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Las guerras indígenas en las Américas: logros y caídas en su lucha por seguir existiendo

Desde hace 500 años, cuando empezó el exterminio de los nativos en todo “el Nuevo Mundo”, las razas autóctonas activaron mecanismos de resistencia y hasta de lucha armada para hacer frente al invasor.

Arturo Prado Lima
Protesta indígena

Protesta indígena en Ecuador. Imagen de beto0albo en Pixabay

“Indio ha sido el nombre con el cual

   nos han sojuzgado, indio será el

 nombre con el cual nos liberaremos”.

Domitila Quispe. Perú, 1922.

Hace más  de 30 años, si la memoria no me falla, acudí a un encuentro indígena en Silvia, Cauca, cuyo tema más candente en discusión era la lucha armada. En esos momentos el movimiento armado Quintín Lame, con bases indígenas caucanas y vallecaucanas, estaba en plena discusión en el seno de los indígenas locales y también a nivel continental. ¿Era la vía armada el único sistema de protección y conquista de sus derechos?  El tiempo nos ha dado la respuesta.

Desde hace 500 años, cuando empezó el exterminio de los nativos en todo “el Nuevo Mundo”, las razas autóctonas activaron mecanismos de resistencia y hasta de lucha armada para hacer frente al invasor. Una de las primeras luchas guerrilleras indígenas fue el famoso “Dorado”. Los indígenas aprovecharon la avaricia de los conquistadores y les hablaron de un lago repleto de oro. En la frenética búsqueda fueron muchos los grupos de “blancos” que fueron emboscados por los indios.

Estos movimientos armados casi todos han aterrizado en movimientos civiles y con aspiraciones de lograr sus reivindicaciones a través de vías democráticas, como se está haciendo en Bolivia y como se ha logrado en otros países; incluso en los Estados Unidos donde los indígenas, a través de grandes disputas han logrado una legislación propia.

No es de extrañar entonces que en las décadas finales del siglo XX y principios del XXI se conociera la activación de grupos armados de indígenas que se propusieron defender sus territorios, su vida y su cultura, ampliamente codiciados, sobre todo la tierra, por terratenientes y bandidos de toda calaña. En la Bolivia de los años 60 surgió el grupo Túpac Katari. En el ensayo publicado por Jorge Fava titulado La Revolución Seminal. Una lucha por la tierra, la identidad y la autodeterminación se puede leer: “El campesino boliviano cree en su derecho indiscutible a una revolución india, hasta la toma del poder, para cuya concreción asume responsabilidades propias, usando todos los medios de lucha a su alcance, partiendo de la concientización de sus hermanos indios (…) Extremará su lucha conforme aconsejen las circunstancias, y si es posible y necesario acudiremos a la lucha armada”. 

La toma del poder en Bolivia afortunadamente se dio a través de la vía democrática. En este país el 68% de la población es indígena, y en 2006 Evo Morales ganó las elecciones y sostuvo el poder hasta finales de 2019, cuando una conspiración nacional e internacional dio un golpe de Estado. El pasado 18 de octubre los indígenas rescataron el poder de las garras imperialistas.

En Paraguay, donde la población indígena mantiene su idioma original, el guaraní, se ha hablado mucho de una brigada indígena del Ejército Revolucionario del Pueblo, y en Perú, víctimas de la pobreza y la lucha armada entre Sendero Luminoso y el ejército, terminaron organizándose en la Confederación de Nacionalidades Amazónicas del Perú y otros organismos para luchar por sus reivindicaciones históricas.

En Colombia, en el departamento del Cauca, surgió el movimiento guerrillero Quintín Lame en la década de los 80, cuyos objetivos fueron los mismos de siempre: la tierra, la vida, la cultura. Una alianza con la Coordinadora Guerrillera Simon Bolívar (CGSB) y el Batallón América, impulsado por la entonces guerrilla M-19, los llevó al alzamiento armado. Se desmovilizaron en 1991, pero dejaron un ejemplo de rebeldía que hasta hoy se mantiene. La Guarda Indígena, que ha llegado a tener hasta 7.000 miembros, es una organización civil en cuya dignidad y bases democráticas se sostienen contundentes hechos como la Minga, que esta semana se ha concentrado en la Plaza de Bolívar de Bogotá y mantiene en jaque al Gobierno de Iván Duque.

El Ejército Zapatista de Liberación Nacional nació en Chiapas, México, con los mismos objetivos de Túpac Katari y el Quintín Lame; cada cual con sus propias características, se entiende, y sus circunstancias locales y nacionales. El subcomandante Marcos ha resaltado que el aporte de su organización a nivel nacional es la conformación de las Comunidades Indígenas Autónomas de facto, y a nivel internacional el aumento de confianza en la lucha por la liberación nacional y la conquista de los derechos indígenas.

En Guatemala surgió hace años el Ejército Revolucionario de los Pobres, y en otros países como Perú y Uruguay se vieron sacudidos por movimientos armados que tenían su base en las comunidades indígenas. Desde Canadá hasta Chile, donde el pueblo Mapuche lucha por sobrevivir al canibalismo neoliberal, se observa el clamor por una descolonización real de los pueblos.

Estos movimientos armados casi todos han aterrizado en movimientos civiles y con aspiraciones de lograr sus reivindicaciones a través de vías democráticas, como se está haciendo en Bolivia y como se ha logrado en otros países; incluso en los Estados Unidos donde los indígenas, a través de grandes disputas han logrado una legislación propia, por encima de lo local y estatal, y sólo por debajo del sistema federal. También la Confederación de nacionalidades indígenas del Ecuador (CONAIE), han dejado una herencia política y un espacio de protesta contra nefastas políticas agrarias, sociales y políticas en todo el país. El alzamiento indígena del año pasado obligó al Gobierno a echar atrás el alza del precio de la gasolina y otras reformas contrarias a sus intereses.

Unos seis millones de nativos pueblan diferentes zonas del norte, centro y sur de América y cultivan más de mil lenguas nativas. Sus modelos organizativos, su visión sobre la naturaleza y la vida han sido fuente continua de enfrentamientos con aquellos que apuestan por un desarrollo que, precisamente, va en contra de sus modos de vida y amenazan su propia existencia.

El ejemplo boliviano ha sembrado una luz de esperanza y las comunidades se preparan para hacer efectiva la consigna de Domitila Quispe: “Indio ha sido el nombre con el cual nos han sojuzgado, indio será el nombre con el cual nos liberaremos”.

Los indígenas no quieren seguir siendo objeto de turismo, sirvientes y esclavos de la sociedad de consumo, y para ello han levantado toda una red de resistencia continental que ha abierto muchas expectativas. En Colombia la Minga, una multitud indígena que marcha con protección de la Guardia Indígena, levanta pasiones y concientiza a la nación de la necesidad urgente de recobrar la dignidad como pueblo y país para dejar de ser los peones de sus mismos opresores.

También se han ganado, a pulso propio, el derecho a una legislación propia, cuya aplicación a nivel local es autónoma, pero que hoy se ve amenazada por los gobiernos fascistas de turno que pretenden intervenir en sus comunidades, no solo amenazando sus derechos sino asesinando a sus dirigentes con grupos de paramilitares que operan en sus territorios y que diezman diariamente sus organizaciones y sus formas de vida.

También a nivel local hay peligros latentes. Ante el logro de cupos universitarios, la no prestación del servicio militar y el sometimiento a sus propias leyes ancestrales logrado en la Constitución de 1991, numerosos miembros de la sociedad, incluidos patrones y hasta hacendados, se han vuelto indígenas, están en sus listados y hacen, incluso, parte de sus mesas directivas. Y esto no solo sucede en Colombia sino a nivel continental. Pero todo está por reorganizarse. El ejemplo boliviano ha sembrado una luz de esperanza y las comunidades se preparan para hacer efectiva la consigna de Domitila Quispe: “Indio ha sido el nombre con el cual nos han sojuzgado, indio será el nombre con el cual nos liberaremos”.

Arturo Prado Lima

Periodista y escritor colombiano. Residenciado en Madrid, colabora con medios escritos y digitales de Latinoamérica y Europa. Autor de dos novelas, cuatro poemarios y dos libros de relatos. Conferencista en el Ateneo de Madrid.

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