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¡Maricón!

Palomeque, quien se preparaba como oficial en la Escuela de Cadetes "General Santander", tomó un bidón de gasolina y una cajetilla de fósforos, fue hasta el despacho del mayor Fabio Humberto Antonio Castellanos y sin mediar palabra lo incineró.

Yezid Arteta Dávila
Militares

Militares. Imagen de skeeze en Pixabay

Moffie significa maricón en lengua afrikáans. Un término despectivo con el que trataron a André Carl van der Merwe cuando prestó el servicio militar obligatorio. André, nacido en Ciudad del Cabo, es hoy un prestigioso escritor. En su adolescencia fue reclutado por el ejército. Sudáfrica vivía entonces bajo el régimen de Apartheid y libraba una guerra contra Angola y los rebeldes de Namibia. Por su homosexualidad, André fue tratado como basura. En un diario intimo describió la brutalidad al que eran sometidos los reclutas. Les castigaban y enseñaban a odiar al enemigo. Moffie (2109) es el título de la violenta y tierna película dirigida por Oliver Hermanus, basada en el libro homónimo del escritor sudafricano.    

El soldado que mató a Juliana probablemente recibió un entrenamiento despiadado y homófobo. Quizás es un buen muchacho como aseguran sus padres

En 1996 fui herido en combate y capturado por las fuerzas especiales del ejército en Remolinos del Caguán. Como prisionero, admito, recibí buen trato. En el dispensario de la Cárcel Nacional Modelo de Bogotá conocí a Sossir Palomeque Torres, un chico afrodescendiente que en 1993 fue el mejor bachiller del Chocó y el cuarto de Colombia. Palomeque se preparaba como oficial en la Escuela de Cadetes «General Santander». Un día tomó un bidón de gasolina y una cajetilla de fósforos, fue hasta el despacho del mayor Fabio Humberto Antonio Castellanos y sin mediar palabra lo incineró. El mayor murió. Palomeque fue acusado de homicidio agravado. Investigaciones independientes encontraron que el joven chocoano era víctima de discriminación racial y malos tratos por el color de su piel. En el dispensario de la cárcel recibía tratamiento psiquiátrico.    

Juliana Giraldo murió el pasado 24 de septiembre en un paraje rural del departamento del Cauca, Colombia, por un balazo disparado por un soldado. Un soldado regular. Juliana era una mujer transgénero. Su madre, residente en España, es una de las miles de colombianas que abandonan el país. La vida en Colombia es una odisea. Mi hija, dijo la madre a los medios, sufría actos discriminatorios y homófonos por parte de los soldados cuando la detenían para pedirle su identificación.

El soldado que mató a Juliana probablemente recibió un entrenamiento despiadado y homófobo. Quizás es un buen muchacho como aseguran sus padres. Un buen chico corrompido por el ambiente y la doctrina que prevalece en los cuarteles militares de Colombia. No es una manzana podrida como dicen sus superiores para lavarse las manos. Lo que está pudriendo a las fuerzas militares y la policía colombiana es la doctrina empotrada en la cúspide y que desciende por la cadena de mandos hasta llegar a soldados como el que disparó contra Juliana o policías como los que mataron a golpes al abogado Javiér Ordoñez en Bogotá.   

En el lugar en que murió Juliana el ejército montó un tinglado para representar una obra de teatro.

Una doctrina que convierte a las fuerzas militares y policía de Colombia en una potencia integrada por gente del pueblo, pagada por el pueblo y represora del pueblo. Una potencia que vuelve a los ministros de defensa en meros muñecos de trapo. Una potencia que lleva años deteriorándose a sí misma. Una potencia que engendra individuos inmorales capaces de asesinar a ciudadanos indefensos para presentarlos como terroristas muertos en combate. Una potencia que está por encima de los partidos políticos y la representación popular. 

En el lugar en que murió Juliana el ejército montó un tinglado para representar una obra de teatro. Un acto que llamaron de “reconciliación y perdón”. La hermana de Juliana, una mujer del pueblo y los padres del soldado, gente del pueblo, fueron reunidos por oficiales del ejército para que se vieran las caras y se abrazaran. Creo, sinceramente, en ese abrazo legítimo entre víctimas de una tragedia. Las lágrimas derramadas por las dos familias son genuinas. Creo en la reconciliación ofrecida por la hermana de Juliana. Creo en el perdón pedido por los padres del soldado y otorgado por la familia de Juliana. Lo que está por verse es la reconciliación de las fuerzas militares y policía con el pueblo colombiano. La doctrina, la gran manzana podrida, impide esa reconciliación. 

Yezid Arteta Dávila

Escritor y analista político. Blog: En el puente: a las seis es la cita.

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