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Educación del futuro y ciudadanía global

No es posible una escuela sin el rostro de los otros y, por tanto, el confinamiento nos exige estar atentos a cada uno de los miembros de esa gran familia que la constituye; lo contrario es un mensaje de indiferencia que deja a su albedrío o acrecienta el desamparo a la población más vulnerable.

Rubén Darío Cárdenas
Educación para el futuro

Educación para el futuro. Imagen de Gerhard G. en Pixabay

“(…) La cercanía con la presencia humana nos sacude, nos alienta, comprendemos que es el otro el que siempre nos salva. Y si hemos llegado a la edad que tenemos es porque otros nos han ido salvando la vida, incesantemente”.

Ernesto Sábato

La pandemia ha metido en una encrucijada al sistema educativo, lo ha puesto a prueba, ha sacado a flote sus vacíos y empuja la urgencia de revolucionar todos los elementos que entrecruzan la acción educativa. Considero, sin embargo, que lo más importante que se ha puesto en juego en este momento son tres aspectos cruciales: la capacidad de la escuela para mantener la comunicación con los estudiantes y padres de familia; la capacidad para reinventarse con didácticas ajustadas a las dinámicas de la educación virtual; y la transformación que exigen las nuevas generaciones para insertarse en la vida como ciudadanos globales.

Nuestros estudiantes de escuelas oficiales se desmotivan con las actividades descontextualizadas, con los talleres por llenar y llenar, con las tareas sin un propósito claro y con todo aquello que sólo signifique tenerlos ocupados.

Antes de abordar el primer aspecto-la comunicación de la escuela con los estudiantes-, hago referencia al paradigma relacional como eje central en los aprendizajes. Esto quiere decir que, sin buenas relaciones, sin vínculos sanos, sin ética del cuidado es imposible garantizar el milagro educativo; el maestro sabe de la importancia de conectar la emoción, la didáctica y el área disciplinar; ese vínculo armoniza y define la efectividad de su labor.

La capacidad de la escuela para mantener la comunicación.

Lo que ha impedido la comunicación durante estos ocho meses de pandemia, en el sector público, responde a tres aspectos: uno, la ausencia de conectividad; dos, la carencia de dispositivos tales como “tablets”, computadores, “smartphone», etcétera; y tres, los conocimientos que permiten sacar provecho de la tecnología para hacer de ella una herramienta efectiva para la educación.

Para el 14 de agosto de este año, el periódico El Tiempo anunciaba que “a unos 13.000 estudiantes de colegios oficiales se les perdió el rastro, pues no aparecen en las clases virtuales ni sus padres volvieron a recoger las guías académicas que los docentes preparaban”. En la antesala del cierre de año escolar –calendario A-, las Secretarías de Educación lanzan la voz de alarma por las altas cifras de deserción escolar. Si están matriculados, ¿qué está pasando?, ¿por qué no aparecen en las clases virtuales?

Entendemos las problemáticas de conectividad, pero pensemos en otro aspecto que pueda estar incidiendo: la falta de motivación o de interés de los aprendientes. Las propuestas educativas no logran engancharlos, quizás hemos abusado en la multiplicación de talleres y de tareas sin la mediación “física” del docente, quizás no se ha cuidado suficientemente el vínculo que le da verdadero sentido al acto educativo. Esto último es lo más delicado, es lo que más requiere del tacto de los educadores. Si no hay visibilización de los estudiantes ni de los docentes, si no hay espacio para el diálogo, para hablar de lo que pasa por sus vidas, para tejer la confianza como soporte de afecto a la labor que realizan, difícilmente, un estudiante se sentirá atraído por sus propuestas.

La conectividad, per se, no es el remedio para todos los males; es lo que hacemos con ella, la manera como llegamos a sus casas y todo lo que nos inventamos para que nuestras propuestas estén a tono con sus intereses, con los contextos de los territorios y con las visiones de mundo a las que apostamos.

He insistido siempre en que debe cuidarse lo transversal en el acto educativo: el encuentro con los otros, la simplicidad y trascendencia de las relaciones entre padres, y de éstos con sus maestros. Sin un clima de empatía, es imposible generar efectos de transformación en nuestros educandos. En la educación virtual y en situación de aislamiento, esto adquiere mayor trascendencia: debemos hacer sentir a nuestros estudiantes que nos importa lo que ocurre en sus vidas y que queremos seguir haciendo parte de sus procesos de formación; esto sólo se logra por medio de la conversación y del ambiente de confianza que propicie el docente.

La conectividad, per se, no es el remedio para todos los males; es lo que hacemos con ella, la manera como llegamos a sus casas y todo lo que nos inventamos para que nuestras propuestas estén a tono con sus intereses, con los contextos de los territorios y con las visiones de mundo a las que apostamos. No es posible una escuela sin el rostro de los otros y, por tanto, el confinamiento nos exige estar atentos a cada uno de los miembros de esa gran familia que la constituye; lo contrario es un mensaje de indiferencia que deja a su albedrío o acrecienta el desamparo a la población más vulnerable.

La adecuación de las didácticas

Mantener la sintonía con nuestros estudiantes pasa por el segundo aspecto medular: la adecuación de didácticas a las dinámicas propias de la educación virtual. Ello incluye el conocimiento y el manejo de plataformas digitales que pueden hacer más fructífera nuestra labor, pero que también exige cambios en el quehacer de los docentes, en sus estrategias de clase, en su forma de planearlas y ejecutarlas. Como lo había expresado, nuestros estudiantes de escuelas oficiales se desmotivan con las actividades descontextualizadas, con los talleres por llenar y llenar, con las tareas sin un propósito claro y con todo aquello que sólo signifique tenerlos ocupados. ¿Dónde quedan la voz de los estudiantes, sus puntos de vista, sus expresiones de sorpresa, de risa o de curiosidad frente al conocimiento?, ¿en qué momento tendrá lugar la voz inquietante, inquisitiva o retadora del maestro? Muy buenos los tutoriales, los videos, los juegos de palabras, los juegos matemáticos, las ayudas para hacer líneas de tiempo, las plataformas para ubicar cualquier lugar del mundo, los juegos de cultura general, el compartir de experiencias pedagógicas exitosas que abundan en la “web” y en los repositorios de distintos países del mundo, pero esto de nada sirve si nuestros estudiantes no le encuentran conexión con preguntas orientadoras relacionadas con la realidad y con los contextos de sus comunidades. Todo esto requiere la pausa de la charla, de la escucha, de la posibilidad de que se ventilen distintas percepciones y se mantenga el contacto sano del diálogo y la discusión. Son estos rituales los que restablecen el cuidado de lo humano, sentido último de la escuela.

Estar instalados en la educación virtual, sentir sus ventajas y vislumbrar sus carencias, nos lleva a no renunciar jamás a la construcción de comunidades de aprendizaje.

En algunas instituciones educativas -no en la generalidad, infortunadamente- los directivos y maestros se preocupan por mantener una buena comunicación con las familias y con los estudiantes; si estos “no aparecen”, se toman el trabajo de llamar o de enviar correos electrónicos para averiguar sobre lo que sucede con  ellos. Esto compromete a las familias porque sienten el vínculo afectivo con su comunidad educativa y siempre se logra el efecto: el estudiante retorna a sus clases. Esa actitud de tejer comunidad es en la que más debemos perseverar, porque apunta a resignificar el lugar de la escuela como espacio del encuentro y del estar juntos para emprender proyectos de vida.

Estar instalados en la educación virtual, sentir sus ventajas y vislumbrar sus carencias, nos lleva a no renunciar jamás a la construcción de comunidades de aprendizaje, pero seguirlo haciendo bajo el reto de construir las nuevas ciudadanías del futuro. Estoy hablando del compromiso con la formación de ciudadanos planetarios que se mueven y viven en el mundo digital, pero que deben estar impregnados de una ética de corresponsabilidad por el cuidado de la vida en todas sus formas y por la prevalencia de los intereses comunes por encima de los intereses particulares.

Multilingüismo y ODS

Esencial para insertarse en dicha ciudadanía planetaria es trabajar el multilingüismo. Hablar y entender otra lengua potencia la capacidad de conocer culturas, de las problemáticas que tienen en otras latitudes y las respuestas que han encontrado. En esta tarea, el uso de herramientas de la virtualidad resulta clave e imprescindible.

Asumiendo la responsabilidad en el cuidado de la casa común, donde se desarrollan las historias humanas, nuestro planeta, como país estamos comprometidos con alcanzar los denominados ODS (Objetivos de Desarrollo Sostenible). ODS que abarcan todas las esferas de la vida humana: temas como acceso al  agua, educación, el hambre, la no discriminación a la mujer, trabajo, paz y justicia, desigualdad… Enfocar la educación a que se entienda que todas estas esferas de actividad como sociedad nos tocan, nos afectan, y, que al mismo tiempo, las acciones, en cualquier lugar de la geografía terrestre, tienen repercusiones en todo el globo, es muy importante para formar ciudadanos planetarios responsables.

Escuela sin fronteras

Existe una movilidad de la matrícula por estos tiempos; muchos citadinos se han ido a vivir al campo y cantidades de estudiantes buscan instituciones para su formación aun en otros países. Esto supone nuevos retos para la escuela: no sólo entra a participar del “achicamiento” del mundo, de los diálogos interculturales, sino que se convierte en validadora de ciertos saberes y competencias que permitirán a las personas seguir con sus estudios o carreras en cualquier lugar del mundo. Razón de más para que la escuela se fortalezca en aquello que planteara Edgar Morin hace tantos años, sintetizado por María Fernanda González: “Construir un pensamiento complejo que acepte las diferencias, reconocer las múltiples facetas del hombre, tener una conciencia de la diversidad humana, afianzar la identidad planetaria, afrontar las incertidumbres, interiorizar la comprensión del otro y de la ética”. Ésta última implica, como lo anticipara Ernesto Sábato, no dejarse aislar por el mundo digital, por el consumismo y el individualismo que estimulan los medios de comunicación:

Pero si no nos dejamos tocar por lo que nos rodea no podremos ser solidarios con nada ni nadie, seremos esa expresión escalofriante con que se nombra al ser humano de este tiempo, ‘átomo cápsula’, ese individuo que crea a su alrededor otras tantas cápsulas en las que se encierra, en su departamento funcional, en la parte limitada del trabajo a su cargo, en los horarios de su agenda”.

Esta apuesta ética exige un continuo diálogo entre culturas y épocas -que sólo puede darse en la escuela-, que permite volver, una y otra vez, a la recuperación de valores que preservan la cohesión social: el respeto y el cuidado de los otros, la importancia de la diversidad cultural, las bondades del trabajo colaborativo y el profundo sentido de lo que implica ser solidarios; todo esto es constitutivo de una ciudadanía planetaria.

La escuela no sólo educa a sus estudiantes; se extiende más allá. Se habla del efecto padres para referirse al cambio de roles que trajo la pandemia: los padres fueron empujados a ocupar el lugar de los maestros reinventando los espacios educativos de la casa, conociendo de cerca ciertas actitudes y apegos de sus hijos que habían pasado desapercibidos por el acelere de sus vidas, intentando retomar ciertos rituales en la formación de hábitos de estudio y de estilos de vida saludable. Pero también padres sorteando las artes de convivir en el encierro y de crear condiciones para sobrellevar y salvar la convivencia.

Hoy más que nunca existe la oportunidad, con las escuelas de padres, de empoderarlos para que recuperen los roles que habían perdido, para que interioricen el sentido del trabajo compartido que implica preparar a sus hijos para la vida, y para que entiendan que el desbarajuste del mundo, sus problemáticas y las que se viven en el interior de las familias -como el maltrato intrafamiliar, los embarazos prematuros, el consumo de drogas, el aislamiento por cuenta de la adicción a los dispositivos digitales y a las redes sociales- tiene que ver con su claudicación en la formación de principios éticos, porque cedieron esta labor a otros mediadores educativos:la televisión y el acceso sin control a la virtualidad.

Los padres fueron empujados a ocupar el lugar de los maestros reinventando los espacios educativos de la casa, conociendo de cerca ciertas actitudes y apegos de sus hijos que habían pasado desapercibidos por el acelere de sus vidas.

El efecto padres debemos aprovecharlo para resignificar el papel de la familia y de la escuela y para estrechar lazos colaborativos que favorezcan nuestra labor formativa. El padre y el maestro son figuras inspiradoras, y, como tales, deben estar a la altura de esa contemplación por parte de quienes apenas se inician en la aventura del vivir; en esa labor de “espejo”, se instaura la exigencia ética de todo vínculo educativo, en palabras de María Zambrano:

El aprendiz o el estudiante puede trasmitir algo a sus compañeros, si así no lo hace no falta a su deber, mientras que el maestro deja de serlo, se convierte en una contrafigura de su ser si no logra transmitir de algún modo a quienes le están encomendados, en principio a todos, su enseñanza”.

En palabras de Antoine de Saint-Exupéry (1939) en“Tierra de hombres”: “Tú eres el Hombre y te me aparecerás con la cara de todos los hombres a la vez”.

Rubén Darío Cárdenas

Nació en Armenia, Quindío. Licenciado en Ciencias Sociales y Especializado en Derechos Humanos en la Universidad de Santo Tomás. 30 años como profesor y rector rural. Fue elegido como mejor rector de Colombia en 2016 por la Fundación Compartir. Su propuesta innovadora en el colegio rural María Auxiliadora de La Cumbre, Valle del Cauca es un referente en Colombia y el mundo.

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