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La xenofobia como arma política

Las declaraciones xenófobas de Claudia López tocan, de nuevo, la fibra nacionalista para estigmatizar a todo un colectivo. Estas declaraciones son repudiables. Los personajes públicos, los políticos, deberían reflexionar sobre lo que encierran sus palabras, sobre sus consecuencias. Espero, sinceramente, que Claudia López recapacite.

Olga L González
Miedo

Miedo.Imagen de Steve Buissinne en Pixabay

Las declaraciones de Claudia López sobre los venezolanos son más que desafortunadas. ¿Acaso ella no sabe lo que es ser colombiano en el exterior? Es ser considerado como un potencial narcotraficante y, por ejemplo, ser humillado en un aeropuerto, como le pasó a esta compatriota en Francia. Es tener que ver, impotente, cómo en Chile un grupo de vecinos decide organizar una marcha contra los extranjeros, y especialmente contra los colombianos, acusados de delinquir, prostituirse o vender drogas. Es recibir agresiones de cualquier persona, como le sucedió a esta mujer en Madrid y como les ha sucedido a muchos migrantes colombianos en el mundo.

Así sólo fuera por ese efecto-espejo, si hubiera un país que debe ser atento a no estigmatizar a los extranjeros, ese país es Colombia. Conocemos el argumento de Claudia López: hay personas de nacionalidad venezolana que delinquen. Claro que sí. Pero no se puede considerar que todos los venezolanos deben ser estigmatizados por la culpa de unos. Ese razonamiento simplista, esa forma de generalizar, se llama xenofobia y tiene gravísimas consecuencias. 

No se entiende porqué una responsable política importante apela a esa fibra, que hoy está asociada con el trumpismo, con la extrema derecha y con avivar el odio. ¿Es acaso una consecuencia de la dificultad para afrontar el tema de la seguridad en Bogotá? ¿Está ligada con la débil cultura política que existe en Colombia? ¿Tiene que ver con el chovinismo, tan extendido en Colombia? ¿Es una forma de prejuicio, o sea algo que no ha sido sometido al juicio intelectual?  

El estudio de nuestras mores políticas me ha permitido notar que, pese a ser un país con poca inmigración, cada cierto tiempo ha habido manifestaciones xenófobas. Así, recuerdo cuando Alfredo Vásquez Carrizosa, hace ya varios años, publicó una columna donde ponía en tela de juicio la idoneidad de Antanas Mockus, que entonces iniciaba pretensiones políticas, por su ascendencia extranjera. Que el prestigioso defensor de los derechos humanos tuviera una reflexión de este tipo me había dejado perpleja.

Particularmente preocupante, y necesariamente objeto de atención, es la xenofobia de personas que intervienen en el debate público, o de personas de la élite política. Así, cuando en 1929 regresa a Colombia el ex cónsul en Japón José Macía, El Espectador le pregunta sobre la posibilidad de impulsar la inmigración nipona. Macía se expresaba así: 

“Tal inmigración la considero desastrosa para el país (…). Es verdad que el japonés es culto, mesurado, industrioso, sobrio, constante y trabajador. (…) Pero al lado de esas virtudes tiene inmensos defectos. Por regla general, el japonés es honrado en sus relaciones comerciales, y es hipócrita, taimado, sin energías, sin iniciativas. Nunca lograría aclimatarse aquí. Tiene una mentalidad absolutamente diversa, y hasta contraria a la nuestra por la raza, la religión, por las costumbres, débiles, enfermizos, plagados de taras atávicas, hasta por el aspecto físico, hasta por la estética, debemos impedir esa onda migratoria”. 

Las declaraciones del señor Macía seguramente se leyeron con mucho interés en la Colombia de los años treinta, cuando se debatía sobre el tipo de inmigración que convenía a la nación. En esos años, intelectuales que gozaban de gran influencia política debatían sobre la supuesta superioridad de la raza blanca, sobre la degeneración que implicaba el mestizaje, sobre la inconveniencia de atraer a migrantes que no fueran europeos blancos civilizados. Es decir, que partiendo del supuesto errado de creer que existen “razas”, se establecían jerarquías entre seres humanos, y se promulgaban preferencias a determinadas nacionalidades. 

En la vida política de los años cuarenta, donde el insulto era moneda corriente y donde la intolerancia era la regla, se echó mano de la xenofobia para apartar a un destacado político. El candidato que disputaba la presidencia por el liberalismo, Gabriel Turbay, fue feamente atacado por conservadores (especialmente laureanistas), pero también por gaitanistas. Atacaban por “turco” a este bumangués de ascendencia libanesa. Los conservadores cruzados de Cristo, lo caricaturizaban en “enemigo de los cristianos”, “renegado” e “infiel”; los gaitanistas, cruzados de la nación, le reprochaban “amenazar con una sangre extraña las angustias y dolores de los colombianos”, “no tener sangre colombiana”, etc.   

Con la distancia, estos prejuicios contra los japoneses, contra el lituano, contra el turco, parecen de una época muy remota. Son vestigios de la creencia en que la sangre, la religión o la inexistente raza eran incompatibles con algo del ser colombiano. Las declaraciones xenófobas de Claudia López tocan, de nuevo, la fibra nacionalista para estigmatizar a todo un colectivo. Estas declaraciones son repudiables. Los personajes públicos, los políticos, deberían reflexionar sobre lo que encierran sus palabras, sobre sus consecuencias (racismo, violencia). Espero sinceramente que Claudia López recapacite sobre este tema, porque no creo que a ella la anime un proyecto de extrema derecha, ni que esto sea sinónimo de su ideología nazi, como algunos han dicho. 

Olga L González

Doctora en sociologia. Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales de Paris. Investigadora asociada Urmis, Universidad Paris Diderot. Publica en revistas y prensa, y en sus dos blogs: ojo de perdiz (feminista, político, literario) y el más académico kaleidoscope (género, migraciones, violencia).

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