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“Cuarentena indígena»: encuentro con mis hermanas tikunas

Quizá ahora la “sociedad occidental” siente una mínima parte de lo que ha sentido nuestra gente, ese miedo a cerrar los ojos eternamente por el simple hecho de encontrarse con el otro. Quizá este tiempo de pandemia sirva para generar un poco de empatía con nuestra situación como indígenas que a diario sorteamos la supervivencia a la cultura occidental.

Lena Estrada Añokazi
Mujer tikuna de Pupuña.

Mujer tikuna de Pupuña. Imagen de Lena Estrada Añokazi.

La actual pandemia ha generado el confinamiento de la población en sus hogares durante espacios de tiempo a los que se les ha dado el nombre de “cuarentena”. A fin de prevenir la propagación de la enfermedad, en ocasiones estas cuarentenas han sido y continúan siendo de forma obligatoria mediante órdenes de los gobiernos. Otras veces son de manera voluntaria, cambiando el estilo de vida al que estábamos acostumbrados. Sin embargo, a estas alturas de la pandemia, a muchas personas del globo terrestre la palabra “cuarentena” les genera algo de repudio, tristeza, dolor, angustia y pereza. Pero es este espacio el que nos ha permitido volver a la familia, a los momentos de soledad y reflexión, a valorar el tiempo, a ocuparlo en lo que antes no, a revisar los recovecos de nuestras casas y fue así como encontré los diarios de mi primera cuarentena de la vida.

Corría el año 2013, cuando por motivos laborales tuve que viajar con mi equipo de trabajo (conformado en su totalidad por indígenas) a reunirme con los últimos indígenas del pueblo tikuna que se encontraban en estado de aislamiento voluntario y contacto inicial, en una comunidad llamada Pupuña, a orillas del río Cothué, en el corazón del Amazonas. Pupuña estaba compuesta por tres malokas separadas una de otra por varios kilómetros. Cuanto más alejada estaba la maloka significaba que sus habitantes eran más tradicionales y conservaban mejor su cultura; la última maloka a la que se accede, es la que habita el curaca, jefe de toda la comunidad. 

Los indígenas del pueblo tikuna asentados en Pupuña se habían replegado décadas atrás y decidieron nunca volver a tener contacto directo con la sociedad occidental. Decisión respetada por los pueblos indígenas que les rodean y que por todos esos años sirvieron como barrera de protección para la gente de Pupuña. Sin embargo, siete años antes de nuestro viaje, personas externas a la comunidad a la que nos dirigíamos intentaron contactarlos. El resultado fue catastrófico, casi la mitad de la población se contagió de gripa y empezaron a morir. Un mensajero enfermo salió hacia la primera comunidad para avisar sobre la calamidad y desde allí se alertó sobre la situación al resto de comunidades y a la institución encargada de salud. Dada la emergencia y la complejidad del trayecto hasta los asentamientos, los enfermos fueron evacuados en helicópteros que intentaban no aterrizar y no tener contacto alguno con personas de la comunidad. Sin embargo, ninguna de las personas evacuadas tuvo la oportunidad de volver a casa. Todos, mujeres, hombres, ancianos, niños, fallecieron en centros médicos, lejos de sus familias. Nunca habían conocido la gripa y cuando ésta llegó, no la resistieron. La disminución de su población fue importante. 

Llegó nuestro turno. Nos encontramos en el área no municipalizada de Tarapacá, Amazonas, ubicada a orillas del río Putumayo y punto inicial para el viaje hacia Pupuña. La preparación para la entrada a este territorio fue ardua y con cautela. Días antes de partir las autoridades de la organización indígena de la zona nos reunieron varias veces para contextualizarnos sobre las malokas que visitaríamos. Sin embargo, aquello que escuchábamos eran solo saberes transmitidos mediante la oralidad. Nadie había entrado en ese territorio. Luego de exámenes médicos, de uso de medicina tradicional para la prevención de enfermedades físicas y espirituales, el día de nuestra partida se hizo realidad. Muy temprano subimos a una chalupa metálica con un motor fuera de borda de cuarenta caballos de fuerza y cargamos las pocas maletas en las que cada uno llevaba lo básico para trabajo en campo; y mi cámara porque deseaba buenas imágenes de este extraordinario lugar. Desde que salimos todo era incierto, no sabíamos cuándo volveríamos, los únicos referentes eran las historias de los abuelos y autoridades tradicionales. Nuestro motorista debía llevarnos selva adentro, hasta cierto punto, en donde debíamos esperar varios días mientras otros indígenas vigilaban nuestro estado de salud y miraban nuestro pensamiento. Ya habíamos entrado al caño Pupuña, era como estar en otro mundo. Pupuña, llaman ellos a la especie de palmas que bordean el caño por donde se ingresa a su territorio, no crecen solas, crecen en conjuntos de entre ocho a diez palmas, cubiertas de espinas negras, grandes y rústicas en el tronco. Miden entre diez y quince metros, nacen desde el agua o desde la tierra, pero siempre en dirección hacia el agua, su fruto es color rojo-naranja que sirve de alimento para los peces. Recorrer este río es simplemente majestuoso. 

Nos ubicaron en una casa a la orilla del río con una familia que hablaba algo de castellano y esperamos la autorización para continuar el viaje. Esa es la dulce espera que tiende a desesperar, pero enseña la calma. Lejos estábamos de nuestro mundo y nuestras familias. Empecé a escribir todo lo que nos ocurría para conservar un poco la noción del tiempo y registrar lo que ocurría cada día. Transcurrieron los días y semanas. Pasábamos los días entre la hamaca, los baños en el río donde nadábamos hasta cansarnos, las conversaciones entre el personal del equipo de trabajo; y si acaso alguien pasaba a vernos de lejos como si fuéramos seres de otro planeta. A lo lejos escuchábamos los tambores, cascabeles, voces de muchas personas. Al atardecer se desplazaban siluetas semidesnudas con adornos de plumajes que embellecían más con el caer de la luz del sol. Nos mandaban chicha a nuestra casa, la tomábamos mientras sentíamos que estábamos en un lugar mágico, bello y frágil. Sentimos temor de acercarnos, temor porque podríamos contaminarles con alguna enfermedad; ese temor de causar un daño no a una persona sino a toda una población es un sentimiento aterrador. Ellos temían, nosotros también.

Solo hasta la última noche, sin saber que era nuestra última noche en el lugar, nos permitieron acercarnos a la gente, al sonido de los tambores, de los cantos y nos encontramos decenas de personas en un trabajo ceremonial precioso. Era la preparación para un ritual de pelazón; la fiesta tradicional más importante del pueblo tikuna que se celebra cuando a las niñas les llega la primera menstruación. Se les prepara para el rol de mujeres en la comunidad, asumen un nuevo nombre y se les quita el cabello en señal de renacimiento a una nueva vida. Todos tomaban chicha mientras elaboraban los trajes y adornos para la fiesta; repasaban una y otra vez que todo estuviera perfecto: trajes, yanchamas, plumajes, pinturas, canciones, bailes, comidas, bebidas y el orden de la fiesta. Las mujeres vestían plumas, estaba todo muy oscuro, solo alumbrados por la luz de la luna, las estrellas y una llama de fuego no muy grande. Hasta casi el amanecer compartimos, bailamos y volvimos a nuestro lugar de hospedaje.

Tan solo habían pasado un par de horas y nos vinieron a avisar que podíamos continuar el viaje, esta vez acompañados por otras personas de la comunidad. En la última maloka nos esperaba el curaca con la gente. Nos advirtieron que el caño no se transitaba hace muchos años y el acceso no sería fácil. Aunque ya estábamos lejos de todo, incluso la última comunidad estaba a varias horas por río. Ellos consideraban esa zona como el límite con el exterior, y por seguridad por ahí no solían moverse por ríos ni quebradas, solo caminaban entre la selva. Pero la caminada sería muy larga para nosotros y más con maletas a espaldas. Dejamos nuestra chalupa y cambiamos de bote por otro más pequeño de madera. Desde ese momento pasamos a utilizar un motor peque-peque (motores utilizados para navegar ríos poco profundos) ambas cosas nos permitirían maniobrar mejor. Tomaron la gasolina, hachas, machetes y partimos.   

Efectivamente, a pocos minutos de salir del puerto en el que estábamos, nos encontramos con una selva espesa que atravesaba el río y no permitía la navegación. Pareciese como si el río terminara ahí. No había paso. Con hacha y machete logramos pasar abriendo camino mientras con las manos ayudábamos a impulsar el bote. Dos días más tardamos para llegar a nuestro destino. Arribamos una noche oscura y fría, solo se veían las formas de las hojas de palma de karaná en los techos de algunas casas y la maloka principal. Nos recibió el curaca con su familia. Cuando nos relajamos para descansar, sentí tranquilidad y alegría infinita. De cierta forma, ya sabía lo que encontraríamos en aquel lugar. Ese estado natural, armonioso de la humanidad, ahí desde siempre, desde el inicio de los tiempos.    

En la Amazonia aún existen pueblos indígenas no contactados por la sociedad occidental, otros que han tenido contacto en algún momento de la historia y por decisión propia se han alejado de nuevo, guardándose en la selva profunda para huir de dinámicas asociadas a la destrucción del territorio y a la vida. Desde la llegada de los españoles los pueblos indígenas hemos resistido, aunque acabaron con numerosas naciones y civilizaciones indígenas, los que continúan intactos hacen lo necesario para que no los sientan, no los vean, no les hagan daño, ejerciendo el derecho de autodeterminación. 

Aquello que está ocurriendo ahora a nivel global -el resguardarse para para proteger la vida debido a la pandemia- es una acción que se ha tomado históricamente como pueblos indígenas. Quizá ahora la “sociedad occidental” siente una mínima parte de lo que ha sentido nuestra gente, ese miedo a cerrar los ojos eternamente por el simple hecho de encontrarse con el otro. Quizá este tiempo de pandemia sirva para generar un poco de empatía con nuestra situación como indígenas que a diario sorteamos la supervivencia a la cultura occidental. Una cultura que ha representado enfermedades, esclavitud, violaciones, desapariciones, masacres, invasión, apropiación de territorios, explotación de recursos naturales y apropiación del conocimiento ancestral. Sea esta una oportunidad para generar entendimiento y respeto hacia los pueblos indígenas.

Lena Estrada Añokazi

Indígena Uitoto Mɨnɨka. Politóloga, PhD en Sostenibilidad. Investigadora académica en la Cátedra UNESCO de Sostenibilidad en Barcelona y en la Universidad Nacional de Colombia, Sede Amazonia. Asesora de pueblos indígenas. Excandidata al Senado de la República de Colombia por la jurisdicción indígena. Defensora de DDHH, Derechos de la Naturaleza y del Amazonas.

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