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El breve relato de las disidencias

Ariel Ávila, un chico que a veces da en el clavo y en otras se equivoca, y Andrea Aldana entrevistaron a un mando de las FARC en el Micay. Jonnier, se llama el mando. Un nombre singular para un hombre que quiere hacer una revolución en Colombia.

Yezid Arteta Dávila
Munición

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El cañón del río Micay es uno de los lugares que conozco como la palma de mi mano. Lo tengo tatuado en mi memoria. Desde el casco urbano de Argelia hasta El Salto, donde el río se tranquiliza y se deja navegar sin el miedo de naufragar. En Sinaí volví a encontrarme con Alfredo Molano Bravo. En Las Perlas fue mi primer choque con el ejército: murió un guerrillero. En Angostura me enfermé de malaria. En San Juan de Mechengue me casé en una ceremonia guerrillera. En El Plateado me intoxiqué con un arroz con pollo dañado. En Honduras me bañé con Neguvon disuelto en agua para matar los ácaros que castigaban mi piel. En La Belleza dirigí un curso político. En El Mango observé el incipiente negocio de la coca. En Puerto Rico me reuní con cooperantes alemanes y funcionarios del Gobierno que patrocinaban un plan de sustitución de los cultivos ilícitos. Aprendí más en el desfiladero del río Micay que los años que pasé en la Universidad. 

Ariel Ávila, un chico que a veces da en el clavo y en otras se equivoca, y Andrea Aldana entrevistaron a un mando de las FARC en el Micay. Jonnier, se llama el mando. Un nombre singular para un hombre que quiere hacer una revolución en Colombia. La entrevista ocurrió a mediados de noviembre de 2020. Ariel y Andrea podrían volver en cinco años al mismo lugar y encontrarán a Jonnier o su sucesor sentado en la misma silla Rimax, con un modelo de fusil M-16 mejorado en el regazo, diciendo las mismas cosas. Hay una realidad en Colombia que nunca ha cambiado y dudo que lo hará. Es una realidad periférica que trae consecuencias en un radio de acción limitado. Las características topográficas y el componente humano que habita en regiones como el Cañón del Micay permiten que un grupo armado pueda sobrevivir cien años, aún sin combatir.

La entrevista corrobora algo que pensábamos en sotto voce: refundar a las FARC, tal como lo hizo Tirofjo desde Marquetalia en 1964, es un disparate. La única amenaza real que tuvo el establecimiento colombiano fue el subejército que llevó Tirofijo al Caguán en enero de 1999. Un subejército con mandos capaces, doctrina política, despliegue operacional y poder de fuego. Un subejército que no pudo conseguir su objetivo por una falla estratégica que no voy a explicar aquí. Eso ya no existe. La disidencia es un fracaso si se observa desde la perspectiva de una guerra revolucionaria. La disidencia es un éxito si se mira desde el modo de vida trashumante, donde lo único que importa es no dejarse matar. La disidencia es funcional al establecimiento porque le permite engañar al público con una supuesta amenaza, que no es tal para la seguridad nacional. 

Quizá, Comején, en unos años habrá que conversar con toda esa gente que anda por allí escondiéndose en los montes. La historia de Colombia ha sido circular. Siempre se vuelve al mismo punto. No avanza. Esperemos que en algún momento avance.

Yezid Arteta Dávila

Escritor y analista político. Blog: En el puente: a las seis es la cita.

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