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Donde nacen los prodigios

Un día, ya ancianos, sintieron que a altas horas de la noche alguien tocó a la puerta. Al abrirla vieron a un hombre con una luz cansada en los ojos. Estaba distinto, curtido de tanto hacer milagros, de reprender a gente que no hacía caso. Había escapado de su cárcel y no quería saber nada del mundo ni de sus habitantes.

Uriel Cassiani
Imagen de congerdesign en Pixabay

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“Porque se levantarán falsos Cristos y falsos profetas, 

y mostrarán grandes señales y prodigios, 

para así engañar, de ser posible, aun a los escogidos”.

Mateo 24:24

El marido había preparado el terreno para salir de la miseria que los agobiaba. Un día cualquiera dibujó en la pared de la habitación la imagen difusa de una mujer con una aureola en forma de corona en la cabeza, y a un niño de cabello rubio y sonriente entre sus brazos. A las cinco de la mañana, su mujer salió gritando a la puerta que una Virgen había aparecido en su cuarto. 

El mundo, ávido de pruebas de fe, no lo puso en duda. En la puerta se generó una romería que les permitiría permanecer en casa sin trabajar por algún tiempo. La feligresía les traía regalos o dinero para ver donde estaba la imagen de la milagrosa señora. Una cosa era verla desde lejos, otra pasar la mano levemente sobre el muro. “En este mundo todo tiene un precio, señoras y señores”, decía el marido que pintó en el cuarto a la mamá de Jesús. El dibujo se marchitó. La gente olvidó a la Virgen y a su hijo. Entonces el hombre no tuvo escrúpulos en dibujar a Jesucristo camino al cadalso, y el peregrinaje de fieles fue mayor. Pero a medida que el tiempo pasaba la gente dejó de asistir.  

Su esposa quedó en embarazo. Era un milagro, aunque él ya la había embarazado en otras ocasiones. La mujer sostuvo por todos los medios que su embarazo era un anuncio de Dios. El marido cobraba a los creyentes cuando tocaban el vientre de la mujer. Si alguien tentaba y la criatura se mantenía serena, esa persona tendría un hogar tranquilo. Si, por el contrario, el niño pateaba desde el vientre a quien pagaba, la tormenta en cualquier momento se desataría. 

Fue el primer niño que nació con los ojos abiertos en el mundo. Eso llamó la atención de todos los cultos; y no podía faltar un emisario desde Roma para certificar el prodigio. Todos en el barrio Candela sabían la dirección de la casa bendita. Como nomenclatura no había, señalaban con datos de pueblo la forma para llegar a donde estaba el niño que nació con los ojos llenos de luz. Los desocupados pedían dinero por el viaje a los jerarcas de la Iglesia, y a innumerables creyentes que llegaban en caravanas de todo el mundo, para conocer al niño que nació con los ojos despiertos en una casa cerca a la ciénaga de la Virgen. 

Algunos hablaban del fin de los tiempos, otros de la salvación pospuesta por siglos. 

Lo cierto era que la casa de madera crujía ante tanta gente que llegaba con la esperanza de redención, por lo que Roma ordenó que se levantara una casa cural en el sitio. Vistieron a la familia como reyes y por fin los alimentos hablaron maravillas a sus paladares. Vivirían allí, con sirvientes y exonerados impuestos, pero las escrituras serían del santo padre. La Santa Sede convino con el Gobierno colombiano un pacto que establecía que este último se encargaría de la manutención de por vida de la familia. 

Pasaron los días y los hijos del matrimonio fueron matriculados en las mejores instituciones educativas de la ciudad. El infante que nació con los ojos sin sueño no hacía nada distinto a otros niños. Dormía, jugaba, comía. No hay milagro en eso. Al cumplir seis años, tal vez comenzó a manifestarse su apostolado. 

Un día en que no había salido para nada, encerrado en su habitación propia, la madre se asomó con cuidado por la ventana para ver lo que hacía el niño. Vio que en la mesa donde realizaba las actividades escolares tenía tendida una manta que le pareció hecha de luz. Cuando la madre indagó por lo que hacía, nada dijo el niño. Se separó un tanto de la mesa y la manta de luz se elevó un poco. El niño, con su risa siempre insinuada, se subió sobre la mesa y, ante la madre asombrada, dio un salto, como si fuera un colchón de agua. Lo recibieron las vibraciones electromagnéticas.  “No es real”, “eso no es verdad”, manifestaban los miembros de la familia. Cuando uno de los hermanos quiso subirse en la mesa, el niño, alarmado, le pidió que no lo hiciera. Su hermano, embobado como el resto de la familia, no parecía escucharlo: saltó y cayó de cabeza en la dura cerámica fracturándose varias vértebras. Lo llevaron al médico y con el tiempo, aunque de manera defectuosa, volvió a caminar. 

Ya con doce años, el niño cualquier día le dejaría a su profesor noticias de sabiduría en clase de religión. El docente, después de disertar ampliamente sobre el hijo del hombre y la luz del mundo, le preguntó por el origen de la luminiscencia divina. El niño se negó a responder, y el maestro enfurecido tomó la regla para castigarlo. El niño le exigió que no le pegara y le propuso un trato. Sonriendo, como siempre, dijo:

“Detrás del tiempo se esconde la eternidad, detrás de la luz vive el asombro, la alegría es un reflejo del sonido de la tristeza cuando despierta en la mente de los hombres. Yahveh es nuestra alegría suprema. ¿Podría decirme usted, profesor, cuál es el color de los ojos de Dios?”

El profesor, que había estudiado en Roma, conocía libros ocultos. En la última ordenanza del Concilio de Trento, antes que fuera modificada, se habló del séptimo atributo del Señor: se conceptuó que el que pensara en el color de los ojos de Dios moriría. El profesor sintió un frío recorrerlo con los códigos cifrados de la muerte. Quiso ordenarle a su mente no visualizar la respuesta. Pero muchas veces la mente no obedece y cuando el profesor se derrumbó, todos vieron que sus ojos abiertos tomaron el color de la uva madura.

De Roma vinieron y se llevaron al niño. Los padres no volvieron a saber de él. Sin embargo, supieron que un hombre iba por la tierra curando a los enfermos, devolviéndole la vista a los ciegos, reprendiendo a pecadores e impíos y convirtiendo el agua en ron. Supieron que era su hijo y que un día llegarían a donde él estuviera y no los reconocería: así debería ser para que se cumpliera toda justicia. 

Sabía el cielo que los hombres no soportan el brillo de la verdad porque es un espectro de la magnificencia de la luz y que un día lo crucificarían. No lo crucificaron. No hubo un nuevo Herodes; y la tierra tenía tantos Pilatos que ninguno sería digno de repetir el papel de unas manos lavadas. No pasó como a pastores y jerarcas convenía. La familia que no volvió a saber de carencia y privaciones, desde aquel día que al padre se le ocurrió pintar lo que parecía ser la imagen de la mamá de Jesús en una pared. 

Un día, ya ancianos, sintieron que a altas horas de la noche alguien tocó a la puerta. Al abrirla vieron a un hombre con una luz cansada en los ojos. Estaba distinto, curtido de tanto hacer milagros, de reprender a gente que no hacía caso. Había escapado de su cárcel y no quería saber nada del mundo ni de sus habitantes. Entró al cuarto. Salía al patio cada cinco días para convertir un calambuco de agua en ron. El mundo lo olvidó porque se convirtió en un borracho; no detuvo el globo terráqueo su marcha por ello. El mundo tiene  paciencia suficiente para esperar por otros dos mil años por un nuevo Jesucristo. 

Uriel Cassiani

Poeta, escritor y columnista nacido en el Palenque de San Basilio, considerado el primer pueblo libre de América. Entre sus obras se destacan Ceremonias para criaturas de agua dulce (Prosa poética), Alguna vez fuimos árboles o pájaros o sombras (Poesía) y la novela Música para bandidos.

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