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Aprender a desaprender

Es el crecimiento económico ilimitado en un mundo con recursos finitos, que nos hace correr hacia un abismo de extinción masiva y auto destrucción inminente. No solo de nuestra especie, si no todas las que habitan en este planeta.

Redacción

Imagen de Sasin Tipchai en Pixabay

Por Fundación BATIS, que trabaja en investigación interdisciplinaria y una visión holística para la sostenibilidad ambiental a través de diferentes módulos de exploración, en áreas como la agroecología, la biología, el paisajismo, planes de manejo ambiental, reciclaje, bioconstrucción, educación ambiental, socio-cultural, entre otros procesos para el acercamiento del ser humano con su rol en la naturaleza.

Entre el manglar y el bosque seco tropical yace un sueño, un pensamiento, una idea, un sentimiento, una acción. El mar suena, siente su llamado. A lo lejos se escucha el pájaro carpintero que intenta romper la vieja madera decadente. Busca la ilusión de su alimento, desconcertado por robo-ilusiones verdes teñidas de los más nefastos colores, olores y sabores de muerte, pide a gritos: ¡AGUA!

Es el crecimiento económico ilimitado en un mundo con recursos finitos, que nos hace correr hacia un abismo de extinción masiva y auto destrucción inminente. No solo de nuestra especie, si no todas las que habitan en este planeta.

Se han roto los lazos de la otredad con lo vivo, asumiendo un papel de aceptación de la autoridad como la verdad, negando la verdad como autoridad. Somos naturaleza, lo hemos olvidado. Somos bacterias, somos plantas, somos medusas, somos insectos, somos ecosistemas humanos, interdependiente con la vida misma. Lo hemos olvidado asumiendo que la tecnología remplazará a esa cosa llamada biodiversidad. Pero será la relación y contacto permanente con otros seres vivos lo que nos permitirá reconocernos y así encontrar ese sentido de integralidad como un ser vivo más del planeta. Esto es un llamado para regresar al origen: cultiva tu alimento pega´o a la teta de la madre tierra porque “toito te lo consiento, menos que insultes a mi mare…” (De Leon, 2006). 

Qué contradicción habitar un país mega-diverso y alimentarnos de las mismas cinco verduras y tres cereales de siempre.

Hoy despreciamos y negamos nuestros orígenes y dependencia de la complejidad de la vida, así como la fragilidad de los ciclos naturales que rigen la biosfera. Esto genera la alteración irrestricta de la estabilidad climática y eco-sistémica a escala planetaria que permite la vida tal cual coexiste al día de hoy. La mercantilización y el despilfarro de la naturaleza es la política global, pero recuerda “toito te lo consiento, menos que insultes a mi mare…”. Negarnos los problemas no generarán la solución y menos si asumimos un rol de lamento y culpa ante la impermanencia y devenir de la vida. Es la acción la única salida para el cambio inminente, y la humanidad lo intenta dar a paso lento, “el que piensa, pierde” dice un dicho popular. “Llamado a la voluntad. Para el descanso está la eternidad” dice un amigo.

Debemos actuar fortaleciendo las redes de afecto e intercambio, porque estos son el llamado para la supervivencia de la especie humana, a través de una permanente búsqueda del bienestar común y soberanía local. Donde el trabajo del hombre al igual que la naturaleza no sea un bien transable y sean estos los que permitan generar ese reencuentro con lo simple, lo esencial: un abrazo, un te amo, una semilla, la tierra y que la vida continúe. 

Recordemos que el alimento es un medio de reconexión con la naturaleza y es casi que el único contacto diario de una gran parte de la población urbana con otros seres que integran nuestro planeta. Los alimentos nos permiten permanecer en homeostasis, incluso si son producidos bajo condiciones degradantes de los ecosistemas y perjudiciales para la salud de la naturaleza. ¡Qué importante es lo que comemos!

En el actual sistema alimentario el principio de precaución no es utilizado más allá del papel. La realidad es el afán de crecimiento ilimitado, que flexibiliza los controles y restricciones de acceso, uso y transformación de la naturaleza, sin prever las consecuencias de estas acciones y prácticas, amparadas en las libertades del mercado globalizado irrestricto y avalado por la obligación de alimentar a la humanidad. Pero el desperdicio anual de alimentos está en las mil millones de toneladas en todo el planeta y donde las leyes de mercado dictan botar a los prados la sobreproducción de leche, por ejemplo, para mantener los precios estables.

Este sistema alimentario mediocre actual crea la homogenización de la alimentación, del pensamiento, del sentimiento de la vida. Qué contradicción habitar un país mega-diverso y alimentarnos de las mismas cinco verduras y tres cereales de siempre. Estamos acelerando el cambio de la infinita despensa de alimentos y medicinas y mucho más, de los bosques naturales; sin comprender que al ser estos manejados por un afán de lucro, pone en extremo peligro la permanencia de la especie humana en el planeta. En la historia del planeta, dados paleontológicos, se han registrado cinco extinciones masivas en el planeta Tierra y en la actualidad, estamos ante la primera auto extinción masiva de la historia planetaria. 

El llamado es a la vida. Es tiempo de volcar nuestra energía a la acción y desde nuestros saberes ancestrales, científicos y humanos, al igual que las experiencias de cada uno. Esto permitirá abrir las infinitas posibilidades de cambio y que podamos trascender más allá de nuestro ego vislumbrando juntos acciones concretas y coherentes a las exigencias y retos de estos nuevos tiempos. 

Redacción

Equipo de redacción El Comején.

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