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El intenso ahora y la enseñanza de nuestro (des)tiempo

Esta época nos está dando la posibilidad de observarnos y relativizar nuestros propios rituales, mitos, y referentes. Un ejercicio necesario para repensar la transformación del mundo, y la edificación de uno más justo. Y nos lo permite, porque todo sucede a una velocidad tan vertiginosa que si se observa con cuidado se puede percibir mejor la lentitud de las cosas cuando se acercan a la velocidad de la luz.

Jairo Andrés Rivera Henker
Imagen de Pixabay.

Imagen de Pixabay.

Estatuas derribadas, una memoria insoportable que debe ser ajustada. La gente en la calle sabe que la memoria es una forma de ejercer el derecho. El olvido, a contrapunto, es tal vez la más eficaz de las herramientas de la subordinación.

El documental No intenso ágora (El intenso ahora) de Joao Moreira (2017) nos recuerda la potencia de aquel mayo del 68 francés, impertinente, atípico, innovador, creativo, desobediente. El largometraje empieza mostrando un paralelo. Las imágenes de la madre del documentalista conociendo aquella China comunista de Mao, y los primeros retratos de la revuelta parisina que amenazaba con derrumbarlo todo. Era un paralelo justo, un retrato de la felicidad: “mi madre fue feliz”, dice, narrando las imágenes que pasan y se dibujan mutuamente con los jóvenes que cigarrillo en mano se reúnen para desatar su segunda Revolución Francesa. Ninguno está consciente de su propia felicidad, de lo que están viviendo. Nadie es absolutamente consciente de su propio tiempo, es la arrogancia en medio del fuego la que siempre lo narra como “histórico”, como creyendo aún que la tierra es el centro del universo.

Esta época nos está dando la posibilidad de observarnos y relativizar nuestros propios rituales, mitos, y referentes. Un ejercicio necesario para repensar la transformación del mundo, y la edificación de uno más justo.

La revuelta tiene una característica particular, y es que no puede estar realmente ordenada por una estructura que va dictando sin borrones el camino de los acontecimientos. Si la normalidad tiende a ser psicótica, traumática, obsesiva y metódica, la excepcionalidad es mas bien neurótica, esquizoide, frenética, delirante. Toma una semilla y la siembra en otro lugar donde se desatan nuevas siembras. Un rizoma, en los términos de Deleuze y Guattari que nos definen como máquinas deseantes en el tiempo del capitalismo y la esquizofrenia.

La revuelta también prueba la relatividad del tiempo. La idea clásica de la revolución se sustenta sobre el mito de un gran acontecimiento. Un proceso, sí, pero que tiene un día, una hora, un instante donde se ilumina el mundo, y se hace claro para toda la audiencia que el viejo mundo ha sido derribado y que ya nada volverá a ser igual. Es otra forma de desear, y a la vez una nostalgia por lo absoluto, por lo definitivo. Un camino al entusiasmo, pero también a la desilusión. Moreira muestra en el documental que la generación de mayo del 68 fue una de las más deprimidas a la postre, y los suicidios se contaban entre jóvenes prematuramente envejecidos que hablaban de las movilizaciones que fraguaron valores revolucionarios para nuestro mundo, como una derrota.

Es la estatua que vibra en todo agitador y que no puede ser derrumbada. Un recuerdo en específico de un instante, o un grupo de ellos, que construyeron un acontecimiento memorable, eterno para quien lo vive. También nos muestra el camino hacia el peligro de ritualizar demasiado un tiempo, o las ideas de un tiempo (o las revueltas de un tiempo), como definitivas. Lo que lleva a cumplir la profecía de Erns Bloch “cuando se acerca la salvación, crece el peligro”.

Esta época nos está dando la posibilidad de observarnos y relativizar nuestros propios rituales, mitos, y referentes. Un ejercicio necesario para repensar la transformación del mundo, y la edificación de uno más justo. Y nos lo permite, porque todo sucede a una velocidad tan vertiginosa que si se observa con cuidado se puede percibir mejor la lentitud de las cosas cuando se acercan a la velocidad de la luz.

En Colombia (un país-monumento que lleva el nombre del colonizador), el día 21 de noviembre de 2019 sucedió un estallido de indignación y dignidad simultáneas que terminó en un cacerolazo que hizo retumbar las calles del país durante casi toda la noche. Al otro día Bogotá amaneció colapsada, la gente había parado, y en las calles se sentía una algarabía generalizada que hacía inevitable la utopía. En la noche del día siguiente, el alcalde ordenó un toque de queda, el ejército entró a la capital, y como si nada hubiera pasado en las últimas horas, las causas de la protesta se olvidaron y fueron inmediatamente reemplazadas por el temor.

Se expandió el rumor de que “vándalos” invadían los conjuntos residenciales, y los hombres (sí, los hombres) salieron con palos a organizar la autodefensa de su familia contra la amenaza externa entre algunos gritos de agradecimiento a la fuerza pública por su labor apacigiuante del horror. De no ser por los videos y las redes sociales que captaron lo que había detrás del telón, el acto de propaganda militar-policiva habría apagado definitivamente el entusiasmo indignado, en menos de 24 horas.

La pandemia ocasionada por el Covid-19 reordenó la agenda del mundo. Les dio visibilidad a nuevos autoritarismos en la era digital con formas eficaces y espeluznantes de control biopolítico. Nos ha permitido ver el gran peligro que corren las democracias occidentales (el gran reto ético-político de nuestro tiempo es defender y ampliar los horizontes de la democracia). Pero a la vez, ha despertado una oportunidad para sepultar el neoliberalismo y poner de nuevo sobre la mesa el bienestar común, la crisis climática, el ambiente, y la justicia social.

La política en el mundo contemporáneo está girando sobre ejes muy distintos. Muchos se apresuran a interpretarlo para deducir cuándo y dónde ocurrirá el gran acontecimiento. La lucha por la identidad, el reconocimiento, y la diversidad, ha desplazado otras agendas de cambio, pero en ocasiones se mueven dentro de la maraña delirante de imaginarios, horrores, invenciones, y autoritarismo político, que hacen inviable que los momentos de revuelta tengan la vocación de cambiar sustancialmente el tablero de juego. En otras palabras, que la agitación social se convierta en transformación política, y que la acción colectiva logre interpelar y motivar a las mayorías.

En buena parte del sur global discursos que parecen importados a rajatabla (así tengan las mejores intenciones) en vez de generar simpatías engrosan el arsenal de temores que terminan jugando en contra de sus propios propósitos. Otra lección no aprendida de viejos fracasos.

Al final del día, después de la revuelta, después de la indignación, y ante los pies de nuestro deseo por derribar los monumentos del oprobio, no hay que olvidar nunca (porque el olvido también es la herramienta de nuestro propio autoengaño) que el objetivo es cambiar el mundo, pero el mundo no cambia a nuestro gusto, ni con una sola erupción, ni en una sola generación. Si bien se estremece con cada revuelta, y en cada estatua que se revienta contra la amnesia colectiva, el esfuerzo es por los días que vienen después. Y para edificar esos días, no todo sirve, y no todo vale.

Si éste escrito tuviera una conclusión propositiva para la acción colectiva, esa se resumiría en cinco palabras: memoria, democracia, eficacia simbólica, y audacia. Pero las conclusiones, en momentos, son una fisura innecesaria para la reflexión. Probablemente estemos viviendo uno de esos momentos.

Jairo Andrés Rivera Henker

Profesor, activista, ex vocero de paz y de la Mesa Amplia Nacional Estudiantil (MANE). Politólogo y Mg en Estudios Políticos Latinoamericanos de la Universidad Nacional de Colombia. Pesimista ocasional y librepensador de tiempo completo. A la izquierda del camino.

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