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Los engendros del capital y la pobreza

Los chicos pandilleros, que habitan las zonas subnormales, ya no tienen a quién atracar para aportar su granito de arroz a la desmedrada economía familiar.

Uriel Cassiani
Sin hogar. Pobreza.

Sin hogar. Imagen de Nina Edmondson en Pixabay

La casa es de ripios de tablas, con techo de zinc o bolsas de polietileno. Ali Primera en su canción Casas de cartón nos grita al oído: “Qué triste, se oye la lluvia en las casas de cartón”. 

Esa es para mí la canción que retrata de mejor manera la situación política y económica de América Latina. Donde el establishment del capital enseña que esas letras que incentivan a la protesta social son aburridas y sonsas. Por eso la industria optó por darle vuelo al perreo global, hasta abajo si fuera posible. 

Se trata de entretener o aniquilar la consciencia, la musiquilla los ayuda a mantener entre nebulosas la realidad. —Lo de Tego Calderón es otra cosa—. No solo lo hacen con la música, se valen de todos los medios para secuestrarles la mente a las personas.

Ese Gobierno cree que 160 mil pesos (alrededor de 45 dólares) mensuales son suficientes para que las familias en los encierros cubran alimentación, servicios públicos y arriendo.

Bajo esa misma lógica de distracción absoluta, el sistema crea telenovelas de herencias encontradas y sueñan los desposeídos con el gordo de la lotería. Porque los convencieron que sólo con un golpe de suerte escaparían de la pobreza que lleva a la miseria. Nos tocó descubrir por nuestros propios medios, que la educación es el acto de mayor rebeldía que podemos acometer contra un sistema que nos oprime y juzga por todo, y por nada. Nos niegan una educación de calidad, porque la sociedad desarrollaría un pensamiento crítico y expulsaría de los círculos de poder a una gentuza que en el lugar donde va el corazón, les pusieron un hígado.

En todas las ciudades del país tenemos millones de casas con esa lamentable estructura, especialmente en las urbes, que concentran a las mayores poblaciones como consecuencia de la guerra. 

En esos hogares viven hoy las familias asumiendo lo peor de la pobreza. Puesto que el padre, por la pandemia, se quedó en casa; ya no pudo ir a la calle a vender en su carreta cualquier producto que le diera el sustento diario para la familia. La madre no volvió a lavar y a planchar ropa ajena. Las hijas dejaron de servir de auxiliares domésticas en las casas de los ricos o en las residencias de una clase media que dejó de existir en términos reales. Las grandes constructoras cerraron, los muchachos no han vuelto a trabajar en la feroz albañilería. Los chicos pandilleros, que habitan las zonas subnormales, ya no tienen a quién atracar para aportar su granito de arroz a la desmedrada economía familiar. 

El Gobierno colombiano odia todo lo que huela a pobre. Es una pobreza que por razones distintas creó a sus anchas. Ese Gobierno cree que 160 mil pesos (alrededor de 45 dólares) mensuales son suficientes para que las familias en los encierros cubran alimentación, servicios públicos y arriendo. 

Estamos hablando de familias que tienen en promedio cinco integrantes. Es una negación de lo que necesita la gente para cubrir sus necesidades básicas. Eso denota una ausencia de empatía de los que tienen la obligación de decidir el destino de los pobres. Deciden sobre la vida de los pobres probando caviares o bebiendo Macallan en sus cómodas mansiones o en sus penthouse, cuando no están en sus fincas de incontables hectáreas, donde nada cultivan, o en sus casas de veranos en los balnearios. 

En Colombia las élites gobernantes son felices infringiéndoles dolor a los más pobres de manera distinta. Les niegan los derechos consagrados en la Constitución y les ponen todo tipo de cargas, disimuladas en pequeños impuestos o en un salario mínimo que hunde a la gente en la desesperanza. 

Medio desayunados intentan comprender que las relaciones, entre los catetos y la hipotenusa se llama seno. En ese mismo sitio, una chiquilla de diez años espera que su hermano desocupe el celular, para ver la clase que más le gusta y explicarles a sus compañeros cuáles son los animales heterótrofos.

En medio de esa lamentable batahola están los jóvenes, los niños y las niñas que viven con espíritus desolados. 

En sus hogares para asistir de manera virtual a las clases, generalmente en el mismo horario, suele haber un solo celular, no hay tabletas o computadores para que tres o cuatro estudiantes, puedan conectarse a las clases, suspendidas presencialmente por el virus. Un solo aparato es una impiedad para que varios niños o jóvenes alcancen el saber. En esas casas la alimentación es una larga tristeza. Medio desayunados intentan comprender que las relaciones, entre los catetos y la hipotenusa se llama seno. En ese mismo sitio, una chiquilla de diez años espera que su hermano desocupe el celular, para ver la clase que más le gusta y explicarles a sus compañeros cuáles son los animales heterótrofos. Está cerca de hacerlo, pero la energía falla, porque de manera irregular en las zonas de pobreza la gente se conecta al cableado o simplemente la empresa de energía es ineficiente. 

Sería mejor que el país asignara los rubros malgastados en una guerra eterna, como la nuestra, en educación. Lo que pasa es que hemos sido gobernados por analfabetas, pobres diablos que desconocen el poder de la educación y la cultura, como medios de transformación humana y social. Colombia tiene ciudadanas y ciudadanos maravillosos, debemos atrevernos a lo imposible. Cambiar el régimen, porque ellos nunca merecieron gobernarnos.

Uriel Cassiani

Poeta, escritor y columnista nacido en el Palenque de San Basilio, considerado el primer pueblo libre de América. Entre sus obras se destacan Ceremonias para criaturas de agua dulce (Prosa poética), Alguna vez fuimos árboles o pájaros o sombras (Poesía) y la novela Música para bandidos.

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