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Noruega: la revuelta del alcohol y las drogas

Son los jóvenes de las ciudades y sus fiestas clandestinas de varios días en los bosques los que más empujan este cambio. Sin embargo, la visión desde la que se plantea esta reforma, compartida por la izquierda y la derecha, es la visión de salud pública.

Diego Marín Ríos
La Pantera Rosa

La Pantera Rosa. Imagen de Alexandra en Pixabay

En la penumbra del confinamiento invernal escandinavo fui testigo de una revuelta ciudadana. Una revuelta que en cuestión de días tumbó una de las medidas de seguridad nacional formuladas por el Gobierno noruego en su esfuerzo por controlar el brote de Covid-19 en Oslo.

El viernes 22 de enero el ministro de Salud noruego Bent Høie anunció el cierre de las tiendas estatales de alcohol en la capital, las famosas Vinmonopolet. En Noruega el comercio y distribución de esta droga es monopolio del Estado, desde 1922. Ante la invivible probabilidad de tener que pasar un solo día de confinamiento sin una botella con que drogarse, se produjo un éxodo masivo de la confinada ciudadanía capitalina hacia municipios aledaños. A nadie le importó que las ventas digitales y el servicio de entrega a domicilio del Vinmonopolet se hubiera mantenido abierto al público. Esta fue la gota que rebosó el vaso de obediencia de los pacientes noruegos, quienes durante el largo año de pandemia habían mantenido un comportamiento manso, como el agua de los fiordos.

Fue una revuelta pacífica que se resolvió bajo reglas democráticas. La medida fue retirada al cabo de pocos días, después de la consabida hemorragia de editoriales, debates de televisión, comentarios en redes sociales y la generalizada inconformidad de los habitantes de la ciudad. Estoy seguro de que la primera ministra Erna Solberg recordó este etílico incidente la mañana del 2 de marzo, cuando leyó en la pantalla de su móvil que las encuestas confirmaban la inminente derrota de su coalición de derecha en las elecciones parlamentarias de septiembre.

Como si no bastara con una revuelta a causa del alcohol, la tibieza del confinamiento con calefacción fue sacudida por otra medida gubernamental sobre las drogas. A pesar de que la aceptación social del alcohol en la sociedad noruega es equivalente al rechazo público que genera el consumo de cualquier otra sustancia psicoactiva, el gobierno de derecha decidió presentar recientemente un proyecto de ley para despenalizar su consumo. Un observador desprevenido podría pensar que el confinamiento noruego se está convirtiendo en una rumba psicodélica.

Con mis casi 13 años de residencia en este país me resulta muy sorprendente que se haya avanzado de manera tan acelerada en un tema tabú en la política y la sociedad noruega. A mis amigos y amigas no les cabe duda de que el consumo de drogas, diferentes al alcohol, es algo que la laica sociedad noruega considera un pecado. Es además un tema en el que la izquierda siempre ha pasado de agache, acercándose a extremos moralistas de corte puritano.

La propuesta de despenalización que ha lanzado el gobierno de derecha y que podría ser aprobada incluye el porte de hasta:

  • 2g de heroína, cocaína o anfetaminas
  • 10g de cannabis
  • 0.5dl de GHB, GBL o BD
  • un papelito o gotas de LSD
  • 1mg de LSD puro
  • 0.5g de MDMA
  • 20g de hongos alucinógenos
  • hasta 15 dosis de drogas prescritas
  • hasta 500g de khat (una hierba tradicional que se mambéa en Etiopía, Sudan y Somalia).

Se podrá combinar el porte de hasta tres de estas sustancias sin correr el riesgo de ser requerido por la policía.

A juzgar por la sorprendente y abigarrada precisión de la lista de juguetes del ministro Høie, los noruegos saben muy bien que les gusta cuando se dan en la cabeza, pero es un tema generacional y urbano. Son los jóvenes de las ciudades y sus fiestas clandestinas de varios días en los bosques los que más empujan este cambio. Sin embargo, la visión desde la que se plantea esta reforma, compartida por la izquierda y la derecha, es la visión de salud pública. Se asume que todos los consumidores frecuentes de alguna sustancia psicoactiva son adictos, enfermos que necesitan ser tratados, no encarcelados. Por eso no se atreven a ir más allá de la despenalización, pero en un mundo tan a la derecha esto es un bálsamo.

Lo que hoy propone el Gobierno noruego debería ser tomado como ejemplo en Colombia. Noruega fue país garante del acuerdo de paz, acuerdo que pretendía abandonar la política de guerra contra las drogas. Colombia, el primer exportador de cocaína del mundo, tuvo la oportunidad de abrir otro camino, diferente a la penalización del consumo y la militarización de la producción. Hoy es un facilitador del proceso de paz quien da el paso al frente, mientras el gobierno Duque se niega a implementar lo pactado.

El pasado 5 de noviembre, a la par que se elegía a Biden como presidente, cinco estados más de los Estados Unidos avanzaron en la flexibilización de la política antidrogas. Hoy el 70% de la población gringa vive en lugares donde el uso del cannabis ha dejado de ser ilegal, ya sea el uso recreacional, medicinal o ambos. En Latinoamérica, México y Argentina avanzan también en propuestas de despenalización y legalización. Mientras tanto, los policías en países como Colombia siguen persiguiendo y maltratando al joven consumidor sin importarles que el país sea controlado por los jefes de la mafia.

Entrar a una tienda del Vinmonopolet en Noruega es entrar a una tienda de dulces para adultos. Licores de todo el mundo, organizados elegante y espaciosamente. Cuenta con un personal que está dispuesto a guiarte para escoger la droga de tu preferencia. Te aclaran todas las dudas, te explican la forma ideal de consumo, te informan sobre la composición y características de cada una de ellas. Al final, si lo que tú quieres consumir no se encuentra en la tienda, Vinmonopolet se encarga de conseguirlo y enviarlo a tu domicilio. Bajo el control del Estado y gracias a estas tiendas, se combate efectivamente la circulación de licor adulterado. De contera, el Estado se asegura la recaudación total de impuestos por venta de alcohol, reduciendo la evasión. Al tener horarios de venta estrictos se evitan los borrachitos espontáneos. En los países nórdicos las borracheras se planean. Para no mencionar la posibilidad de recoger estadísticas, datos concretos sobre los patrones de consumo y todo lo que eso aporta al sistema de salud público.

Es decir, el modelo ya está inventado. Un monopolio de todas las drogas por parte del Estado, más allá del alcohol, con tiendas al estilo Vinmonopolet puede ser una solución a largo plazo. Un modelo que ofrezca seguridad y garantías a la sociedad y a los consumidores, tal como lo ha hecho el modelo del monopolio estatal del alcohol en Noruega, Suecia, Finlandia e Islandia implantado desde hace un siglo.

Diego Marín Ríos

Desde la popa del Titanic. Historiador colombiano residente en Noruega.

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