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El espejo y el encierro

Era en 2001, año en el que iba a Barcelona por primera vez y me olía que el regreso a casa iba a tardar en producirse. Durante dos años viví colgada de aquel espejo de alguna manera.

Corina Tulbure
Metáforas de pateras

¿Qué llevas dentro? ¿Qué es eso? “Soy yo”, dije en la puerta de control del aeropuerto como acto reflejo. Ni yo entendía la broma con la que había contestado, ni el controlador tenía ganas de seguir. Me dejó pasar. Creo que no era la primera rareza que encontraba en las maletas de los que dejábamos el país. Cargaba en el bolso de mano una lámpara desgastada de la cual colgaba un espejo. No tenía ni idea que era solo el primer paso de una manía que se iba a hacer tan mía.

Era en 2001, año en el que iba a Barcelona por primera vez y me olía que el regreso a casa iba a tardar en producirse. Durante dos años viví colgada de aquel espejo de alguna manera. Fue mi primera cuarentena, dos años sin ver a mi abuela, los años sin papeles en España. Había crecido en el pueblo, en su casa hasta los seis años y no podía imaginar mi vida sin ella. El espejo acabé colgándolo en mi cuarto en Barcelona, al mirarme, la veía, ella estaba allí, me aseguraba que seguíamos juntas. El encierro que provoca la falta de acceso a los papeles, esta especie de clandestinidad a cielo abierto, hace que una necesite de sus mapas para moverse sin miedo. El mío estaba trazado por el olor de los granos de café tostados. Caminaba por delante de la entrada de las cafeterías y el olor fresco a café me aseguraba que el día iba a ser grande y mío. A pesar de la cuarentena, de no poder moverme de España, de hecho, nada había cambiado.

Mi mapa no estaba roto, lo volvía a trazar en las nuevas calles y ante las caras de desconocidos. Escoltada por aquel olor a café iba más segura por el mundo. Con los meses de encierro en España, había empezado a tener la manía de agarrar hasta romper objetos que me rodeaban en momentos de alegría. Una copa de vino, tazas, el teléfono, fotos viejas. Mis ganas de atraparlos, de volver a pisar tierra firme, no tenían límites. Era una droga contra el olvido, no quería que se me escapasen otra vez, no volver a ver a la gente como había pasado con la abuela. No poder moverse por la falta de los papeles, quedarse aislada en un lugar, hace que tu mundo afectivo se vuelva volátil y hambriento: hablas por teléfono, una imagen en Skype, pero no puedes dar un abrazo. Así es como muchas madres “sin papeles” que conocí más tarde en Barcelona crían a sus hijos a distancia, amándolos por Skype y batallando las 24 horas para conseguir los documentos que les permitan moverse entre los países y verlos.

En España, como en los demás países europeos, miles de personas están condenadas a esta ilegalidad forzada sin derecho a estar con sus seres queridos, sin derecho a trabajar, sin derecho a moverse o a pertenecer a algún lugar.

Más tarde empecé a hablar una lengua en cuarentena. Vivía en castellano, aunque legalmente no era una ciudadana como tal. Y me volví muy posesiva con el castellano. Cuando todo se me escapaba, quería hacer mía la lengua. Había pasado del rumano al castellano. Hablar en castellano era similar a caminar sobre agua, avanzaba, pero no tenía la certeza de pisar algo, de decir algo. Al vivir en otra lengua, las palabras me tocaban menos que en mi propia lengua. De hecho, llegué a sentirme muda hablando, las palabras eran mías, pero las saboreaba poco. Vivía en castellano, pero era solo en rumano cuando podía desplegar mil expresiones. El rumano lo usaba solo para las conversaciones por teléfono con mi abuela. En Barcelona hablaba bien poco en rumano. De repente hablaba una lengua sin cara, escuchaba lo que la abuela me decía, pero sin tenerla delante mío, no podía llegar a su pueblo. Hablaba una lengua sin rostro, el rumano. Solo el espejo quedaba firme en mi pared y se negaba a reconocer la realidad. Era otro intento de seguir dibujando los mapas que atasen aquel pueblo con mi calle en Barcelona en aquella cuarentena.

Con los años en Barcelona conocí a muchas personas que vi reflejadas en el espejo donde viví colgada durante años. Personas que han sido sometidas a periodos de ilegalización forzada y de inmovilidad. Vives y a la vez no vives en un lugar, estás donde no estás, entre los que te quieren y a los que no puedes ver, no te puedes mover de España, no puedes salir porque no podrías regresar. Un encierro que afecta a personas cuyo derecho a moverse está denegado mediante las deshumanizantes leyes migratorias.

En España, como en los demás países europeos, miles de personas están condenadas a esta ilegalidad forzada sin derecho a estar con sus seres queridos, sin derecho a trabajar, sin derecho a moverse o a pertenecer a algún lugar. Esta cárcel a cielo abierto está creada, legislada y puesta en práctica por nuestros Gobiernos, por las leyes de extranjería, sostenidas por un opresivo sistema global de fronteras.

Ahora que llevamos días encerrados ante el peligro de la pandemia, obligados a permanecer en casa o, a lo sumo, a moverse restringidos aquellos que acuden al trabajo, hay que pensar en los millones de personas a las que se les prohíbe moverse, que están encerradas en un territorio mediante opresivos regímenes migratorios que les obligan a una ilegalidad forzada.  Esta es la cara de una política deshumanizante, de unos regímenes migratorios opresivos que funcionan en nuestras sociedades. Y que es urgente que cambiemos.

Corina Tulbure

Periodista rumana, coloboradora de los diarios Publico, Gara y Ara.

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