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Por mi padre, por mi hijo

No sé si llegará el día en que veamos a Uribe y a tantos otros políticos y empresarios patrocinadores de la violencia en Colombia en la cárcel. Hace años comprendí que la justicia no solo está detrás de rejas.

Erika Antequera
Grafitti niño

Imagen de Pixel Anarchy en Pixabay

“Pobrecita mi mamá que no tiene papá”, dijo mi hijo cuando tenía cinco años y preguntó cómo había muerto mi padre. Le conté que su abuelo era un político reconocido en Colombia por sus ideas, pero que unos tipos malos lo habían asesinado. Me preguntó si el abuelo era bueno, le dije que sí. Que quería un país donde todos los niños pudieran ir al colegio y tuvieran comida en casa. 

Preguntó si los malos que habían matado a mi padre estaban en la cárcel. Le dije que no. Preguntó si sabía quiénes eran, si la policía los estaba buscando. Le dije que no. Me dijo que eso era una injusticia y me ofreció un abrazo, conmovido. Agradecí su gesto con cariño y también que cesaran las preguntas. 

Él está acostumbrado a ver historias de súper héroes que atraviesas múltiples adversidades, pero que al final resultan vencedores frente al mal y yo, cuando se trata de explicar el significado de la impunidad y su efecto perpetuo, no encuentro las palabras y me cuesta concretar una respuesta. 

A mi padre lo mataron hace más de treinta años. Ha pasado tanto tiempo que puede que nunca vea a los culpables de su muerte entre rejas, y es algo con lo que cuento, pero quiero la verdad

A medida que mi hijo crece respondo a sus preguntas sin entrar en numerosos detalles que puedan confundirlo. Con once años recién cumplidos lo que espero para él es una vida tranquila, que invite a sus amigos a dormir en casa y llevarlo al parque los domingos. Palabras como guerrilla, paramilitarismo, narcotráfico, corrupción y violencia son difíciles de explicar y asimilar. 

Lo sé porque a la edad que tiene mi hijo yo estaba enterrando a mi padre y no comprendía nada de lo que pasaba en Colombia. A su edad yo estaba acostumbrada a que cerraran el colegio cuando mataban a algún político o ponían una bomba en un centro comercial. Como el 9 de agosto del 1994 cuando mataron a Manuel Cepeda y suspendieron las clases antes de que la ciudad se convirtiera nuevamente en campo de batalla. 

Ese año terminaba el bachillerato y para entonces ya habían matado a tantos amigos de mi padre, que cuando escuché en la radio la noticia de la muerte de Manuel me senté en la sala a hacer las tareas que tenía pendientes sin prestar mucha atención a lo que decían en las noticias. Sabía que mi madre llegaría esta tarde destrozada del trabajo con el pelo alborotado y los ojos rojos de tanto llorar. Sabía que se encerraría en el baño durante un largo rato y que en la televisión volverían a hablar de mi papá. Sabía que al día siguiente matarían a otro. 

Diez años después de la muerte de Manuel Cepeda conocí a Iván, su hijo. Mi madre me había hablado mucho de él. Era una de las figuras representativas del Movimiento de Víctimas de Crímenes de Estado, y también miembro del entonces recién creado Movimiento de Hijos e Hijas por la Memoria y Contra la Impunidad, en el que también participaba mi hermano. 

Recuerdo la conversación que tuve con Iván en el vestíbulo de un hotel cerca de Alicante, en la que me dijo que iba a dedicar su vida a la búsqueda de la verdad en Colombia. Le manifesté mi admiración, pero en silencio pensé si aquello valdría la pena. 

La detención domiciliaria del expresidente Álvaro Uribe Vélez me hizo pensar en ese encuentro con Iván. Dicen que la gota que agrieta la roca no lo hace por su fuerza sino por la constancia. De no ser por la perseverancia de Iván Cepeda y de tantas personas que se han dedicado en Colombia a buscar verdad, justicia y reparación, muchos de nosotros, los que dedicamos la vida a otra cosa, no sabríamos lo que la esperanza. 

Soy partidaria de mantener la prudencia con el entusiasmo que provoca la detención de Uribe. No sé si el entramado judicial y el poder del expresidente nos permita verlo delante de un tribunal en el que responda por fraude procesal, manipulación de testigos, la masacre del Aro; en el que pida perdón a las madres de los Falsos Positivos y deje de negar lo innegable. No sé si llegará el día en que veamos a Uribe y a tantos otros políticos y empresarios patrocinadores de la violencia en Colombia en la cárcel. Hace años comprendí que la justicia no solo está detrás de rejas. 

Resulta irónico que la captura de Uribe se dé justo ahora en pleno confinamiento. Está encerrado en su enorme finca y en estos tiempos eso es bastante parecido a la libertad, pero ahora está bajo la lupa del coronavirus, de la maltratada justicia colombiana y del país entero. Por primera vez podemos verlo vulnerable. El león está enjaulado en una urna de cristal. Puede que lo que dicen las abuelas sea cierto, Dios no castiga ni con rejo ni con palo. 

A mi padre lo mataron hace más de treinta años. Ha pasado tanto tiempo que puede que nunca vea a los culpables de su muerte entre rejas, y es algo con lo que cuento, pero quiero la verdad. Quiero que el país sepa que a mi padre lo mató esa estructura estatal que se fortaleció en fincas tan grandes como la de Uribe y en oficinas de la capital con sillones de cuero. Lo mató esa estructura que funciona impune y que convirtió a Uribe en ángel y demonio. 

La detención del expresidente representa la posibilidad de que algún día millones de personas sepamos la verdad de todo el horror que hay detrás de la violencia en Colombia. Ojalá pague por todos los crímenes que se le acusan, porque espero que la próxima vez que mi hijo me pregunte por la justicia en Colombia yo tenga un mejor final para contarle. 

Erika Antequera

Periodista

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