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Un fuerte olor a gasolina

Unos millones que resultan ser unos pocos miles, para un hombre que en un mismo día desayunaba en Ciudad del Cabo, almorzaba en Ámsterdam y cenaba en Kingston.

Uriel Cassiani
Casino.

Casino. Imagen de Greg Montani en Pixabay

 A Carlos Alfonso

En los restaurantes de paredes blancas, donde huele a mostaza y vegetales frescos, la loza y los cristales conversan sin descanso, con los cuchillos y los tenedores de plata. Las delicias abren las grutas del paladar.  

Ese deleite da mundo a los comensales que llevan en sus billeteras tarjetas Dinners o MasterCard. Frente al restaurante, Carlo gato Morales se detiene, o bien lo detiene el olor a camarones con salsa de tomate, cebolla, y un toque especial de la casa. Carlos penetra con paso de grandeza en el cotizado recinto, su paso aún no deja caer el polvo de los pobres, y aunque su perfume siga siendo delicado y extranjero, algo en él no huele bien. Está cercado y no tiene una estrategia. Es demasiado extender la mano, sería humillar su altísima dignidad, sin embargo, al salir del recinto algo de eso rueda de mesa en mesa. Es un decente derrotado, por eso sostiene la mirada y la sonrisa tranquila, no tiene otra oportunidad en esta vida y por ello. “Puto mundo”. 

El eco de sus palabras cuando repara en quienes fueron sus consiglieris, deja ver la grieta por donde empezó a quebrarse su poder. “Bebieron de mi vino, comieron de mi gloria y hoy sin avergonzarse ustedes me evitan”. 

Se despide con los ademanes que en el aire dejan los de su clase. Camina y siente que sin pudor lo señalan. Va diariamente a un mall donde acostumbra a probarse las prendas que seducen su gusto, las aparta y jamás vuelve por ellas. Espera volver a llevarlas como fue su costumbre un día. En la boutique Chera Boss, elige la cartera que inflamaría los mimos de la mujer que no soportó su debacle, y levó anclas. ”La desgracia esperó por mí, estaba armada y disparó muchas veces”.  

No tiene cómo determinar el momento en que pudo licantropearse, y ya lobo, huyen de su presencia hasta hace poco asediada. Fue joven que perfeccionó el masoquismo de estar a merced de las máquinas, tragabilletes y con cerebros, gastaba con ambas manos. Su inconsciente lo regresa a ese lugar que no odia, pero parte tiene en su íntima desgracia. 

En el Royal Vino y Moneda le abrían los brazos y las piernas, dinero y bar ilimitados; intenta imponerse a los recuerdos, solo que las imágenes desobedecen sus órdenes, y vuelven los momentos de fábula a lapidarlo. Bajo ese estrés hace un juramento: «es la última vez que regreso a este lugar, si vuelvo, llenaré mi tina de María Farina y cortaré mis venas con una cuchilla». 

Un examigo abrió los ojos al verlo descender por las escalinatas que dan a las máquinas de asalto a mano armada. Lo saludó con el viejo cariño, tensaron sus pulsos con la vieja fuerza. Nuevamente como en los tiempos de gloria está frente a la insaciable, jugándose algo que desconoce. Su amigo implora consejos y casi de rodillas suplica:

—Gato, hermano, dame una mano, la máquina está devorándome. 

Lo llama por ese apodo que Carlo creyó le garantizaría siete vidas de bienestar, y por ese alias es conocido en la ciudad. Él percibió la falsedad en el saludo, en la petición del amigo, la máquina lo embriaga y no repara. El jugador que pidió ayuda reconoce la exacta combinación al pinchar las teclas, gana, una y otra vez suena el preciado metal en los bajos de la máquina.  Pasadas un par de horas, su amigo de juego mira su Rolex. Cualquiera que observara en la presencia del Gato, creería que busca que note en su muñeca la cara prenda, para ver en sus ojos una envidia que jamás sentirá un hombre, de suerte, hasta hace poco excepcional. Se nota a leguas que desea evadirlo, y se despide con la excusa de los asuntos por resolver. 

Bajo un supuesto descuido a la vista de todos deja unos billetes, monedas que el orgullo de Morales no tocará. Carlo jamás piensa en suicidarse. Lo ha “contemplado”, pero no seriamente. Aunque a diario, como Juan Karamazov nutre sus frustraciones cotidianas, todas sus hambres. Morales decidió humillarse alguna vez con un préstamo de unos pocos millones, a un amigo que no olvida los favores que recibió del Gato, unos millones que resultan ser unos pocos miles, para un hombre que en un mismo día desayunaba en Ciudad del Cabo, almorzaba en Ámsterdam y cenaba en Kingston. Con ese empréstito a su paladar regresaron las delicias de su predilección. No acepta a nadie en su mesa, ni siquiera un saludo amable. Salió regocijado y se encaminó a retirar las prendas que apartó la última semana. En la boutique compra una cartera, por si ella vuelve. Pasea en su vehículo por la zona rosa de la ciudad, con la canción de moda a todo dar. Llega a una estación de gasolina, pone full un auto que habla y se estaciona solo. La semana siguiente acepta unos whiskys al amigo que le extendió la mano. Le comentó entre bromas que un día estaría en un lugar muy iluminado, entre fuertes carcajadas, sostuvo: 

—Es un sitio parecido a una ciudad en llamas. 

El comentario se hizo chiste en la ciudad. Bajo la excusa del viaje compra en la estación de gasolina varios bidones. Desaparece por un par de semanas y nadie parece extrañarlo, aunque la ciudad toda hable de su caída. 

A las tres semanas regresa del viaje a la hora de mayor concurrencia en el casino. Sabe que a esa hora sus examigos, exnovias y damas de compañía, están reunidos, riéndole a la vida. Nadie lo ve rodear el sitio donde se hará a otro karma. En la abarrotada sala de jugadores, naipes y ruletas van y viene en la escena. De un momento a otro la gente empieza a sentir un olor conocido, el olor va en aumento, lo inunda todo. Los jugadores ansiosos buscan con la mirada al personal de seguridad, pero no dejan de apostar.  Algunos poniendo más dinero murmuran:

—No es normal—

—¿Qué no es normal, Paco?— 

—Ese olor a gasolina, aquí en la sala —.  

Como si fuera el orín de muchos caballos, el líquido empieza a colarse por el portón que da a la bodega. Paco sin cuidarse arroja hacia la entrada de esa puerta, la colilla de cigarrillo que amenazó con quemarle los dedos.

Uriel Cassiani

Poeta, escritor y columnista nacido en el Palenque de San Basilio, considerado el primer pueblo libre de América. Entre sus obras se destacan Ceremonias para criaturas de agua dulce (Prosa poética), Alguna vez fuimos árboles o pájaros o sombras (Poesía) y la novela Música para bandidos.

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