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Elecciones en Birmania: una repolitización en vilo

La mal llamada por la prensa occidental “revolución azafrán”, en realidad no fue ni “azafrán” ni “revolución”.

Lucas Restrepo Orrego
Birmania

Birmania. Imagen de Olivia Marié en Pixabay

“Pyidaungzu Thammada Myanma Naingngandaw” o República de la Unión de Myanmar es el nombre en lengua “bama” que desde 1989, designa al país conocido por el mundo hispanófono como Birmania. Arguyendo razones nacionalistas y anticolonialistas, la Junta Militar que gobernaba desde 1962 –en medio de un contexto de sangrienta represión contra la insurrección pacifista de 1988–decidió “birmanizar” el nombre del país, así como de la mayor parte de regiones, estados, ciudades, ríos, montañas, templos, pagodas, las calles, y de todo lo que pudiera tener un nombre “no birmano”. 

En realidad, la Junta logró imponer los códigos gramaticales y fonéticos de la lengua mayoritaria bamar o birmana, no solo sobre las denominaciones impuestas por el colono inglés, sino también sobre los nombres en lenguas karénicas, mon-jemer, shan o moken, por ejemplo. Dicha “birmanización” responde empero a una doctrina fuertemente anclada en el ejército birmano (Tatmadaw), construida durante los años de la lucha por la independencia y con fuerte influencia del imperialismo japonés, ligando nacionalismo, militarismo y xenofobia. De ello hablaremos en otra ocasión. En lo que sigue, trataremos de conservar el uso de las denominaciones comunes en lengua española.

De la indiferencia a la repolitización

Resignación e indiferencia: dos sustantivos a los que recurrieron por cerca de veinte años los expertos occidentales para describir el contexto político birmano. “Indiferencia” alentada por la liberalización económica y cultural. “Resignación” por cuanto las luchas no violentas contra la dictadura terminaron siempre en masacres y arrestos masivos. 

La sangrienta represión del movimiento insurreccional y pacifista de 1988 en Birmania, y el desconocimiento de los resultados electorales de 1990 (dando una aplastante victoria al National League for Democacy de la Nobel de paz Aung San Suu Kyi), acompañados de una feroz criminalización de toda oposición, fueron los momentos inaugurales de la reconversión liberal ultra autoritaria de la dictadura. En 1991, con las cárceles llenas de estudiantes y dirigentes del NLD, las universidades cerradas y los monjes contestatarios en el exilio, y sólo obstaculizados por un violento bloqueo económico impuesto por Estados Unidos, los militares se lanzaron a la aventura neoliberal, doblada por una militarización agresiva: el Tatmadaw pasó de 120.000 a 350.000 hombres en menos de diez años, en parte a través del recurso al reclutamiento forzado de menores.

Así las cosas, el impulso de politización de la generación del 88 terminó disipándose o simplemente desplazándose hacía el consumo de bienes ofrecidos por la novísima sociedad de libre mercado. Las imágenes del “padre de la patria” Aung San, fueron remplazadas por las de los artistas pop de moda; las banderas rojas del NLD por las de los equipos de fútbol. Los eventos de 2007 son indicadores de este proceso: la mal llamada por la prensa occidental “revolución azafrán”, en realidad no fue ni “azafrán” ni “revolución”: primero porque las túnicas de los bonzos son de color púrpura, y segundo porque los bonzos tuvieron muy poco acompañamiento real de la población (aún si el apoyo moral era incondicional).

Con buena parte de los monjes rebeldes en el exilio, remplazados en las pagodas y templos por monjes reaccionarios y nacionalistas (favorables a la hegemonía militar), Aung San Suu Kyi arrestada en su casa de Rangún, una junta militar desatada y un apoyo creciente proveniente de China y de los países de la ASEAN (Association of Southeast Asian Nation), en 2010 nadie hubiera presagiado el salto de politización del cual en 2020 somos testigos. Politización que se evidencia en la intensidad con que se ha vivido la jornada electoral del pasado 8 de noviembre, la tercera desde 1990 y tal vez la primera en la que los militares no tienen total influencia.

Ambigüedades de la lucha por la democracia

Muchos en Birmania estarán de acuerdo si decimos que la democracia apenas se asoma, tímida y sufriente. No solo por la marcada influencia que la Constitución de 2008 permite a los militares en el parlamento y en el Gobierno: el Tatmadaw puede designar directamente, sin pasar por elecciones, al 25 % de los miembros de cada cámara, además controlan de forma exclusiva el orden público, y principalmente porque la “democracia” sigue siendo asimilada simple y llanamente al voto, mientras que las experiencias asociativas viven aún los rigores de la represión. Ahora bien, con tan larga historia de dominación militar, el acto de “votar” adquiere una fuerza especial. Bajo esas circunstancias, el voto permite configurar como referentes políticos de “opinión” dos “afectos” difícilmente realizables de otra forma: la admiración casi fervorosa que despierta Aung San Suu Kyi y, en contraste, el rechazo que genera la institución militar. Si la democracia no “aparece”, es porque las instituciones y las prácticas instaladas por la dictadura se mantienen en gran medida (aun cuando las libertades ganadas desde 2012 son ostensibles). Si la democracia está en proceso de “aparición”, es porque la experiencia electoral genera dinámicas reales y potentes de politización.

A pesar de los esfuerzos de reconciliación realizados por el Gobierno de Aung San Suu Kyi, frente al enorme reto que significa la constitución de una institucionalidad “multinacional” en un país cuya institucionalidad fue edificada sobre la xenofobia, la timidez es la peor de las opciones. De otra parte, las leyes que una vez permitieron el control de la información y de la opinión pública por la dictadura siguen aún vigentes y no han dejado de aplicarse. Como lo manifiesta la joven activista de derechos humanos y lideresa de la campaña “No Vote”, Thinzar Shunlei Yi, el proceso democrático, lejos de haberse completado, además corre el riesgo de convertirse en un simple juego de apariencias, en cuyo fondo se dibuja una lucha coordinada por la hegemonía político cultural intrabamar entre el NLD y el Tatmadaw.

Insistir en tiempos de pandemia

Recientemente Birmania alcanzó el tercer lugar entre los países del ACEAN en número de contagios y muertes producidas por el COVID-19, por debajo de Indonesia (440.569 casos y 14.689 fallecidos) y Filipinas (398.449 casos y 7.657 fallecidos). El rápido crecimiento de la curva desde agosto hasta la última semana de octubre (61.975 contagiados y 1.437 muertos para el 10 de noviembre), pero sobre todo la carencia de infraestructuras sanitarias adecuadas para responder a una propagación a gran escala, empujaron al Gobierno de Naypyidó a decretar la cuarentena en buena parte del país. A partir de la última semana de octubre, dichas restricciones fueron paulatinamente levantadas con la intención de permitir la realización de la jornada electoral (excepto, como lo dijimos antes, para casi dos millones de personas ubicadas en “zonas de riesgo”).

Esta situación excepcional no impidió una nueva victoria aplastante del NLD. Según datos disponibles –sin que al momento de la redacción exista aún información definitiva– el partido de Aung San Suu Kyi habría logrado una mayoría suficiente para controlar directamente las dos cámaras, dejando en minoría al partido de los militares, el USDP (Union Solidarity and Development Party). Dicha victoria reafirma el sentimiento de rechazo casi consensual al retorno del Tatmadaw al poder. Expresa también una suerte de “pasión” que se empieza a despertar en este país, largo rato encerrado en sí mismo y sometido al arbitrario del derecho pretoriano. Pasión de “la política”, por decirlo de alguna forma, que se manifiesta en el voto depositado a favor de Madre Suu, pero también en la enorme proliferación de formaciones políticas parlamentarias y extraparlamentarias motivadas por la cuestión de la construcción de la democracia en un país multinacional.

Lucas Restrepo Orrego

Reportaje de las ideas. Docteur en philosophie y Abogado

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