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La Minga y el Cauca

La Minga se ha movilizado y ha hablado. La Minga acaba de darle un golpe de legitimidad social y política a un gobernante que corrió asustado a refugiarse en sus fuerzas armadas y la burocracia, demostrando que le teme al pueblo y que no puede ni siquiera dialogar con él.

Fernando Dorado
La Minga

La Minga. Imagen de Andrés Tintinago

La Minga, el movimiento social liderado por los indígenas caucanos que acaba de colocar un punto alto en la lucha política colombiana, es un fenómeno social, político y cultural que solo se puede entender conociendo los antecedentes de la región de donde surge: el Cauca. 

Este departamento es de una complejidad que solo se puede asimilar a Bolivia. El concepto de “formación social abigarrada”, construido por René Zabaleta para el país andino, es todavía más preciso para definir a esta región del suroccidente colombiano. En pocas líneas trataré de describirla. 

La Minga Social y Comunitaria del suroccidente colombiano logró dar un salto de calidad para bien de esta nación.

Desde el punto de vista geográfico la característica más relevante de esta región consiste en que está dividida en dos subregiones claramente diferenciadas: una, la andina, constituida por las cordilleras central y occidental que la atraviesan de norte a sur; en medio de las cuales existen tres valles en donde se asienta la mayoría de la población: el Valle de Pubenza (Popayán), el Valle Geográfico del Río Cauca (a partir de Santander de Quilichao) y el Valle del Patía (semidesértico pero muy estratégico). 

Allí está ubicado el sistema montañoso conocido como Macizo Colombiano en donde nacen los cinco ríos más importantes del país, entre ellos el río Cauca y el río Patía, que atraviesan el suroccidente colombiano y en gran medida lo determinan.  

Desde el punto de vista histórico, la más importante peculiaridad del Cauca consiste en que las áreas estratégicas de esta región fueron conquistadas y colonizadas por fuerzas españolas que hacían parte del ejército de los hermanos Pizarro (Francisco y Gonzalo), que derrotaron a los incas en Cajamarca, se apoderaron de Cuzco y, aprovechando la división y enfrentamiento entre los hermanos Atahualpa y Huáscar, muy rápidamente lograron dominar y controlar el imperio incaico, estableciendo para ello una alianza con los principales caciques aymará-quechuas a quienes les interesaba mantener su poder. 

Lo más interesante de todo este “abigarrado” panorama es que la lucha por el territorio nunca terminó. Fuimos colonizados por los europeos pero los pueblos indígenas, especialmente nasas y guambianos, nunca renunciaron a ser ellos mismos.

Es por ello que este territorio de la actual Colombia está habitado en su gran mayoría por herederos de pueblos “yanaconas”, término con el que identificaron los cronistas españoles a los numerosos y diversos contingentes de comunidades indígenas que fueron reclutadas en Perú y Ecuador durante las jornadas de conquista y avanzada hacia el norte como parte de la gesta conquistadora que encabezó inicialmente el extremeño Sebastián de Belalcázar, pero que fue continuada en las siguientes décadas (desde 1536) por otros conquistadores y colonizadores españoles. 

Debemos recordar que el pasado 16 de septiembre la estatua de ese “conquistador español” fue derribada por el pueblo Misak (guambiano) de un pedestal que le construyeron sus herederos payaneses sobre una especie de pirámide indígena (cerro o morro de Tulcán) ubicada en Popayán. Fue un acto simbólico que antecedió a La Minga y envió un mensaje muy claro a las castas coloniales que todavía se encuentran enquistadas en nuestra sociedad.

Desde el punto de vista étnico es importante señalar que la región está poblada por los pueblos indígenas nativos que se resistieron a la invasión (guambianos o misak, nasas, totoróes, coconucos, etc.), que fueron empujados y desplazados hacia las montañas; principalmente de la cordillera central en el Cauca; por descendientes de los esclavos africanos que se ubicaron en cercanías a las minas o ríos ricos en oro; tanto en el norte del Cauca, como en el valle del Patía y toda la Costa Pacífica del actual departamento, con algunos núcleos dispersos de acuerdo a las necesidades de los colonizadores (Itaibe en el municipio de Páez); y finalmente, el grueso de los herederos españoles y “yanaconas”, se ubicaron en el territorio central, que hoy se puede definir como la región atravesada por la carretera panamericana en un rango de 25 a 30 kms de lado y lado. En algunas ciudades como Popayán quedan escasas familias herederas de la aristocracia señorial y terrateniente de la época colonial, con sus tradiciones, prejuicios, apellidos y abolengos de vieja data.

La Minga logró mostrar que en Colombia se puede potenciar la lucha social a los niveles que la han llevado los pueblos de Bolivia, Ecuador y Chile. 

Lo más interesante de todo este “abigarrado” panorama es que la lucha por el territorio nunca terminó. Fuimos colonizados por los europeos pero los pueblos indígenas, especialmente nasas y guambianos, nunca renunciaron a ser ellos mismos. Han continuado y fortalecido el proceso de recomposición como pueblos, recuperando y reordenando el territorio usurpado por los grandes terratenientes, reconstruyendo sus culturas e identidades, y restaurando su autoridad y autonomía. Y desde hace tres décadas (1991) ese proceso ha calado entre diversos pueblos negros (“afros”) y campesinos mestizos, que con sus propias identidades y experiencias, siguen el ejemplo y el camino que les han trazado los pueblos indios.

En este año 2020, en medio de la pandemia y demás restricciones, La Minga Social y Comunitaria del suroccidente colombiano logró dar un salto de calidad para bien de esta nación. Levantó un programa de carácter político en defensa de la vida, el territorio, la paz y la democracia, y al lanzarse al encuentro con el “país nacional” con la excusa de obligar a dialogar al presidente Duque, logró mostrar que en Colombia se puede potenciar la lucha social a los niveles que la han llevado los pueblos de Bolivia, Ecuador y Chile. 

Viajaron a la capital del país, Bogotá, mostraron su organización, disciplina, valentía y alegre creatividad, dieron ejemplo de cómo se puede evitar la infiltración y la provocación policial, y dejaron un mensaje de máxima importancia a todo el pueblo colombiano: la vida, el territorio, la paz y la democracia se puede y debe defender en las calles, pero no para derrocar o revocar a un presidente (que apenas es “subpresidente” porque es un títere de Uribe y Trump), sino para elevar el nivel de conciencia de todos los colombianos, impulsar y fortalecer los procesos organizativos de base, y también prepararnos para –por primera vez– derrotar en las urnas en el 2022 a la más rancia y criminal oligarquía de América Latina. 

La Minga se ha movilizado y ha hablado. La Minga acaba de darle un golpe de legitimidad social y política a un gobernante que corrió asustado a refugiarse en sus fuerzas armadas y la burocracia, demostrando que le teme al pueblo y que no puede ni siquiera dialogar con él. La Minga vibró e hizo vibrar a nuestro pueblo. Seguiremos su camino y ejemplo.      

Fernando Dorado

Ex diputado del Cauca, analista político y activista social.

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