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Covid-19: ¿Crisis, transición o apocalipsis zombi?

La pandemia también tiene características de ataque zombi. El zombi es un ser humano que se transforma y se convierte en un peligro para los demás, pero ese ser humano puede ser tu vecino, tu pareja, tus hijos, los médicos, los venezolanos, los musulmanes, los pobres, los negros. La esquizofrenia de la asepsia también nos puede llevar a escenarios tenebrosos.

Diego Marín Ríos

No hay normalidad a la cual regresar, es una estupidez querer regresar a lo mismo. Además, será imposible hacerlo, esto es un cambio sistémico, concluimos Andrea y yo mientras desayunábamos y recordábamos aquel viaje a Asia, contemplando nostálgicos la pintura que recrea una escena típica del centro de Hong Kong. La llovizna infaltable y el filtro azul de las luces de neón, que diluye la diferencia entre el día y la noche en los ojos de los transeúntes, nos reafirmaba desde la pared de nuestra cocina, que el turismo siempre había estado entre las primeras cosas a desaparecer con el avance de la crisis climática y civilizatoria global. Era el primer domingo de cuarentena y apenas despabilábamos luego del golpe de mano dado por el coronavirus.

En Noruega se siente una transición más que una crisis. A diferencia de América Latina, donde el presidente -usualmente un hombre blanco- asume el control de la situación con cierto aire autoritario, en Noruega es el Estado y no el gobierno quien orienta sobre la pandemia. El protagonismo lo tienen las instituciones y los científicos. Son ellos los que dan las recomendaciones a la población. Nasjonal Dugnad (Minga Nacional) es la nominación que los noruegos le han dado a este momento critico. En Noruega nadie declaró la guerra a organismos microscópicos. La primera ministra y los políticos se han encargado de ajustar la economía y la sociedad de acuerdo a la nueva realidad.

Esta vez es un virus y no Eva, quien tiene el mérito de «habernos liberado del paraíso» neoliberal, el problema sigue siendo que muchos desean volver a él, a la normalidad que ha causado este desastre.

La pandemia abre camino hacia un cambio en la hegemonía global. Alain Touraine lo advirtió desde su confinamiento: «Estamos en una transición brutal que no ha sido preparada ni pensada». Estados Unidos, Reino Unido, España, Francia e Italia naufragaron. La solidaridad no fue la alternativa. Impotentes, vimos como el presidente serbio, con lagrimas en los ojos, declaraba ante los medios el fin de la Unión Europea y anunciaba al mundo que el futuro de los Balcanes ahora dependía de China.

El Gobierno noruego, conservador, también cerró fronteras. La única prioridad en el exterior fue traer de vuelta a aquellos ciudadanos que quisieran regresar a su patria. La primera ministra, como ha ocurrido en otros países, recibió poderes especiales. Por primera vez en mis 12 años de residencia en este país hubo advertencias en las noticias sobre el peligro que corría la Constitución. Hoy en Noruega se vive bajo las medidas más restrictivas a los derechos y libertades individuales que se hayan impuesto desde la Segunda Guerra Mundial.

Boaventura de Souza afirma que las soluciones políticas provienen, principalmente, del campo autoritario debido al enorme déficit democrático que ha generado el capitalismo neoliberal. Byung-Chul Han lo explica mejor cuando compara a Europa y sus medidas de cierre de fronteras con la sofisticación tecnológica de China, Taiwán, Corea y Japón. La barbarie de los europeos contra la civilización asiática. Esa biopolítica digital que controla activamente a la población es el tipo de modelo autoritario que mejor se vende en la era de la inteligencia artificial y el Big-Data, donde la esfera de lo privado tiende a desaparecer.

Centro de Oslo, viernes 17.04.20 Foto: Andrea R. Stangeland.

En toda Noruega comenzó una transición. Los alumnos empacaron sus tabletas electrónicas y las llevaron a casa en sus morrales. No se perdió ni un solo día de clases en los colegios y universidades. Sin alboroto los hogares se transformaron en aulas y oficinas. No son tiempos donde todo lo solido se desvanece en el aire, vivimos más bien en una realidad líquida, que se amolda a la nueva fase del capitalismo ultraindividualista y digital. La transición está en marcha. Según el propio comisario europeo de Mercado Interior, Thierry Breton, «Nadie sabe cómo saldremos [de la crisis], pero se escribirá un nuevo mundo basado en otras reglas». Los países lo pensarán dos veces antes de depender de importaciones de bienes y productos estratégicos, y ahora algo tan simple como mascarillas o desinfectantes son estratégicos. Habrá cambios telúricos en nuestro modo de vivir y producir. Para algunos analistas estamos al borde de un salto tecnológico equivalente a 15 años, que ocurrirá en el curso de semanas.

El problema para países como Colombia es que, sin haber alcanzado a consolidarse como una democracia liberal aceptable, sin un aparato productivo moderno y plagado de desigualdades, no tendrán como adaptarse a la nueva fase. Ahí es donde el COVID-19 se vive como una crisis, cuando se decretan confinamientos a sabiendas de que la mayoría de la población de estos países depende de la economía del rebusque, malviviendo en los límites del neoliberalismo y padeciendo sus contradicciones. Ese neoliberalismo que ha olvidado los dos pilares de la dignidad humana: la salud y la educación, como lo manifiesta el filósofo Nuccio Ordine.

Al salir de mi apartamento por primera vez, luego de una semana de encierro, sentí miedo al verme sobre un andén del centro de una ciudad que de repente había cambiado. Pensé, entonces, sobre la incertidumbre que acompaña a los colombianos que salen de sus casas por la mañana. Hay tantos peligros en las calles de Colombia que es una suerte volver sano a casa. Esa sensación nos ha alcanzado en Oslo, también cambiamos de andén al ver a otro transeúnte que viene en sentido contrario. La pandemia también tiene características de ataque zombi. El zombi es un ser humano que se transforma y se convierte en un peligro para los demás, pero ese ser humano puede ser tu vecino, tu pareja, tus hijos, los médicos, los venezolanos, los musulmanes, los pobres, los negros. La esquizofrenia de la asepsia también nos puede llevar a escenarios tenebrosos.

Al observar a los países europeos entrar en la lógica del «sálvese quien pueda», cerrando fronteras, se amontonaron en mi cabeza los nombres de las películas y series sobre futuros distópicos. ¡Qué privilegio! somos la primera generación humana en vivir su propia visión de futuro. Todo está filmado. Me alarma pensar que la enorme desigualdad y la pandemia puedan llevar a los países del Sur global hacia esos futuros distópicos. Me alarma, aún más, pensar en la situación de muchas poblaciones rurales y barrios colombianos en manos del hambre, de fanáticos religiosos y de bandas criminales.

En el tercer domingo de confinamiento, mientras Andrea y yo limpiábamos los radiadores de la calefacción con dos cepillos de dientes, recordé a Ocupaciones raras, los relatos de Cortázar. Mi favorito es la Pérdida y recuperación del pelo. Lo único que nos diferencia de sus protagonistas, que tiraban un pelo por el lavabo para intentar recuperarlo y así «luchar contra el pragmatismo y la horrible tendencia a la consecución de fines útiles», es que nosotros usaremos máscaras de oxígeno para ir al supermercado, no para buscar el pelo en las cloacas.

Maestro Estanislao, esta vez es un virus y no Eva, quien tiene el mérito de «habernos liberado del paraíso» neoliberal, el problema sigue siendo que muchos desean volver a él, a la normalidad que ha causado este desastre. Es momento de actuar, de pensar, de compartir. Es tiempo fértil para acciones audaces y argumentos contundentes. Es la hora del «decrecimiento» (degrowth) y de la «adaptación profunda» (deep adaptation) en la era del antropoceno. En momentos donde el futuro de la humanidad, tal y como la conocemos, se cuenta en décadas y sobran dedos de las manos para hacerlo, lo que nos definirá como seres humanos no es tanto si logramos parar el desastre, si no si contribuimos a la hecatombe, al no cambiar nuestra forma de coexistir sobre el planeta tierra.

Diego Marín Ríos

Desde la popa del Titanic. Historiador colombiano residente en Noruega.

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