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De donde vengo yo

Podría decirse que nací con todo lo necesario para ser una líder de masas, sin embargo, no soy feliz en la plaza llena. Quisiera tener en mis entrañas ese impulso vital necesario para salir a la calle y gritar hasta que se me seque la garganta. Me gustaría tener la valentía que se requiere para enfrentarse a la autoridad violenta, ser rápida para correr y llegar a casa con la satisfacción de estar haciendo algo útil para el mundo. Pero lo cierto es que no nací con la templanza que se requiere para pelear en nombre de los demás.

Erika Antequera
Foto en Pixabay.

Cuando pienso en activismo imagino a mi madre, conmigo en su vientre, tocando el tambor en una manifestación por una educación pública y de calidad en la Barranquilla de los años 70. Imagino a mi padre sobre una mesa de la cafetería de la Universidad del Atlántico, con el puño en alto incitando a los estudiantes a salir a la calle para protestar. Los imagino a los dos, entusiasmados, repartiendo el periódico comunista VOZ* en la puerta de la Facultad de Derecho, con la esperanza de que otra versión de los acontecimientos remueva la conciencia de sus compañeros.

Si pienso en activismo también pienso en mi hermano. Lo recuerdo encerrado en su habitación estudiando con disciplina y concentración para convertirse en abogado defensor de Derechos Humanos, a la vez que aprendía a tocar el tambor. Y lo veo ahora, convertido en un referente en el tema de Memoria Histórica en Colombia, después de recorrer un camino lleno de pruebas que le invitaron a definir por sí mismo su propia identidad. De ahí vengo yo. De un universo de activistas convencidos y entregados a la causa justa.

Podría decirse que nací con todo lo necesario para ser una líder de masas, sin embargo, no soy feliz en la plaza llena. Quisiera tener en mis entrañas ese impulso vital necesario para salir a la calle y gritar hasta que se me seque la garganta. Me gustaría tener la valentía que se requiere para enfrentarse a la autoridad violenta, ser rápida para correr y llegar a casa con la satisfacción de estar haciendo algo útil para el mundo. Pero lo cierto es que no nací con la templanza que se requiere para pelear en nombre de los demás.

El activismo y la militancia exigen convencimiento y dedicación total a la causa. Sé que la causa ocupa el pensamiento y el sentir del militante de día y de noche, y también sé que gracias al activismo se rompen estructuras de opresión, el mundo se mueve y la historia cambia, pero yo me ahogo bajo la pertenencia a un partido y en las reuniones donde se planifican más reuniones pierdo la paciencia.

No me gustan las multitudes y le tengo pavor al entusiasmo colectivo porque temo al fervor que impide el análisis y anula la individualidad; aunque me conmueve profundamente el deseo de cambiar el mundo con ese convencimiento que enamoró a mis padres. Defender una causa justa con las metas claras es para mí admirable, y más si se hace en un país como Colombia donde el activismo se considera una actividad criminal.

Hace casi veinte años vine a España con la idea de convertirme en corresponsal de guerra, como Oriana Fallaci, aunque yo misma sabía que aquel sueño era una falacia, pero pensaba que era lo que me correspondía a juzgar por el cuadro familiar. Me ha costado mucho aprender a no castigarme porque lo mío no es la calle, ni la pancarta, ni el micrófono para animar a nadie.

Mi activismo es el de la palabra, porque siento que es lo único que realmente puedo defender y por lo que de verdad puedo ser responsable. Eso, y el trabajo permanente de ser madre, que a muchos les parece poca cosa, pero créanme que educar a un niño para que el día de mañana sea un buen ser humano exige militancia permanente y principios incorruptibles.

El activismo y la militancia exigen convencimiento y dedicación total a la causa. Sé que la causa ocupa el pensamiento y el sentir del militante de día y de noche, y también sé que gracias al activismo se rompen estructuras de opresión, el mundo se mueve y la historia cambia, pero yo me ahogo bajo la pertenencia a un partido y en las reuniones donde se planifican más reuniones pierdo la paciencia. Creo que para que el mundo cambie realmente hay que quemarlo todo. Aunque a mí nunca me verán rompiendo vidrios ni en las barricadas, porque hay que tener la piel curtida para enfrentarse al fuego.

No digo que sea inútil salir a protestar, por el contrario, de nos ser por todas esas personas que salen a la calle a reclamar por todos los que no somos capaces de llenar la plaza, no tendríamos muchos de los derechos que hoy en día tenemos. Realmente me cautiva esa capacidad de mantenerse firme frente a todas las adversidades que hay en el camino de la buena causa; y admiro la rabia y la dignidad con la que se enfrentan miles de personas cuando salen a la calle a gritar en contra de las injusticias que nos tocan a todos.

Tal vez tengo una visión demasiado romántica del activismo o quizá simplemente está dulcemente contaminada por el relato familiar, pero en estos tiempos me empalaga el activismo de escritorio y creo que lo único que puedo hacer realmente útil es procurar un mundo mejor desde mis acciones individuales. Seguramente si me sumara a la movilización colectiva aportaría más de lo que puedo aportar desde mi militancia doméstica, pero me cuesta enfrentarme a mis contradicciones y a las de los demás.

En algún momento pensé que la cuarentena obligatoria sería la clave para remover conciencias en medio de la quietud y nos impulsaría a activarnos para hacer del mundo un lugar mejor. Necia y romántica pensé que tal vez al salir a la calle nuevamente podríamos tener otra actitud, pero las mascarillas tiradas en el suelo como hojas secas en otoño me confirman que no es así. Seguimos siendo los mismos. Ojalá quienes salen a la plaza no dejen de hacerlo nunca, porque sin los activistas que se atreven a salir a la calle para derribar símbolos y estructuras opresoras el mundo sería todavía más horrible. Desde aquí les doy las gracias, siempre.  

Erika Antequera

Periodista

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