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Yo no soy una mujer decente

Con 17 años dije que sí al sexo por primera vez y me llevé una gran decepción. ¿Tanto misterio por esto? Me pareció que había demasiado escándalo alrededor del tema. Mis amigas no podían creer que le hubiera dado mi virginidad a un amigo que yo sabía que no me iba a llamar al día siguiente. Y tampoco entendían la poca importancia que tenía para mí esa llamada.

Erika Antequera
New Orleans. Imagen de Joseph Ngabo en Unsplash

New Orleans. Imagen de Joseph Ngabo en Unsplash

Cuando me vino la regla por primera vez yo acababa de cumplir once años. Demasiado niña para tener tetas y un culo redondo que atraía las miradas masculinas. “Bueno, yo te he explicado cómo es la cosa. Como te quedes embarazada yo no te voy a dejar sola, lo sabes, pero no se te olvide que el hijo siempre será tuyo”, dijo mi madre con el dedo índice levantado y una mirada que me atravesó hasta el alma. 

Por mucho que mi madre me explicara con claridad cómo se concibe un bebé, yo no sabía realmente de qué me estaba hablando. Pero ella sabía el peligro que representaba tener una cara tan infantil como la mía combinada con un cuerpo de mujer. Sobre todo, porque ella sabía que a mí me gustaban mucho los chicos, aunque yo no supiera nada de sexo. 

Unos años después, cuando mi madre encontró un par de revistas pornográficas bajo la cama de mi hermano, se sentó con él para darle la correspondiente charla sobre sexo. A él también le dijo que tenía que cuidarse para no dejar a ninguna chica embarazada, pero ojo al dato: para que el hijo adolescente dejara de esconder porquerías bajo la cama, le compró un poster enorme con la foto de una rubia impresionante en ropa interior de encaje blanco.

Después de aquella charla me fui al colegio con un pañal entre los pantalones y mi mayor temor era dejar un rastro de sangre imborrable en el columpio. Que no se notara era lo más importante. Que no se viera la sangre, que no se viera mi pecho, que no se notara mi deseo de acercarme al chico que me gustaba. A mi hermano, que tenía seis años, le preguntaban con picardía si tenía novia, pero a mí me advertían que me cuidara de tener novio siendo tan pequeña. Fue entonces cuando empecé a sospechar que había una gran diferencia entre hombres y mujeres. 

A los 13, cuando tuve mi primer novio, mi madre no dejaba de insistir en los peligros del sexo. Además, le preocupaba bastante la facilidad con la que yo coqueteaba por teléfono con un listado largo de pretendientes. Aunque debo ser justa con ella, porque también me decía que yo podía casarme siete veces si me daba la gana, pero que lo importante era que estudiara para no depender nunca de ningún de hombre. Mi madre se esforzó por enseñarme a ser una mujer libre, pero ahora que soy madre entiendo que uno hace las cosas según la educación que ha tenido y el contexto en el que ha crecido. Y ella creció en un ambiente muy difícil, pero ese es otro tema. 

Unos años después, cuando mi madre encontró un par de revistas pornográficas bajo la cama de mi hermano, se sentó con él para darle la correspondiente charla sobre sexo. A él también le dijo que tenía que cuidarse para no dejar a ninguna chica embarazada, pero ojo al dato: para que el hijo adolescente dejara de esconder porquerías bajo la cama, le compró un poster enorme con la foto de una rubia impresionante en ropa interior de encaje blanco. Ahí sí que me quedó clara la diferencia entre hombres y mujeres. Ocultar el deseo. Esa era la consigna para convertirme en una mujer decente. 

Con 17 años dije que sí al sexo por primera vez y me llevé una gran decepción. ¿Tanto misterio por esto? Me pareció que había demasiado escándalo alrededor del tema. Mis amigas no podían creer que le hubiera dado mi virginidad a un amigo que yo sabía que no me iba a llamar al día siguiente. Y tampoco entendían la poca importancia que tenía para mí esa llamada.  

Que yo quisiera vivir la sexualidad como la vivían mis compañeros de universidad estaba muy mal visto, y eso me molestaba bastante. Si se me veían las ganas me calificarían como una chica fácil. ¿Fácil? Si supieran lo complicada que soy no se acercarían ni a saludar. 

Una amiga me dijo: no se te ocurra separarte, ¿qué vas a hacer tú sola con un niño? No se lo dije, pero lo que no quería era quedarme encerrada en una relación infeliz, como la que tenía ella con su marido y las siete amantes del señor. 

Antes de graduarme como periodista tuve un novio diez años mayor que yo. Un tipo del que tampoco estaba enamorada, pero tenía carro y vivía solo. Una estúpida fantasía que me hacía sentir más adulta. Estuvimos juntos unos meses, hasta el día que lo vi pelear con la mamá. No me hizo falta la teoría feminista que no conocía, para darme cuenta de que un hombre que no tiene resuelta la relación con su madre lo tiene muy difícil para querer a cualquier mujer. Cuando quise cortar con él me amenazó con suicidarse. Afortunadamente eso me importó menos que la llamada que nunca llegó después de mi primera vez. 

Cuando hice las prácticas en un canal de TV tuve que esquivar besos robados, brazos que se deslizan más abajo de la cintura cuando te saludan, la mano que accidentalmente te roza el pezón. Menos mal tengo una madre que siempre me dijo que pasara lo que pasara yo contaba con ella, y que nunca ningún hombre podía acosarme o maltratarme. Pero era difícil articular ese discurso con la realidad. Porque para tener un mejor puesto en el canal había que tener piernas kilométricas o ser amiguita del jefe. Y yo ni lo uno ni lo otro. 

Después de muchos novios a los que juré amar para siempre conocí al que fue mi marido muchos años. Fuimos felices hasta el día en que se agotó el amor. Una amiga me dijo: no se te ocurra separarte, ¿qué vas a hacer tú sola con un niño? No se lo dije, pero lo que no quería era quedarme encerrada en una relación infeliz, como la que tenía ella con su marido y las siete amantes del señor. 

Ojalá pudiéramos entender desde temprano que parte del éxito de una relación está en no comportarse como la madre de nuestra pareja. Qué lástima que a las mujeres nos enseñen a recatarnos, a callar, a mantener la compostura en todas las situaciones.

Con los años aprendí que ocultar mi deseo lo único que hace es generar un efecto devastador en mi confianza. Será porque aprendí a vivir sin padre, a madurar sin marido y a trabajar sin jefe; pero a estas alturas de la vida tengo claro que es un gran error enseñar a las niñas a ocultar el deseo, porque no es eso lo que nos hace más decentes. 

Ojalá nos enseñaran que para tener relaciones más sanas tenemos que aceptar lo que deseamos. Ojalá nos enseñaran a manifestar las ganas sin sentir vergüenza. Ojalá nos enseñaran a decir que no desde niñas, en lugar de obligarnos a darle besitos a todos los que lo piden. Ojalá nos enseñaran que el amor no es aguantar porque así es el matrimonio. Ojalá nos enseñaran a romper una relación cuando no funciona en lugar de esperar a que él cambie. 

Ojalá pudiéramos entender desde temprano que parte del éxito de una relación está en no comportarse como la madre de nuestra pareja. Qué lástima que a las mujeres nos enseñen a recatarnos, a callar, a mantener la compostura en todas las situaciones. Si me hubieran explicado desde niña que el problema no era mi deseo, sino la forma en la que ellos asumen el deseo femenino la cosa hubiera sido distinta. Será por eso que después de separarme me cuesta cada vez más adaptarme a las relaciones de pareja. Será que ya no soporto ocultar mi deseo; ya no me importa si me ven como una mujer decente.  

Erika Antequera

Periodista

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