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Negarse a pedir perdón

Las primeras generaciones de la Colombia del siglo veintiuno, de la Colombia pos-FARC, están siendo gobernadas por un presidente y un partido del siglo veinte.

Diego Marín Ríos
Protesta en Oslo

Protesta en Oslo. Imagen de Mathias Moene Rød

El policía que violenta a los chicos desempleados en los parques de los barrios, su bolillo y sus insultos, es la única presencia del Estado que sienten muchos jóvenes en las ciudades. Esta escena es el equivalente urbano a la realidad que durante décadas han padecido los campesinos enfrentados a las tropas del ejército. De hecho, muchos justificaron el alzamiento armado de finales del siglo veinte, como respuesta a la agresión militar sobre comunidades campesinas autónomas. Agresión e impunidad es lo que, tristemente, ha definido la marca del Estado sobre la vida de millares de colombianos. En un país rural, la agresión de militares contra campesinos contribuyó a la formación de guerrillas. Hoy, en un país urbano, la agresión policial contra sectores populares ha causado levantamientos en los barrios.

Una ciudadanía renovada, que no está sometida a la narrativa oficial sobre el conflicto, que con la ayuda de las nuevas tecnologías ha roto el monopolio de los grandes medios de comunicación.

En Oslo, lejos de la punzante cotidianidad que impone esa realidad, donde ni siquiera existe una cédula o carné de identidad para los ciudadanos, también nos alcanzó esa marca del Estado colombiano. El miedo. Por primera vez en casi 10 años de activismo por la paz en Noruega, la embajada colombiana solicitó medidas de seguridad extraordinarias por temor a la movilización realizada el 11 de septiembre. Las personas que entraron a la embajada para entregar una carta con las peticiones de los manifestantes, fueron recibidas por un policía vestido de civil con chaleco antibalas. De antemano se les había informado que no podían ingresar ningún tipo de morrales, bolsos, ni teléfonos móviles. Para permitirles el ingreso debieron reportar su número de identificación personal. Lo ocurrido en Oslo es una muestra más de la fascistización del Gobierno Duque.

Presentar y hacer sentir a los manifestantes como delincuentes es un acto fascio. Un acto que en Colombia el Gobierno de Iván Duque ejecuta cotidianamente, y que su desorientada embajadora quiso reproducir en Oslo. La entrada a la embajada fue custodiada por una patrulla de la policía y dos agentes. Los manifestantes, que continuaron su recorrido pasando junto a la residencia oficial de la primera ministra y el Palacio Real, hasta llegar al Ministerio de Relaciones Exteriores, les preguntaron a los agentes de policía si encabezarían la marcha al momento de abandonar la embajada de Colombia. Los agentes, sorprendidos, se miraron entre ellos y alzando los hombros respondieron que no era necesario, que la seguridad la habían pedido para la embajada. Señalando con la mano, les recordaron a los manifestantes la ruta a seguir y se quedaron al pie de la bandera de Colombia de Oscars Gate, en Oslo.

La única salida que les queda es radicalizarse y radicalizar a sus seguidores, enfurecerlos, para ganar como cafres lo que no podrán ganar en democracia.

El error de “novata” que cometió la recientemente nombrada embajadora de Colombia en Oslo –el equivalente a Iván Duque poniéndose la chaqueta de la policía-, ejemplifica el extravío de este Gobierno. Un Gobierno de ultraderecha, opuesto al proceso de paz e involucrado en actos del conflicto armado, que le tocó gobernar sobre el legado más importante de ese proceso de paz: una ciudadanía renovada, que no está sometida a la narrativa oficial sobre el conflicto, que con la ayuda de las nuevas tecnologías ha roto el monopolio de los grandes medios de comunicación y que con el consenso sobre la paz, el respeto a los derechos humanos y la acción contra la crisis climática, atraviesa todos los estratos y empieza a constituirse en alternativa.

Mientras que el Gobierno de Iván Duque y su partido ven como ese bloque alternativo crece, bajo la protectora mirada de la justicia, corroboran que su proyecto negacionista solo tiende a decrecer, a perder apoyos. Por eso la única salida que les queda es radicalizarse y radicalizar a sus seguidores, enfurecerlos, para ganar como cafres lo que no podrán ganar en democracia. Es la cartilla de la ultraderecha global. En Colombia todo lo malo del sistema es representado por la Corte Suprema de Justicia, en EE.UU. por el sistema electoral. En Colombia el gran miedo es la guerrilla, en Italia es la migración y el refugio. Colombia, por más particular que sea, no está empacada al vacío, nos están vendiendo la misma pomada de la ultraderecha mundial.

Las primeras generaciones de la Colombia del siglo veintiuno, de la Colombia pos-FARC, están siendo gobernadas por un presidente y un partido del siglo veinte, de los años de la guerra, con el delirio de persecución típico de los culpables. Un gobierno cuyo único camino posible es la radicalización y la desinstitucionalización, tergiversar la realidad para erigirse como los únicos portadores del orden. Un gobierno anacrónico, de un tiempo pasado, que representa en todo a la cultura política generadora de conflictos que hay que dejar atrás. La figura del macho fuerte que no pide perdón y que no se doblega frente a la justicia lo dice todo.

Diego Marín Ríos

Observando desde la popa del Titanic. Historiador colombiano residente en Noruega.

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