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¿Periodismo? Eso es para reinas de belleza

En la universidad nunca me dijeron que en el futuro tendría que ser reportera, diseñadora, relaciones públicas, fotógrafa y camarógrafa al mismo tiempo, y todo por el sueldo de uno.

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Periodismo. Imagen de mohamed Hassan en Pixabay

Tú papá lleva tres días metido en el cajón y Pastrana no autoriza el entierro hasta que no se calmen los disturbios en la ciudad, pero si se lo pides tú no podrá negarse, dijo mi tía Judith el 6 de marzo de 1989. Al día siguiente leí una carta delante de una nube de periodistas en la que pedía por el descanso de mi padre, y horas después el alcalde autorizó el entierro. Con diez años descubrí el inmenso poder que tiene la palabra en público, y también lo mucho que venden las lágrimas en televisión. Todavía estaba muy lejos de saber lo que quería hacer con mi vida, pero me di cuenta de que tenía cierta habilidad para escribir mis pensamientos y transmitirlos frente a un micrófono.  

Para entonces yo ya tenía claro que uno tiene más riqueza estando cerca de lo popular que desde la exclusividad de su selecta sociedad jerárquica. 

Cuando terminé el colegio no tenía la menor idea de lo que quería estudiar. Derecho, biología marina y bacteriología me parecían buenas salidas profesionales, pero carezco de la disciplina necesaria para estudiar leyes, le tengo pánico a bucear y la vida de laboratorio me parece aburridísima, así que me decidí por el periodismo porque lo único que realmente me apasiona en la vida es leer. 

¿Periodismo? Eso es para reinas de belleza dijo el primo Ramiro -masón en grado 33, como solía presentarse- cuando me preguntó qué carrera estudiaba. Yo tenía 19 años y tenía clarísimo que con metro y medio de estatura jamás sería reina de belleza, ni quería serlo, pero él disfrutaba mirándome decepcionado desde su metro noventa de iluminación intelectual. En esa carrera no estudian, solo trafican con chismes, dijo para cerrar la conversación que tuvo con él mismo, porque yo no tuve tiempo, ni ganas, de responder a su sentencia. Para entonces yo ya tenía claro que uno tiene más riqueza estando cerca de lo popular que desde la exclusividad de su selecta sociedad jerárquica. 

Cuando leí Entrevista con la historia de Oriana Fallaci decidí estudiar periodismo. Quería estar cerca de los más grandes para descubrir su humanidad, ver su lado oscuro, conocer su punto débil. De niña tuve la oportunidad de conocer a muchos personajes reconocidos de la fauna colombiana y me gustaba verlos reír, bailar y emborracharse. Los escuchaba hablar como no lo hacían frente a una cámara de televisión y pensaba en lo diferentes que eran cuando estaba lejos de la mirada pública. De cerca todos eran iguales y lo que a mí me gustaba era verlos en su estado natural. 

Yo quería ser una periodista como Oriana Fallaci. La que se enfrenta a situaciones extremas, que investiga y descubre verdades, la periodista que pone de rodillas a los poderosos. Quería ser reportera de guerra como ella. Quería contarle al mundo la tragedia que se vive en Colombia todos los días. Quería ser portavoz del dolor. La búsqueda de la verdad como principio del periodismo me parecía fascinante, tal vez por eso dediqué mi tesis de grado al registro periodístico del genocidio contra la Unión Patriótica. En realidad, lo único que quería era la verdad de mi propia historia, pero solo encontré noticias cargadas de mentiras. 

Me imaginaba como una figura implacable dirigiendo un noticiero. Pero cuando terminé los estudios y empecé a hacer las prácticas descubrí lo poco que me gustaba el ambiente periodístico.

Antes de graduarme hice un curso en la Escuela Militar de Cadetes del Ejército dirigido especialmente a periodistas, en el que nos mostraron algunas nociones de cómo era la vida del soldado en el monte. Nos enseñaron a disparar con un fusil Galil, el arrastre alto y bajo, hicimos una simulación en paracaídas y escuché la versión que tenían los coroneles del conflicto armado. Mi mamá pensó que me estaba enloqueciendo, pero le expliqué que lo que yo quería era conocer la otra versión de la historia. Porque creo que para poder tener algo de verdad, hay que escuchar al otro y conocer sus razones, aunque sea solo para ratificarse en la versión que uno tiene de las cosas. 

En la universidad llegué a pensar que yo iba a ser como alguno de los profesores que nos exigían leer el periódico todos los días, los que hablaban de política y no tenían vergüenza en llamar bruto al alumno que tenía mala ortografía. Me imaginaba como una figura implacable dirigiendo un noticiero. Pero cuando terminé los estudios y empecé a hacer las prácticas descubrí lo poco que me gustaba el ambiente periodístico. 

Salí corriendo de la ONG que velaba por los derechos de los periodistas porque no pude con el horror de sus historias de persecución y amenazas. En RCN Radio aprendí muchísimo, pero me decepcioné cuando vi que tenía que compartir mesa con un reportero del ejército que trabajaba uniformado. Del mundo de la televisión me encantaba todo lo que hay detrás de cámaras, pero la histeria y los gritos del productor me ponían muy nerviosa. Tampoco pude con la competitividad tan nociva que encontré entre los compañeros. Quien más duro pisara al otro era el ganador. 

Quiero darle valor a mi palabra sin que nadie me diga lo que tengo que decir ni cómo tengo que hacerlo. Quiero asumir con responsabilidad la vanidad y el protagonismo de quien escribe en piyama desde la casa.

Abandoné la idea de ser periodista en cuanto llegué a España y me dediqué a otros asuntos que nada tienen que ver con lo que estudié. Cuando intenté incorporarme de nuevo al mundo profesional de la comunicación me di cuenta de que estaba desactualizada. En la universidad nunca me dijeron que en el futuro tendría que ser reportera, diseñadora, relaciones públicas, fotógrafa y camarógrafa al mismo tiempo, y todo por el sueldo de uno. Desafortunadamente, el periodismo es una de las profesiones peor pagadas que conozco. 

Muy poco de lo que aprendí en la universidad me sirve hoy en día. Ya no quiero trabajar dieciocho horas diarias para la audiencia. Ya no sueño con descubrir las cloacas de la política ni quiero ver bombardeos en vivo y en directo. Tampoco quiero ser influencer en bikini.

Me gusta el “yornalismo”, el periodismo del yo que menciona Omar Rincón en la entrevista que concedió para este número de EL COMEJÉN. Quiero darle valor a mi palabra sin que nadie me diga lo que tengo que decir ni cómo tengo que hacerlo. Quiero asumir con responsabilidad la vanidad y el protagonismo de quien escribe en piyama desde la casa. Yo solo quiero tener el tiempo que se necesita para escuchar, observar y escribir historias. Al fin y al cabo, para eso estudié periodismo. 

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