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No tengas miedo a sentir, querido corazón

No sé si a todo el mundo le pasa, pero yo cuando conozco a alguien que me gusta no puedo frenar el ritmo de mi imaginación que, en cuestión de minutos, es capaz de construir una vida entera juntos. Mientras observo cómo habla y mueve las manos pienso en cómo serán nuestras próximas vacaciones.

Erika Antequera
Mariposas

Mariposas. Imagen de Kranich17 en Pixabay

Cuando era niña me gustaba leer la última página de los libros antes de empezar. Sentía mucha curiosidad por saber cómo acababa una historia que todavía no conocía. Me anticipaba, tal vez, para minimizar el dolor de los momentos más duros del relato. Alta necesidad de control, me diría muchos años después el psicoanalista. Un día dejé de hacerlo porque, claro está, en algún momento descubrí el placer de entregarme a la historia sin saber qué iba a pasar al final. 

Hace unos días hablaba con una amiga sobre la necesidad que control que tenemos en cuestiones amorosas. En realidad, lo he hablado cientos de veces con casi todas mis amigas, pero es más fácil resumir la conversación a una sola persona. Antes de empezar queremos saber cómo va a acabar un romance que apenas comienza. 

No sé si a todo el mundo le pasa, pero yo cuando conozco a alguien que me gusta no puedo frenar el ritmo de mi imaginación que, en cuestión de minutos, es capaz de construir una vida entera juntos. Mientras observo cómo habla y mueve las manos pienso en cómo serán nuestras próximas vacaciones. Si se ríe, pienso en nuestra primera discusión y, obvio, en cómo salir triunfante de la situación. Cuando pedimos la cuenta en el restaurante y nos despedimos en la puerta, no puedo evitar imaginar el día en que nos diremos adiós. 

El amor ya no es como antes, sentenció mi amiga. Menos mal, dije yo. Porque antes, para que una relación se mantuviera en el tiempo, ella debía soportar lo insoportable, encerrada en casa convertida en una fábrica de bebés escondida en la cocina. Menos mal que todo eso ha cambiado. 

Yo le dije que, para mí, el problema está en que el amor en tiempos de Tinder está completamente racionalizado, analizado, estudiado, planificado. Y no estoy en contra de las aplicaciones para encontrar pareja. Conozco casos de éxito que han acabado en relación estable y hasta en convivencia o matrimonio; y los que no, se convierten en un divertido catálogo de anécdotas, que también sirven. El problema no está en elegir a alguien en un repertorio. El asunto, para mí, es que eso mata la espontaneidad, un ingrediente vital para desarrollar sentimientos sólidos. 

Ya no queremos sentir porque conocemos el final de historia. Sabemos que aquello que comienza en risas acaba en llanto. Y no nos gusta llorar, ni despedirnos, porque no hemos aprendido a perder. Un desastre. Hoy en día es más fácil consumirnos, intercambiar fluidos y perder el control con el placer físico, pero no hay lugar para perder la cabeza por amor. ¿Amor? ¿Quién quiere hoy en día amor? Todos y todas, aunque lo neguemos hasta el cansancio. 

Bueno, puede que muchas personas no quieran enamorarse. Otras me dirán que mi formato amoroso está obsoleto, y puede que sí. Llego tarde al poliamor y sus variantes, pero no porque me asombre que entre cinco o seis se diviertan. Es que creo que planificar el sentimiento es una crueldad. Cuanta fragilidad hay en la cobardía de no querer, no entregarse y restringirse. Me aterra ver cómo hoy en día salimos corriendo cuando empezamos a sentir algo por alguien.  

Sobra decir que está bien acabar con la violencia en las relaciones afectivas, faltaba más, romper con los roles y etiquetas establecidas sobre cómo se debe cortejar, o quién debe pagar la cuenta, pero yo me niego a dejar de sentir. La historia me ha enseñado que el amor eterno es aquel en el que uno de los dos ya no está, porque es en el recuerdo donde el sentimiento permanece intacto, cuando el cuerpo palpita con el deseo que despierta el pasado. Ahí está la eternidad, y con el tiempo, el olvido. Lo demás es realidad. 

A mí me alegra que las normas en el amor varíen, que ya no estemos obligados a querer como se hacía antes, es decir, ya no es necesario reducirse para sostener lo insostenible. Sin embargo, creo que es realmente triste que evitemos sentir solo porque conocemos (o imaginamos) el final de la historia. 

¿Por qué preferimos dejar en visto el mensaje que llega por WhatsApp en lugar de decir adiós frente a frente, como se hacía antes? Hay maneras más sutiles de despegar la piel, no hace falta desollarnos si podemos despedirnos cubriéndonos con el manto de un buen recuerdo, pero nos da pánico sentir y que nos rompan el corazón. 

Qué lastima, porque en la búsqueda de ese imposible amor eterno, nos perdemos de una sucesión de amores que también recrean felizmente al espíritu. Yo ya no tengo interés en conocer el final de historia. Me preparo para el golpe de la despedida con el disfrute de lo que trae el momento, y estoy convencida de que se puede querer para siempre, aunque solo dure un rato.   

*No hay que tener miedo a sentir. Y si te rompen el corazón, aquí te dejo una selección musical de Valeria Benavides Zarama, para el despecho. “Ellas Dicen”, una particular mirada sobre el amor, el desamor, los sueños, el cuerpo y muchos más… 

Erika Antequera

Periodista

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