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La camisa amarilla de Gabriel Nastacuaz

Las consecuencias del coloniaje saltaban a la vista: niños con los rostros pálidos, los dientes carcomidos y poco cabello sobre sus cabecitas. Un fresco del hambre. Un drama centenario.

Yezid Arteta Dávila
Arte indígena

Arte indígena. Imagen de Martin Courreges en Unsplash

Gabriel Nastacuaz era uno de los indios más respetados entre la comunidad awá-quaquier, etnia diseminada entre los ríos Blanco y Telembí. Un hombre pequeño y corvo, como la mayoría de los integrantes de su pueblo. Vivía en una casa de madera aserrada cubierta con láminas zinc. Era el mediodía cuando arribé hasta su vivienda en compañía de medio centenar de guerrilleros. Los inclementes rayos de sol se colaban por entre los desmesurados árboles de la selva. Estábamos, literalmente, bañados en sudor.  

Para llegar hasta las cabeceras del río Telembí usamos un camino de mulas. En una balsa atravesamos el fragoso y diáfano río. El torrente de agua, velocísimo, se estrellaba con rabia contra las rocas. Naufragar en esa parte del río significaba una muerte segura. El paso de una orilla a la otra nos llevó un par de horas puesto que la frágil balsa sólo resistía el peso de dos personas. Una mula que transportaba nuestras provisiones, liberada de su carga, pasó el río a nado.    

Alfonso conocía los vericuetos de aquella selva abrumadora. Un “baquiano” como se conoce en la jerga guerrillera a un guía experto.

Don Gabriel, como lo llamaban los lugareños, nos vio llegar. Nos observaba desde lo alto de su casa. Apoyaba los brazos sobre la baranda de una especie de balcón. Llevaba el torso descubierto. Curtido por los años y el trabajo a pleno sol. En su frente destacaba una huella recia. La huella que deja el canasto de bejuco en el que los awá transportan el guineo chiro, la yuca brava o la malanga. Sigan, nos dijo desde lo alto. Descargamos las mochilas e iniciamos las faenas propias de la vida rebelde y trashumante: postas de guardia, acarreo de leña, preparación de alimentos e instalación de las tiendas de campaña en el monte que rodeaba el rancho. 

En el crepúsculo me senté con don Gabriel al pie de un fogón de piedra. Tenía curiosidad sobre su vida. Empezó a platicar en un lenguaje que entremezclaba el castellano con su lengua nativa. Me habló de sus antepasados. Iba hilvanando una historia sobre otra mientras fumaba. Fumaba cigarrillos Pielroja. Yo solo escuchaba. Me llamó la atención su manera de encender el cigarrillo y fumarlo. Tomaba un papelito y lo encendía con una cerilla. Con la llama del papelito encendía el cigarrillo por el lado contrario al del indio pielroja estampado en el papel. Entre bocanadas de humo se fijaba en la efigie del indio pielroja. Apagaba el cigarrillo contra el suelo antes de que la candela consumiera el logo. Pernoctamos allí y al día siguiente negociamos un cerdo con él.

Alfonso Pai era el sobrino de don Gabriel. Vivía en el mismo rancho y ayudaba a su tío en los quehaceres cotidianos. Era más alto que el promedio de la etnia. Escuálido de carnes. Miraba como un ratón. Era joven y eso lo hacía contemporizar con los guerrilleros. Platicaba y se reía con ellos. Alfonso conocía los vericuetos de aquella selva abrumadora. Un “baquiano” como se conoce en la jerga guerrillera a un guía experto. Conocía los secretos del monte y sabía colocar trampas para cazar ratones de monte, uno de las presas predilectas de los awá. Había en él algo de aventurero. Ese espíritu aventurero lo llevó hasta las filas de la guerrilla.

A unos minutos del rancho de don Gabriel Nastacuaz vivía una pareja formada por un negro y una india awá. Él, nos dijo don Gabriel, les puede vender panela. Con las indicaciones que nos dio Alfonso Pai me dirigí con un puñado de hombres hasta el rancho de la pareja. En medio de la espesura nos topamos con un bohío levantado con horcones, travesaños rústicos y cubierto con palma de iraca. En el centro del bohío observamos un trapiche cuyos mejores tiempos habían pasado. Unos metros más allá estaba el rancho. Divisamos tres niños mulatos y un cuarteto de perros que ladraban y aullaban como si estuvieran asediando a una presa. El dueño apareció de la nada. Se trataba un hombre regordete que iba descalzo y llevaba un machete en la mano. Sabía que la guerrilla andaba por esos montes y nos recibió con una sonrisa que podía ser real o fingida. Su cara negrísima contrastaba con sus dientes blanquísimos. Sus pies parecían las patas de un elefante. Nací descalzó y moriré descalzo, dijo a guisa de saludo.  

Cinco meses después el recuerdo de los awá quedó atrás. Acampábamos sobre una extensa explanada que bautizamos como “campamento de la abuela”, puesto que en el lugar solo vivía una anciana con su perro.

Arreglamos con el hombre la hechura de unas panelas. Corten unas cañas mientras voy por el buey, nos dijo. Los niños nos miraban con recelo. Cortamos y juntamos un fajo de cañas. El negro volvió con un buey. Lo traía de cabestro con una soga. Le vimos uncir el yugo a la cabezota del buey con la delicadeza que una madre viste a su hijo pequeño. El rumiante sacudía la cabeza con una ternura que ni siquiera la habíamos visto entre los humanos y menos entre nosotros. En poco rato el jugo de la caña vertía por el canalón del trapiche. La india, como una estatua de barro, nos observaba desde lo alto del rancho. Volvimos a la casa de don Gabriel Nastacuaz. Los rancheros habían preparado “bala”, una pelota hecha con guineo macerado que asemeja a la bala de un cañón. Bala, sal y agua era el menú habitual de los awá-quaquier. Las consecuencias del coloniaje saltaban a la vista: niños con los rostros pálidos, los dientes carcomidos y poco cabello sobre sus cabecitas. Un fresco del hambre. Un drama centenario.    

Cinco meses después el recuerdo de los awá quedó atrás. Acampábamos sobre una extensa explanada que bautizamos como “campamento de la abuela”, puesto que en el lugar solo vivía una anciana con su perro. Una noche el relevante de turno me despertó con una frase dicha a modo de susurro: camarada, llegó Alfonso. Medio despierto le pregunté que si era Alfonso el arriero. No, me respondió, es Alfonso el sobrino de don Gabriel. Me pareció extraño que a medianoche apareciera Alfonso Pai en nuestro campamento que estaba a dos jornadas de su casa. 

El aspecto de Alfonso Pai era deplorable. El rostro demacrado. Traía una linterna en la mano. Se murió mi tío Gabrielito, fue su saludo. ¿Qué?, expresé con asombro. Resbaló y cayó desde el segundo piso, me explico. Don Gabriel, para su mala fortuna, se tronchó la nuca al caer. Pensé que había algún problema con relación a la tierra que dejaba don Gabriel, pero estaba equivocado. Alfonso sólo vino hasta nosotros para que le ayudáramos a reclamar para él una camisa amarilla que pertenecía a su tío. Si ustedes me ayudan a conseguir esa camisa, me explicó, yo pagaré una misa para que mi tío Gabrielito se ponga contento. Alfonso Pai no pudo disfrutar a plenitud de la camisa amarilla de su tío Gabriel Nastacuaz porque semanas después moriría en una escaramuza con el ejército en las faldas del volcán Cumbal.

Yezid Arteta Dávila

Escritor y analista político. Blog: En el puente: a las seis es la cita.

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