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El hombre creó a Dios a su imagen y semejanza

Creo que cometemos un gran error en estos tiempos al pretender que todas aquellas personas a las que admiramos sean imposiblemente perfectas, con valores incuestionables, y que todas sean ecologistas, feministas y gluten free. El unicornio no existe.

Erika Antequera
Silencio

Silencio. Imagen de Kristina Flour en Unsplash

Cuando tenía quince años admiraba con locura a Axl Rose. Un póster con su cara de niño de ojos dulces, nariz perfecta, brazos tatuados y pañoleta roja en la cabeza adornaba la puerta de mi habitación como una virgen en un altar. Podía escuchar Paradise City cien veces seguidas. Aunque apenas entendía la mitad de lo que decía, pero su voz junto a la guitarra y la batería me parecían sublimes en 1993. 

¿Por qué me gustaba tanto un tipo que se drogaba hasta la inconciencia, golpeaba a sus novias y en cada gira de Guns N’Roses dejaba una elevada factura de televisores rotos en el hotel de turno? Me encantaba la emoción que despertaban sus canciones. Se movía como un animal en el escenario y yo lo veía como lo más transgresor, lo creía capaz de todo. 

Machista, violento, drogadicto, canalla, comunista, pedófilo, mal padre, villero, el gol del siglo, ídolo de barro, dios. Ese era Maradona. Aunque él solo no construyó ese personaje. La adoración colectiva lo llevó a vivir lo que muchos de nosotros no podríamos soportar ni cinco minutos. Una vida completamente expuesta, alabada, excedida y cuestionada sin descanso. 

Hace unos días, cuando murió Maradona y medio mundo lloró al unísono por un instante, pensé en mi viejo ídolo. Durante mi adolescencia nunca cuestioné a Axl Rose como persona porque violencia, drogas y alcohol eran parte del espectáculo. Cuanto más dañado mejor. Además, si se me hubiera ocurrido manifestar de alguna forma mi malestar, hubiera tenido que conformarme con enviar una carta al dominical del periódico, con la esperanza de que algún día la leyeran.  

Estaba muy lejos de mi alcance. Hoy, sin embargo, si quiero mandarle una foto y decirle que lo amo, puedo escribirle en Twitter. Aunque, si hay suerte, me responderá el secretario o me dejará en visto, pero puedo decírselo.  Como hice cuando leí Salvar el fuego de Guillermo Arriaga. Escribí diciéndole que su libro me tenía perdida de la emoción y respondió dándome las gracias. Su respuesta me ilusionó. Me sentí cerca de un hombre al que no conozco, y con el que probablemente no me cruzaré jamás. 

Se lo conté a un amigo. Le dije que amaba a Arriaga como había amado a Rose. Me preguntó si estaba enamorada del escritor, o del cazador que mata animales en el monte con arco y flecha. Me desenamoré inmediatamente, y volví a sentir lo lejos que estaba de Arriaga. Hágame el favor, semejante tontería. 

Resultó que Arriaga no es perfecto como yo lo soñaba. Hice una búsqueda en Internet para leer qué decía él mismo sobre la caza y encontré algo maravilloso en la revista Life&Style: “Si te sientas a ver animales, como lo hago durante horas en el monte, empezarías a darte cuenta de lo mucho que tenemos los humanos de ellos: desde el bullying, el acoso, la violencia, la territorialidad… todo está ahí”. Maldición, lo peor es que tiene toda la razón. 

Arriaga, un hombre que caza como en la prehistoria y al mismo tiempo dice amar a los animales, también es un escritor fantástico. Aunque su afición me parece reprochable. No entiendo la emoción que produce ver caer al animal herido; pero no por eso voy a dejar de leerlo. Aquí es donde se enreda la madeja y pienso en el eterno y aburridísimo dilema de si se puede separar al artista de su obra. 

Machista, violento, drogadicto, canalla, comunista, pedófilo, mal padre, villero, el gol del siglo, ídolo de barro, dios. Ese era Maradona. Aunque él solo no construyó ese personaje. La adoración colectiva lo llevó a vivir lo que muchos de nosotros no podríamos soportar ni cinco minutos. Una vida completamente expuesta, alabada, excedida y cuestionada sin descanso. 

Era una figura pública, y eso no excusa el abuso y la violencia. Hay artistas, futbolistas, cocineros y escritores que llevan una vida sin vicios demostrables, que no se han dejado arrastrar por el fango de la fama y patrocinan causas sociales. Sin embargo, hay unos más humanos, más deshechos y castigados porque no pueden, no saben, o no quieren ser un modelo a seguir. Derrochan talento bajo los focos, pero fuera de ellos la vida les queda grande, o demasiado pequeña. 

Los ídolos representan lo que queremos ser o tener. Aquello que nos falta y con lo que soñamos. En ellos proyectamos deseos y nos identificamos. La fascinación que despiertan está precisamente en lo que trasgreden, en el camino que abren para llegar hasta la meta, en los modelos que son capaces de romper. Pero, sobre todo, en la cantidad de virtudes que le otorga la fanaticada sin saber si realmente las tiene. 

Pero creo que se pierde mucho cuando odiamos y adoramos sin contemplaciones. Es tan instintivo que actuamos como animales. Atacamos en manada, despedazamos a la presa sin piedad como lobos hambrientos en la nieve. Somos depredadores, pero nos negamos a verlo.

Creo que cometemos un gran error en estos tiempos al pretender que todas aquellas personas a las que admiramos sean imposiblemente perfectas, con valores incuestionables, y que todas sean ecologistas, feministas y gluten free. El unicornio no existe. 

Por fortuna hay muchas conductas que ya no toleramos ni resultan graciosas, porque hay cosas que no tienen matiz y merecen justicia. La denuncia, el boleteo, hacer quedar en ridículo al abusador es necesario. Cuanto más mejor. Pero creo que se pierde mucho cuando odiamos y adoramos sin contemplaciones. Es tan instintivo que actuamos como animales. Atacamos en manada, despedazamos a la presa sin piedad como lobos hambrientos en la nieve. Somos depredadores, pero nos negamos a verlo. 

El ser humano es complejo. Violento y generoso. Frágil frente a los placeres. Capaz de llegar a la luna, construir túneles submarinos, y también de autodestruirse como ningún otro animal. Puede acabar con el planeta pulsando un botón. 

Dice la religión que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. También, le dio el libre albedrío. ¿Y qué hizo el hombre? Crear a Dios, a su imagen y semejanza. 

Erika Antequera

Periodista

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