hoy, que he pasado horas frente al ordenador sin saber que teclear, yendo a ver otra vez, después de muchos años, a Los Picapiedra y Tom y Jerry antes de enfrentar la curva del coronavirus. Y otra vez, ¿Cómo empezar?  

En Paris era una fiesta, Hemingway nos dice que el secreto para no perder el hilo, es escribir la noche anterior y parar donde más clara esté la idea. De esta manera es fácil coger el ritmo del día anterior. Si a este proceder, digo yo, le agregamos las ideas de Fiódor Dostoyevsky, quien creía que las cosas y los acotamientos más sencillos son en realidad materiales fabulosos para grandes obras literarias, estos tiempos de peste brava serían suficientes.

Escribir, por ejemplo, como mi amigo “Danielito” que es la primera vez que asiste a una reunión con corbata y en calzoncillos. La reunión, claro está, es virtual. César Vallejo hubiera hecho de esta tragedia, como lo hizo con las de su tiempo, una obra poética monumental. Pero, ¿y ahora? La pandemia hace añicos la salud pública y amenaza con cargarse a los gobiernos. Y el gobierno interno de casa, confinado por orden del coronavirus, no acaba de ponerse en marcha. Y las grandes historias que pensábamos escribir en tiempos de reposo se van por los desagües.

No es que pidamos mucho, como sí hacían otros. Neruda no podía escribir si no tenía a mano un bolígrafo de tinta verde, así estuviera frente a una mujer de esas de la que tú tienes nostalgia antes de conocerla. Y hay otros que no se andan por las armas. Contratan un equipo de investigadores y lo ponen a recolectar material en las bibliotecas del mundo sobre un personaje, un acotamiento o una historia de amor. Pide resúmenes, puntos de vista, razones y sin razones y luego arma el libro. Pero la chica y yo no podemos hacer ni lo uno no lo otro. Por eso ella ha echado mano de Facebook para pedir ayuda y yo he echado mano del tema para escribir esto que en realidad no sé para donde va.

Tuve la tentación de aconsejarle que se apuntara a una de esas páginas que prometen volverte escritor en 60 días: escribir tu libro, revisarlo, publicarlo y volverlo un Best Seller. O también decirle que se acoja a los clásicos consejos de no pensar para quién escribes, de soltar y soltar sin poner mucha atención a la ortografía o las reglas instituidas para los escritores. Pero tampoco es el problema de la preguntadora. Insisto, la pregunta iba dirigida a algún samaritano de la literatura que le dijera cómo empezar a escribir un cuento. Y allí todo el mundo patinaba, porque no tenía ni idea de la historia que la preguntadora quería empezar a escribir. Si los internautas hubieran imaginado la historia, pues algo le dirían. Lo que me llevó a pensar que la pregunta tenía un fondo diferente: buscar historias o sinopsis de aquellas para ella desarrollarlas.

A mí siempre me ha gustado lanzarme al vacío sin salvavidas. Como cuando empecé esta historia que creía iba del asesinato del general Soleimani. Pero ha ido por otro lado. Bueno. Los escritores han practicado siempre un auto confinamiento libre. Cuando el confinamiento es impuesto la cosa no cuadra. Se necesita de un espíritu fuerte para escribir en una cárcel, en el exilio, en condiciones de sufrimiento atroz o de tortura, pero el mismo espíritu se necesita para abordar el tema de convivencia familiar en tiempos de pandemia, el ruido del grifo a las dos de la mañana, por ejemplo, o los pasos disipados de los tiempos perdidos.

Escribir ahora sobre las causas, los hechos, las consecuencias de la pandemia es más o menos complicado en este momento si no le hacemos caso a Fiódor Dostoyevsky y empezamos a mirar con ojos simples la realidad que nos rodea. Allí pueden tener origen las grandes obras del mañana. Y dejar que la realidad se procese a sí misma y se vuelva materia prima de versos, obras de teatro, series musicales, grandes novelas y novedosas efigies.

 ¿Y ahora qué le respondo a la preguntadora de Facebook? No le podría responder nada, por supuesto. O, ¿Qué se busque la vida? Porque creo que todo esto no le servirá para nada. Me ha servido a mí para divagar un rato. Pero sí, le voy a hacer una sugerencia, una idea para que escriba su cuento: escríbalo, así, de la misma forma como no lo ha pensado.

Arturo Prado Lima

Periodista y escritor colombiano. Residenciado en Madrid, colabora con medios escritos y digitales de Latinoamérica y Europa. Autor de dos novelas, cuatro poemarios y dos libros de relatos. Conferencista en el Ateneo de Madrid.

scroll to top