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No es un país para viejas

En tiempo récord, la medicina y los laboratorios han logrado controlar una pandemia -al menos en los países que han podido pagar por ello- pero hay otros virus: la soledad, la indiferencia, la falta de cuidados; y no encontramos la receta, desconocemos las vacunas. 

Tercera edad

Tercera edad. Imagen de Sabine van Erp en Pixabay

Dice la ciencia que empezamos a envejecer desde antes de los treinta, pero dicen nuestras sociedades que a partir de los sesenta ya no somos tan útiles, ni tan listos, ni tan sanos, ni tan guapos. Que lo que decimos ya no es tan importante, que no nos estamos enterando, que no vale la pena que se nos escuche, que solo estamos dando lata.

Por un momento recuerdo a mi bisabuela, hija de las guerras, pionera de las migraciones internas en la recién creada república colombiana, cuidada hasta el último de sus días por mi abuela y la tribu entera. Pienso en sus dedos arrugados cociendo baberos, tapetes y manteles de memoria. Recuerdo a mi madre dándome la lata cuando era un niño para que fuera a visitarla cada día. 

Cuando mi padre tenía mi edad ya tenía dos hijos adolescentes. Yo aún no los tengo ni en los planes. España, Europa y el mundo envejecen a pasos acelerados. Las y los científicos han logrado lo que tanto queríamos: prolongar la vida. Los gobiernos de países del norte dan ayudas insuficientes a parejas jóvenes para que se reproduzcan, pero no podemos, no queremos, o lo vamos aplazando. La bioética cuestiona un futuro en el que se puedan restituir los tejidos, reparar las moléculas, trasplantar órganos artificiales. En tiempo récord, la medicina y los laboratorios han logrado controlar una pandemia -al menos en los países que han podido pagar por ello- pero hay otros virus: la soledad, la indiferencia, la falta de cuidados; y no encontramos la receta, desconocemos las vacunas. 

Rosa, mi vecina octogenaria, no sabe descargar la aplicación del certificado de vacunación. Ramona migró de Andalucía a Cataluña golpeada por el hambre, a duras penas terminó la primaria, no está para pagar en un restaurante con bizum y ver la carta en un QR. “Somos invisibles”, me dice Maricarmen mientras me sujeta la mano tambaleando, apoyada en su bastón. “Este espacio para charlar me da la vida, cuido a mi marido con alzhéimer desde hace ocho años. Necesito hablar con alguien, porque él ya no tiene memoria.” Me hace pensar que nosotros tampoco.

Hace días asistí a un evento sobre la España que se espera para el 2050, dedicado exclusivamente a la transformación digital. Se habla de una nueva era, de una revolución que ya estaba en marcha y que se aceleró con la pandemia, pero yo todo el tiempo pienso en esas viejas con las que trabajamos en elParlante y que también podrían ser mis abuelas. No sé para dónde vamos, pero tengo la sensación que todos y todas venimos de ese mismo mundo canoso, que camina más lento y por eso desechamos. Me hablan de big data e inteligencia artificial y yo pienso en las huérfanas de la posguerra civil española que murieron sin despedidas en las residencias por el Covid, pero, sobretodo, pienso en las que aún así sobrevivieron. Las mujeres que levantaron nuestras familias y sociedades que, con todo en contra, nos lo dieron todo y que siguen por aquí.

Un estudio sobre la brecha digital en Barcelona indica que el 91,9% de la ciudadanía está conectada, pero un 35% de las personas de más de setenta y cinco años no se ha conectado nunca y son las mujeres mayores sin estudios las que lo tienen más difícil. Precisamente esas que cuidaron y cuidaron y cuidaron a sus hijos y a sus nietos. Y a los de la vecina y a los de la patrona. Las que dejaron de ser para que otros y otras fueran. No quiero ni imaginar la exclusión que esta revolución de minorías va a provocar en sociedades más desiguales que en la que vivo.

“Que no quieren aprender cosas nuevas, que son aburridas, conservadoras, asexuales”. Entre las cremas antiarrugas, los batidos para adelgazar y los tintes para el cabello, los estereotipos edadistas las persiguen y los medios de desinformación las presionan sin parar. 

“Nadie debería ser castigado por envejecer”, dice Saul, uno de los personajes de Grace & Frankie la serie de Netflix que intenta hablar de personas mayores y homosexualidad. Algo está cambiando.

La gente vieja es el futuro y es un privilegio llegar a viejo. Lo contrario a envejecer es estar muerto, pero pensarlo como privilegio es antisistema y ni este, ni el tuyo, querido Comején, son países para antisistemas. En realidad, tampoco son aún países para maricas, ni para inmigrantes, ni para pobres, ni para feos, ni para ciegos, ni para enfermos, ni para locos, ni para lelos. Para nada que no sea blanco, hetero, masculino, no muy joven, no muy viejo. 

Jane Fonda, la diva del cine que vendía aeróbicos en la tele de los 90, y que de vez en cuando sigue siendo arrestada a sus 81 años por marchar a favor del clima, es la actriz que protagoniza la mencionada serie y dice que esta ha sido posible gracias a tantas luchas de los movimientos sociales.

A los que nos dedicamos a la educación y la comunicación, nos toca recordar que todas las luchas son la misma para seguir hablando de dignidad desde la escuela, el arte, la casa y el barrio, seguir dando la lata para que en este país y en el tuyo, querida Comején, quepan todas las viejas y todas las personas que se salgan de la norma, que caminen por los márgenes, las que anden con silla de ruedas, las que no se hallen en su cuerpo, las que estén más solas, las que estén sin casa o no puedan volver a ella, porque ya no la encuentran en la memoria.

Y a todos y todas, en general, nos va a tocar escuchar más a nuestras ancianas cercanas, porque como propondría Anna Freixas en su libro Yo, vieja, acompañarlas puede ser también celebrar con desparpajo, el vivir una vejez confortable y afirmativa, una edad mayor elegante, relajada y firme en las que, mientras nos desplazamos por el calendario, somos capaces de escudriñar la vida y las relaciones cotidianas con perseverancia, agudeza y libertad.

Nació en Barranquilla, en 1984, una noche de Guacherna. Es Comunicador Social y Periodista de la Universidad del Norte. Máster en Documental Creativo por la Universitat Autònoma de Barcelona y PhD en Comunicación por la Universidad Pompeu Fabra. Profesor invitado en varias universidades de España y Colombia, asesor de gobiernos municipales en Cataluña. Fundador y coordinador de la Associació Cultural elParlante desde 2009.

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