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El pornohumanismo de los héroes en lata

¿Hay que establecer límites a la cada vez más estrecha colaboración entre periodistas, fotógrafos/as y cineastas, con fundaciones filantrocapitalistas y las organizaciones humanitarias internacionales? Un dilema que debería agitar a los productores de “otros” cómodamente consumibles desde nuestras casas.

Massimo Di Ricco
Imagen de Bokskapet en Pixabay

Imagen de Bokskapet en Pixabay

Hace unas semanas pude finalmente visitar en un pequeño pueblo de los Pirineos catalanes una exposición que lleva un rato dando vuelta por toda España. Nacida de la colaboración entre unos periodistas y varias oenegés, los protagonistas de la exposición son niños y niñas de varios países del continente africano representados en sus luchas cotidianas, su resiliencia, y como protagonistas activos de su propia vida.Las buenas intenciones por parte de los autores, y de las oenegés que promocionaron y financiaron este trabajo, es innegable: sensibilizar sobre las dificultades cotidianas de los jóvenes africanos. Pero no obstante las buenas intenciones, me fui de la exposición con algo de malestar por estos tipos de representaciones y percibiendo una cierta mercantilización de unos niños africanos para uso y consumo de un público europeo. Está una joven mujer en una aldea amamantando, la misma mujer evidentemente exhausta y con los ojos cerrados diez segundos después del parto fotografiada con el niño llorando encima de su barriga, “niños soldados” con fusiles posando para la cámara, chozas, campesinos, fondos oscuros, caras perdidas, más barro. La impresión que tuve es que una persona promedio sale de la exposición pensando que en África no ha llegado el asfalto, los edificios no pasan el primer piso, la vida urbana no existe, y todos viven en casas de barro. En suma, que hay que ayudarlos. Pero el malestar personal es primero de principio: mientras la representación de niños y niñas de mundos lejanos es largamente aceptada en Europa, esto contrasta con la prácticamente total ausencia, para velar justamente por su privacidad, de las representaciones de niños europeos como protagonistas de cualquier historia en los medios o en exposiciones públicas si es para remarcar sus difíciles condiciones de vida. 

Personalmente, esta y muchas más exposiciones o reportajes sobre el lejano Otro me suelen recordar, con ciertas diferencias, la película Agarrando pueblo de 1977 de Luis Ospina y Carlos Mayolo. En particular cuando el pseudodocumentalista Mayolo pide a los niños que se bañan en una fuente en el centro de Bogotá que se lancen al agua mientras su equipo los graba. Los falsos documentalistas quieren supuestamente vender el material a una televisión alemana hambrienta de contenidos sobre pobreza y miseria. En aquellos tiempos la revolucionaria y perturbadora Agarrando pueblo hacía una denuncia contra el mismo gremio de directores, productores y cineastas. Los acusaba de mercantilizar la miseria, criticaba a los festivales y televisiones europeas siempre en búsqueda de sensacionalistas productos sobre la vida de los miserables del Tercer Mundo, y también contra la audiencia, en particular aquellos europeos “acostumbrados a consumir la miseria en lata para tranquilidad de sus malas conciencias”. La vida de los miserables como productos y mercancía de falsa denuncia, “válvula de escape del sistema mismo que la generó”. Ospina y Mayolo acuñaron una palabra y redactaron un manifiesto para dejar las cosas claras: la pornomiseria.  

Hoy en día, por cuanto el modelo denunciado por Mayolo y Ospina haya sido ampliamente criticado, sigue multiplicándose tanto en producciones cinematográficas, como en reportajes periodísticos o por youtubers de todo el mundo. Ahora, la representación que surge de exposiciones como la que he visitado es bien diferente, así como los objetivos de sus autores, que parecen en principio más sinceros y nobles. Pero igualmente sigue siendo problemática y síntoma de una tendencia que se está consolidando en este ámbito. En las últimas décadas han empezado a surgir en los medios de todos formatos una representación del otro lejano, del pobre y del supuestamente miserable, con una faceta más humana, positiva. A menudo es una representación que cae en el exotismo, se caracteriza por ser exacerbadamente humanizante y roza el límite del producto de consumo. Un “producto” que también es consecuencia de la relación que se ha instaurado entre periodistas, cineastas, fotógrafos/as y organizaciones humanitarias en lugares del mundo difícilmente accesibles. Y probablemente otra de las razones de mi malestar frente a estas representaciones se encuentra propio en esta aún indefinida relación.

Las organizaciones humanitarias internacionales fueron en su momento las primeras en entender que las imágenes de pobreza, tragedias y cuerpos esqueléticos, eran la mejor forma para recaudar fondos entre los que miraban al mundo desde sus sofás. Pero el debate público al principio de los ochenta sobre las pornográficas imágenes de niños demacrados por la guerra en Biafra y la hambruna en Etiopía sacudió el mundo del humanitarismo y varias de las principales oenegés internacionales hicieron más tarde un necesario cambio hacia una representación más positiva del otro, o sea de los protagonistas de sus campañas publicitarias. Al mismo tiempo en las últimas décadas, las oenegés internacionales, con su importante trabajo en zonas de conflictos o catástrofes humanitarias, se han transformado en las proveedoras preferenciales de periodistas y cineastas para el acceso a la vida de los otros lejanos o a zonas de difícil acceso, como ha quedado claro en estos días con la triste noticia del asesinato de dos periodistas españoles y de un miembro de una oenegé en Burkina Faso mientras trabajaban en un reportaje. Esta relación ha hecho que este nuevo tipo de exacerbada representación humanista haya ido tomando cada vez más espacio en medios de comunicación, festivales y exposiciones.

Estremecedores reportajes sobre tratas de niños en países africanos que eluden cuestionar las estructuras de desigualdad existentes y el pasado colonial; la perseverancia de una niña refugiada que descubre Facebook gracias a un periodista occidental y se beneficia del dinero de un europeo anónimo para estudiar y volver a encontrar su madre; entrevistas a activistas para los derechos de la mujer y los pueblos indígenas, donde desaparece la conciencia anticapitalista de la representada. Todas historias conmovedoras, ganadoras de premios, hechas con las buenas intenciones de sensibilizar sobre problemas reales. Pero también que producen unos otros lejanos despolitizados, limpios para ser consumidos, y que siguen teniendo rasgos paternalistas, caritativos, de inconsciente colonialismo. Una representación que implica una humanidad total, una unión entre pares en nombre del humanismo y el cosmopolitismo, pero que al contrario a veces olvida las diferencias históricas y quien tiene el poder de representación. Una forma de pornohumanismo que no es sino la evolución de lo que ya Roland Barthes en los años cincuenta, y Susan Sontag en los setenta definían como un vacío “humanismo sentimental” que escondía detrás de ideales de igualdad global una falta de cuestionamiento sobre la existente y profunda desigualdad estructural entre el mundo de quien representa y su audiencia, por un lado, y el representado por el otro. 

Una relación problemática también porque, no obstante, el valioso trabajo de asistencia en medio de trágicas crisis humanitarias, estas organizaciones siguen basando su modelo de negocio en una lógica liberal de recaudación de fondos, que a menudo apuesta por imágenes impactantes e historias conmovedoras que permitan donaciones. A veces los periodistas de información internacional pasan de las oficinas de comunicación de estas oenegés a la labor de free lance o contratados directamente por medios de comunicación financiados por fundaciones filantrocapitalistas. A veces, como periodistas, reciben encargos de estas mismas oenegés y producen con todas las buenas intenciones historias “humanas” que provocan empatía, compasión, dolor y también sonrisas, pero cuyo trasfondo comercial es difícilmente discernible para el público. Un humanismo y humanitarianismo que corre el riesgo de ser presentando como un espectáculo más, donde, parafraseando unas frases de Ospina y Mayolo en su manifiesto de la pornomiseria, el espectador puede “lavar su mala conciencia, conmoverse y tranquilizarse”

La impresión es que en realidad esta específica representación pornohumanista del otro dice más sobre los que representan y menos del representado. Es difícil criticar el vital trabajo que hacen las oenegés de ayuda humanitaria internacional, y de aquellos periodistas que a menudo ponen sus vidas en riesgo para hacer públicos los graves problemas y las injusticias que se viven en nuestro mundo, especialmente en un momento en que ambas están cotidianamente en la mira de las descalificaciones y acusaciones de las derechas. Pero parece necesario repensar el mensaje que se transmite con base en la conciencia de la diferencia entre el representado y quien tiene el poder de representar. Principalmente porque no es una representación que sale de una relación de solidaridad entre pares. 

Massimo Di Ricco

Profesor, periodista e investigador independiente. Ha enseñado en varias universidades de Colombia y España y ha trabajado como corresponsal desde Líbano y Egipto. Es autor de “Los Condenados del Aire – El viaje a la utopía de los aeropiratas del Caribe” (Icono, 2020).

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