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El caos climático, la economía y nuestro imaginario

¿Cómo es posible que sigamos creyendo en la locura en que ha devenido la economía? Al insistir en retornar al crecimiento, estamos obviando el gorila sobre la mesa que es la destrucción planetaria. ¿Podremos darle la vuelta a nuestro imaginario?

Delta del río Llobregat

Espacio Natural del delta del Llobregat. Imagen de Jorge Franganillo. Creative commons.

En estos momentos todos los esfuerzos de la humanidad tendrían que dirigirse a frenar el desastre climático. La noticia del reporte IPCC, resultado de un consenso científico que unifica 14000 (!) investigaciones, fue recientemente portada de todos los periódicos. Ya nadie puede negar que la situación es gravísima ni tampoco que tenemos la capacidad de reaccionar: lo hicimos ante la pandemia. 

El problema es que puede ser tan difícil ver las estructuras y creencias profundas que mantienen al mortal sistema funcionando como percibir el aire que respiramos. Y aún más difícil es entender que ¡no es el único sistema posible! Así, ahora que aparentemente nos encontramos saliendo de la pandemia, enfilamos esfuerzos para volver a la normalidad.

Se considera buena noticia, y los periódicos lo anuncian con aire de satisfacción, que la economía esté volviendo a crecer. Pero … ¿crecer más cuando el consumo al estilo occidental ya necesita varios planetas para proveerse; o sea nos estamos gastando mucho más de lo que el planeta puede producir? No sé quien dijo que solo los locos y los economistas podían creer que se puede crecer eternamente. Parece ser que ahora es sentido común. A pesar de que a estas alturas ya tendría que estar claro que no va a ser posible aunar crecimiento económico y sostenibilidad global.

Es difícil aceptar que la gravedad del cambio climático nos obliga a cambiar nuestro modo de vida. La inercia es muy pesada. Esto queda ilustrado, por ejemplo, ahora en Cataluña con el debate en torno a la ampliación del aeropuerto. Es clarísimo que para bajar emisiones tendríamos que estar bajando radicalmente el tráfico aéreo. Sin embargo, dice el presidente de Foment, Josep Sánchez Llibre en un acto en defensa de la ampliación del aeropuerto en el Esade, en junio, que «Los sectarismos ideológicos no pueden pasar por encima de los intereses generales de toda la sociedad».  Veamos: es atrevido llamar «sectarismo» a reivindicaciones que se apoyan en un consenso científico. Y el interés general ya no pasa por crecer en emisiones, ni en turismo para Barcelona, ni en destrucción de zonas protegidas. Ya no pasa por crecer, por lo menos en las latitudes de los países enriquecidos. Hay otras maneras de crear empleos, si de eso se trata.

A propósito: hay que anotar que la complejidad alcanzada por un ecosistema como el que se quiere «afectar» en el Delta del Llobregat, no se puede simplemente compensar. El factor tiempo es primordial para la vida de los ecosistemas, como bellamente explica George Monbiot. Y tiempo es lo que no tenemos.

Ecologistas en Acción reporta que las emisiones del aeropuerto de Barcelona, podrían aumentar con la ampliación como mínimo un 33 % comparadas con las del 2019. Se contradecirían así compromisos climáticos adoptados por diferentes entidades gubernamentales. Es increíble que esta discordancia no haga tambalearse al mandamiento único de ganancia que se volvió norma en el sector empresarial, e invite a bajar del estrado desde el que se nombra la posición de otros como «sectarismo». 

Y es precisamente de arrogancia y de excesos de lo que peca nuestra sociedad. No somos tantos los que tenemos «suerte» y podemos consumir al ritmo que está acabando con nuestras posibilidades de vida sobre el planeta: los que nos habíamos acostumbrado a volar cada dos por tres, a acumular ropa traída de lejanos países y fabricada en condiciones abusivas, a comer uvas en primavera venidas del otro lado del planeta, o absurdas cantidades de carne y comidas ultraprocesadas… se puede seguir indefinidamente. No somos tantos lo que ahora podríamos hacer duelo por un modo de vida excesivo (y poco saludable), y cambiar, sin que esto signifique vivir peor, de eso se trata. 

Detrás del consumismo absurdo de una parte del planeta, y del presente desastre, está la complicada estructura de un sistema económico desbocado, y los intereses que lo han moldeado. También está la desigualdad. El discurso dominante nos decía que si la economía crecía iba a haber en un momento para todos. Pero ni ha sido así ni puede serlo: es una imposibilidad física que toda la población humana llegue a consumir como en Occidente, aún si este estilo de vida fuera deseable. 

En este momento estamos engullendo y sofocando al planeta, pero no para saciar las demandas de una población global empobrecida sino para satisfacer la voracidad de unos cuantos. La permisividad de la maquinaria económica de los últimos decenios lo que ha hecho es aumentar los ceros en las cuentas de muy pocos, en dimensiones casi imposibles de comprender, dando paso a las personas más ricas de la historia de la humanidad. El Covid ha hecho este proceso de redistribución aún más claro.

¿Como es posible que sigamos creyendo en la locura en que ha devenido la economía?  Al insistir en retornar al crecimiento, estamos obviando el gorila sobre la mesa que es la destrucción planetaria. El caso del aeropuerto es ilustrativo. ¿Podremos darle la vuelta a nuestro imaginario?

En estos momentos hay por todas partes alternativas bullendo, en parte saberes y modos de vida ninguneados por la modernidad, pero que ahora proveen posibilidades para salir adelante. También desde los centros que se dedican a la investigación, se están estudiando posibilidades (ver la economía ecológica, la economía del dónut, etcétera). Y no se trata de inventarnos un vivir sin nuestro entorno animal-vegetal-terrícola (¡que tristeza de vida sería!) como pretenden los desvaríos espaciales de un par de billonarios. Se podrían ir en mudanza interplanetaria ellos, tal vez, pero movilizando tantos recursos que acabarían de quemar nuestras posibilidades en este planeta.

En todo caso, deberá haber un empuje político que permita cambiar estructuras, que dé espacio a nuevas formas culturales, modos de ser y pensar. Volviendo al tema de la dificultad de imaginarnos otros sistemas, ojalá logremos elegir gobiernos informados y visionarios que sí permitan estos cambios. Esto a pesar de la guerra librada en las redes sociales desde frentes que quieren inmovilizar el statu quo, distrayendo con chivos expiatorios (comunistas, inmigrantes, B. Gates, etcétera). Pero ese es otro tema.

Colombiana, acabada de crecer en Austria y radicada en Barcelona. Investigadora en Psicóloga Social (Psicóloga de la Universidad de Viena/ estudios de doctorado en la U. Autónoma de Barcelona) con empeño por entender el mundo que nos tocó. También es ceramista y co-organizadora en un espacio de artes varias, espai ku. Apasionada a la jardinera silvestre.

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