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Una serie de palabras

Leía y releía tantas veces aquella carta que llegué a identificarme con el dolor de María.

Ilustración de Cami Marín

Nombran, anuncian, designan, definen… pero también condenan y esconden. Las palabras ponen orden a aquello que pensamos y en ocasiones se escapan sin que podamos controlarlas. Hay una para casi todo porque sin ellas nuestra relación con el mundo sería completamente distinta.  

Siempre he creído que la narración es un ejercicio de fondo y forma y que el trabajo de hilar entre letras y saborear el ritmo de las frases es tan significativo como aquello que se intenta explicar. Así que, como si fuese una serie en la que cada episodio tiene un principio y un final, hoy comienzo un recorrido por palabras extraordinarias con las que intentaré conectar historias recientes o antiguas que me resultan fascinantes y que quiero compartir. El hilo conductor de esta serie será siempre el significado de la palabra elegida. ¿Hay algún propósito oculto más allá del placer de publicar? Ninguno. No intentes leer entrelíneas. 

Episodio 1 – Fetiche 

Objeto al que se atribuye la capacidad de traer buena suerte a quien lo usa o lo posee. 

En abril de este año una noticia curiosa captaba la atención de quienes disfrutamos con los papeles viejos: la biblioteca de la Universidad de Cambridge anunciaba que habían aparecido dos libretas de Charles Darwin cuyo paradero era desconocido desde el año 2000. Requeridas para unas fotos, las libretas con anotaciones y dibujos del científico fueron movidas de su anaquel. Dos meses después los bibliotecarios se dan cuenta de que han desaparecido y comienza una exhaustiva búsqueda a lo largo de los 200 kms de estanterías. Nada. Ni rastro. Sin embargo, tuvieron que pasar 20 años para que la biblioteca se pusiera en contacto con la policía y denunciara el caso como un robo.  

El final feliz viene en 2022 cuando, sorpresivamente, una bolsa de papel de color rosa aparece en el suelo con una nota impresa firmada por X y las dos libretas envueltas en papel film. Intactas, sin tachaduras ni rasguños. Tampoco faltan hojas, así que los bocetos del creador de la teoría de la evolución están tal y como los dejó en 1837.  

¿Quién retuvo estas libretas durante 22 años y para qué? ¿Qué placer fetiche se esconde al tocar una hoja que tuvo tanto sentido para alguien a quien no conoces? Yo misma, a comienzos de 2018, me planteé la misma cuestión frente a un par de papeles escritos en alemán y fechados en 1961. Los encontré en un rincón de una calle cualquiera de Barcelona y me invadió la curiosidad. Pedí ayuda con la traducción y me conmoví hasta las lágrimas con lo que en ellas se narraba.  

Se trataba de una carta escrita por María y dirigida a su tía Anna. En ella le explicaba que Josef seguía en el hospital psiquiátrico, que estaba gordo por su enfermedad y su insaciable apetito, que en ocasiones se mostraba apático pero que la mayoría del tiempo quería colaborar en las labores del huerto. Sin embargo, el médico había sido tajante: nunca podrá abandonar el centro por el riesgo de sufrir, al menos, tres brotes psicóticos al año.  

Leía y releía tantas veces aquella carta que llegué a identificarme con el dolor de María. Me gustaba imaginarla frente a la máquina de escribir robándole minutos a su jornada de trabajo, porque ella misma cuenta que no encuentra paz en su casa. Intuyo que está casada y tiene un hijo porque en un párrafo llega a decir que Heinz ha invitado a su sobrino a pasar una temporada con ellos, así que ahora debe atender a tres hombres en casa. ¡Nosotras siempre tan dueñas del hogar y sus imprevistos y ellos siempre tan bien atendidos! 

No voy a negar que llegué a imaginar una conexión con la autora de la carta y me emocionó profundamente el momento en que usó la palabra melancolía: “En unos pocos días será el día de Todos los Santos y después viene Noviembre que me causa preocupaciones cada año por toda la niebla y la melancolía. Siempre pienso que si muriera alguna vez, segurísimo sería en noviembre”

En las libretas de Darwin, según cuentan las crónicas, hay un boceto del ‘árbol de la vida’ el dibujo que más adelante desarrollaría para explicar el origen de las especies. Si el ladrón o ladrona conservó estos apuntes durante tantos años es muy probable que haya desarrollado un vínculo especial con ellos, una suerte de túnel para penetrar en la mente de su autor y memorizar su forma de ordenar las ideas.  

¿Qué sentimientos puede transmitir el cuaderno de notas de un naturalista? ¿Qué buena o mala suerte se le puede atribuir a un objeto tan trascendental para la biología? Los investigadores, tan acostumbrados a consultar antiguos documentos, podrían darnos pistas de lo que significa adentrarse en el corazón de un papel como si de una disección se tratara. Nosotros, simples mortales a los que nos encanta escuchar historias e imaginar otros tiempos, solo podemos dar gracias a quienes con tanta pasión conservan intactos los documentos que han sido el germen de teorías revolucionarias como la del viejo Darwin.

Poco queda de la periodista que fue, pero insiste en escribir. Ganó el premio Simón Bolívar de Periodismo en 2000 por la serie de reportajes "Ciudad Botero". Trabajó para "El Colombiano" de Medellín y realizó reportajes para "El Tiempo" de Colombia. Fue editora de la redacción Barcelona del "Periódico Latino". La gran mayoría de sus trabajos recientes se pueden ver en el portafolio: http://www.behance.net/ZulmaSierra.

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