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¿A quién le importa lo que yo haga?

La pandemia se vive diferente en Madrid y en Bogotá, pero nunca antes estas dos ciudades me resultaron tan parecidas, aunque sé que nada tienen que ver la una con la otra.

Erika Antequera
Lavapiés, Madrid.

Lavapiés, Madrid. Imagen de justraveling en Pixabay

¿A quién le importa lo que yo diga? Yo soy así y así seguiré, nunca cambiaré. Pocas canciones me divierten tanto como la de Alaska y Dinarama. He perdido la cuenta de las veces que la he cantado de madrugada, después de comer, beber y bailar como si me hubieran pagado millones para animar la fiesta. A todo pulmón, con el pelo lleno de confeti y los tacones en la mano. Feliz, como hicieron unas cuantas personas hace unos días en la Puerta del Sol en Madrid durante la histórica nevada. 

Irresponsables, dirán algunos. Libres, dirán otros. Yo no puedo juzgar a quienes desafiaron al frío para improvisar un baile en la plaza, porque en contra de todas las recomendaciones sanitarias tomé un avión y viajé a Bogotá para ver a mi familia en Navidad. Hacía veinte años que no pasaba un diciembre con mi madre y mi hermano en el barrio donde crecí. Eso significa que he estado un mes con las lágrimas de fiesta, los sentimientos desatados, y algunas opiniones contenidas por el bien de la armonía familiar. 

Sabía que el viaje iba a ser diferente a los anteriores, pero no calculé el efecto que iba a tener en mí. Esta vez me quedó claro que tiempo y distancia me miran de frente como un par de maestros que esperan sentados a que demuestre que he aprendido la lección.

La pandemia me obligó a hacerme cargo de mi misma. Nadie pudo ir a recogerme al aeropuerto y tampoco hubo un abrazo de esos que bloquean la salida de la terminal. Llegué al barrio en taxi con mi hijo, y antes de besar a mi madre me duché, rocié las maletas con alcohol, y mandé la ropa a la lavandería para cumplir con las condiciones que acordamos antes del viaje. 

Este año no discutí con mi madre por mis salidas nocturnas, tampoco tuve que esperar media hora pegada al teléfono para pedir un taxi, ni soporté los interminables atascos de cualquier calle en la ciudad. He vivido una fantasía. Bogotá casi desierta, con las vías despejadas, poca gente caminando por el centro, aguacero de nube negra el 31 de diciembre. Jamás había vivido la ciudad así. 

Sabía que el viaje iba a ser diferente a los anteriores, pero no calculé el efecto que iba a tener en mí. Esta vez me quedó claro que tiempo y distancia me miran de frente como un par de maestros que esperan sentados a que demuestre que he aprendido la lección. Quise volar, llegar lejos, vivir una vida diferente a la que me esperaba en Colombia hace veinte años y lo he logrado. Puedo decir sin pena que me siento orgullosa, pero volver al hogar donde crecí me revuelve la vida y cuesta volver a poner el alma en orden.  

Me conmueve hasta las entrañas escuchar a Nino Bravo en la radio de la cocina a un volumen tan bajo, que no sé si está cantando o es mi memoria susurrándome el pasado mientras mi madre prepara plátano maduro con Kola Román. Abrir el armario y tropezar con objetos que desatan recuerdos de la infancia, o recorrer el Centro de Memoria Paz y Reconciliación con visita guiada, como si la historia no tuviera que ver conmigo, me produce vértigo. 

La pandemia se vive diferente en Madrid y en Bogotá, pero nunca antes estas dos ciudades me resultaron tan parecidas, aunque sé que nada tienen que ver la una con la otra. Sin embargo, el tapabocas, el alcohol y el caos mundial funcionan como filtro y generan un efecto óptico que me hace pensar que cada vez se parecen más. Sálvese quien pueda en ambos lados del Atlántico. 

Mientras preparo mi regreso a Madrid me resulta difícil controlar el cansancio, el miedo y la ansiedad. No me gusta sentir que la muerte anda desatada; aunque sé que siempre está rondando, claro, pero cuando la siento insaciable, vanidosa, y haciendo lo que le da la gana me resulta insoportable. 

Me gustaría sentirme más relajada frente al tema. Quisiera hacerle caso a mis amigos músicos o diseñadores expertos en virología, y pensar que es más grave morirse de ébola o malaria. Pero es que en la realidad que yo habito es más fácil contagiarse de Covid que de cualquier enfermedad propia de lugares a donde no voy nunca. Quisiera pensar que la gripe española de 1918 es un buen referente para lo que el mundo entero está viviendo. Pero es que creo que en ese entonces todo era muy diferente a como lo es ahora. 

Quisiera hacerle frente a la incertidumbre y encontrar el equilibrio entre libertad y responsabilidad. Cantar desatada la canción de Alaska porque si el mundo se está cayendo a pedazos, tal vez lo mejor sea bailar y cantar como si no hubiera mañana. Por que tal vez no hay mañana.  

Yo me perdí la gran nevada de Madrid, pero no quiero perderme este momento en el que el mundo está cambiando. Quiero ver los bienes que el futuro me tiene reservados. Quiero ser testigo de la historia, pero para contarla, atravesar el túnel y ver que hay detrás de la cortina.

Siento que estoy esperando en la fila el momento inevitable en el que voy a contagiarme. Y tengo temor. Tanto, que se me ha ocurrido mantener la mascarilla puesta y lavarme las manos, pero algunos piensan que estoy haciendo el ridículo. Tal vez me falta más sintonía con el universo. De verdad quisiera creerme invulnerable. Quisiera que no me importara el efecto que puede causar entre mis afectos el hecho de que yo me enferme. Quisiera creer que una limpieza de chakras puede protegerme del contagio.  

No saben la envidia que me dan aquellos que piensan que la pandemia es un invento, que no es tan grave, que es una conspiración con intereses ocultos. Me da envidia porque la realidad me resulta aplastante, tan simple y sin trucos, que realmente lamento el poco atractivo con el que se presenta. 

Francamente estoy harta de la pandemia y su letra pequeña. Esa que no se alcanza a ver bien, pero que contiene el listado de cambios irreversibles que vienen en un futuro inmediato. En este momento quisiera tener ese espíritu rebelde que cree que es capaz de mantenerse fuera del sistema por pasarse a Telegram y abandonar WhatsApp. Amiga date cuenta. 

El refranero popular español dice que año de nieves año de bienes. Yo me perdí la gran nevada de Madrid, pero no quiero perderme este momento en el que el mundo está cambiando. Quiero ver los bienes que el futuro me tiene reservados. Quiero ser testigo de la historia, pero para contarla, atravesar el túnel y ver que hay detrás de la cortina. ¿A quién le importa lo que yo haga? A mí. Y a los demás, aunque nos cueste creerlo.  

Erika Antequera

Periodista

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