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La sedición del espíritu

El arte, que hemos tenido tan cerca y tan lejos durante estos días, se presenta como un oasis en medio del desierto de la incertidumbre y el desasosiego, y hasta ahí todo bien, lo preocupante está en que se quede en el ámbito del consuelo y el entretenimiento.

Erika Antequera
Foto de Najib Kalil en Unsplash

Foto de Najib Kalil en Unsplash

“La palabra asusta al poder”, dice JC, protagonista de Salvar el fuego, el libro ganador del premio Alfaguara 2020, escrito por Guillermo Arriaga.

La frase alude a la situación que viven los presos en una cárcel mexicana, que ven cómo el proyecto del taller de escritura para que cuenten sus historias se viene abajo (solo por un momento) debido a la negativa del director de la cárcel. JC lee en voz alta a los demás reos y sus palabras surten el efecto deseado. Cada texto del sicario provoca preguntas entre los convictos, despierta sus ansias de libertad y las autoridades carcelarias intuyen la sedición y un posible motín.

Todavía no he llegado al final de la historia, pero la construcción de una biblioteca con auditorio para espectáculos y sala de proyección cinematográfica, es una de las fuentes de conflicto de la novela; lo que me lleva a pensar que indiscutiblemente cuando los artistas se expresan sacuden los cimientos de la cultura que los envuelve. 

La cultura es un concepto amplio. Comprende un conjunto de costumbres, valores, creencias y códigos de relación y comunicación de un pueblo. También es vestimenta, ritual, variedad, amplitud, identidad, pero no uniformidad. Es todo aquello que cultiva el espíritu humano. Un pueblo sin cultura no es nada, es indefinible.

En una conferencia que vi en Internet sobre Cultura y Desarrollo Sostenible, Martinell también señala que no es posible cumplir con los objetivos de la Agenda 2030 de Naciones Unidas si en ese plan no hay un objetivo específico diseñado para la cultura.

La cultura vive de la mano del arte, que expresa y trasgrede la conciencia del ser humano. Y el arte está directamente ligado a las revoluciones porque formula preguntas, genera expectativas y desarrolla experiencias vitales. Agita el pensamiento, conmueve y transforma el sentimiento. El arte fomenta la crítica y el cuestionamiento en la sociedad. Sirve para afianzar la cultura y también para romperla.

Arte y cultura son aquello que nos distingue de otras especies. Los elefantes tienen una memoria poderosa, pero no se pasan la vida obsesionados con lo que ha ocurrido en el pasado para contarlo por escrito. Los pájaros cantan, pero no componen canciones. Las plantas tienen su propia danza, se reproducen a través de ella, pero no planifican la seducción del movimiento. El camuflaje sirve al camaleón para mimetizarse con los colores más hermosos de la paleta natural, pero solo el ser humano vive el placer de transformarse a través del disfraz.

“La cultura tiene una función de capital humano como medio de obtener poder y reconocimiento social y político. Las actividades culturales influyen en la capacidad de la gente para afrontar los retos de la vida cotidiana y para reaccionar ante los cambios repentinos en su ambiente físico y social”, cita Alfons Martinell, director honorífico de la Cátedra Unesco: «Políticas Culturales y Cooperación» de la Universidad de Girona, en el libro Cultura y Desarrollo. Un compromiso para la libertad y el bienestar.

En una conferencia que vi en Internet sobre Cultura y Desarrollo Sostenible, Martinell también señala que no es posible cumplir con los objetivos de la Agenda 2030 de Naciones Unidas si en ese plan no hay un objetivo específico diseñado para la cultura.

El catedrático cuestiona a quienes toman las decisiones en la planificación de los Objetivos del Desarrollo Sostenible (ODS) al señalar la resistencia de muchos países a incorporar referencias a la cultura en objetivos internacionales. También destaca que la relación entre desarrollo y pobreza ha generado una mentalidad asistencialista cargada de prejuicios y resistencias, al relacionar las expresiones culturales con lo solemne y lujoso, y por ende prescindible frente a otras necesidades más básicas allí donde la cultura proporciona sentido de pertenencia.

Durante este largo confinamiento millones de personas hemos asistido a conciertos, obras de teatro y visitas virtuales a museos desde la pantalla del teléfono móvil; y corren ríos de tinta sobre el beneficio que esto supone para mantener el ánimo durante la cuarentena. El arte, que hemos tenido tan cerca y tan lejos durante estos días, se presenta como un oasis en medio del desierto de la incertidumbre y el desasosiego, y hasta ahí todo bien, lo preocupante está en que se quede en el ámbito del consuelo y el entretenimiento.

El arte debe cumplir un papel que vaya más allá de conmovernos. Tiene que impulsarnos a revisar y cuestionar nuestras costumbres ancestrales y a observar aquellas que estamos convirtiendo en nuevas. Me preocupa que, al buscar un lugar entre los objetivos internacionales, arte y cultura se reduzcan a cumplir con el mandato de aquellos que dictan las prioridades de los pueblos y que, en su afán por servir a la causa, dejen de cuestionar el innegable y vertiginoso cambio que estamos viviendo y deje de escupir lo que se atora en la garganta de la sociedad.

Ahora tenemos cultura a la carta, vemos lo que queremos y creemos lo que queremos creer. Nunca antes habíamos sido tan libres para elegir, pero moriremos engañados si pensamos que gracias a la pantalla, arte y cultura están al alcance de todos. Error. Page not found. Estamos presos en nuestra propia libertad. Internet es muy útil, pero también es muy excluyente, y mucho me temo que la virtualidad en sí misma nos sirva para afrontar los retos de la vida cotidiana y para reaccionar ante los cambios repentinos del ambiente como dice Martinell. Ojo, que si no hay espacio real para el arte y la cultura, la sedición del espíritu se queda encerrada detrás de los barrotes. 

Recomendación: el libro ganador del Premio de Ensayo Isabel Polanco en 2011 El puño invisible. Arte, revolución y un siglo de cambios culturales, escrito por Carlos Granés.

Erika Antequera

Periodista

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