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In memoriam

Ángela Salazar Murillo ha fallecido y deja un vacío importantísimo, pero también deja una huella que debe tomarse como una fuerte referencia. Publicamos esta entrevista póstuma concedida a Toni García-Villaraco, colaborador de EL COMEJÉN

Toni Garcia-Villaraco
Ángela María Salazar, lideresa afrodescendiente

Tuve la suerte de poder conocer a Ángela Salazar Murillo en enero de este mismo año. Toda una referente del liderazgo comunitario afrocolombiano, integrante de la Alianza Iniciativa de Mujeres Colombianas por la Paz, y de la Mesa Departamental de Víctimas de Apartadó. Me recibió en la Comisión de la Verdad, siendo ella una de las once personas comisionadas. 

Ángela ha fallecido y deja un vacío importantísimo, pero también deja una huella que debe tomarse como una fuerte referencia. Escuchar a las víctimas, relatar para dignificar y crear espacios de reconciliación y convivencia son algunos de los elementos que marcaron su tarea y que deben seguir siendo parte imprescindible en la construcción de la paz. Seguir el camino que humildemente trazó es el mejor homenaje que se le puede hacer. 

¿Cómo vivió el proceso de paz de La Habana? ¿Qué balance hace de los Acuerdos?

El proceso de paz empezó generando muchísimas dudas. Al principio había un escepticismo tenaz entre nosotras las víctimas. Pese a eso también nos dejamos seducir poco a poco por las expectativas, y desde el principio creímos que ese proceso de paz era necesario y que, además, podía llevar a otros procesos de paz con otros actores armados como el ELN o las BACRIM. Yo personalmente intenté colaborar haciendo charlas y talleres en escuelas y universidades con el objetivo de concienciar. Me parecía que era necesario incidir en la necesidad de la paz.

Una de las cosas más importantes es que el hecho de que el relato construido no se judicialice nos permite hablar más libremente. Nosotros no buscamos condenas, sino tenernos unos frente a otros, darnos la cara

Sobre el resultado de los acuerdos debo decir que en mi opinión este es, de todos los que ha habido, el mejor acuerdo de paz que se ha firmado en Colombia. No porque yo haya quedado en la Comisión [de la Verdad], porque yo ni siquiera pensaba que iba a estar aquí, sino porque creo que se ha hecho el ejercicio de trabajar con las víctimas y con la población civil. Esta parte de la población podía hacer propuestas que luego, como nos constó, eran leídas y tenidas en cuenta en las negociaciones de La Habana. 

Tras el acuerdo vino la ratificación y en el plebiscito ganó el “no”. ¿Cómo explicaría este resultado?

Así fue. Cuando creíamos que la paz estaba ya a la vuelta de la esquina llegó el plebiscito y la victoria del “no”. Sobre el plebiscito debe decirse que este se realizó jugando sucio y en base a mentiras por parte de los defensores del “no”. Pero creo que lo más importante de destacar es que se comprobó que donde más víctimas había ganó el sí a la paz. Las que hemos vivido el conflicto en carne propia no queríamos ni pensar en que nuestros hijos o nietos volvieran a sufrir la violencia del conflicto armado. Creíamos que era necesario hacer el tránsito de la guerra a la paz. Me quedo con esa perspectiva de las víctimas. 

Pese a la firma definitiva de los acuerdos la realidad es que la violencia continúa. ¿Cómo explicarías la actual situación? ¿En qué momento está Colombia?

Al firmar los acuerdos se empezó a hablar de posconflicto, pero la realidad es que no había ni hay posconflicto. Las mismas comunidades hicimos entender que la situación era de posacuerdo, pero que en ningún caso podíamos hablar de un conflicto terminado. 

Se busca también terminar con las discriminaciones raciales y las actitudes de supremacía. Se trabaja con una metodología de sembrar estos valores sin sacar a los niños y niñas de sus entornos

Actualmente la implementación tiene muchas dificultades que, creo yo, se deben a la falta de voluntad política de los entes que tienen poder de decisión. Cuando ya estábamos pensando que el capítulo del conflicto armado iba a cerrarse hemos visto como la violencia sigue expresándose. Cada vez lo hace con actores más difusos, con mucha vinculación al narcotráfico, a la explotación del territorio y al sicariato. 

Había una propuesta de paz muy interesante, pero lo cierto es que todavía no hemos sido capaces de encaminarla correctamente. Pese a eso seguimos con la esperanza de seguir con el reto de hacer que la paz esté cada vez más cerca. 

Una parte importante de la construcción de la paz se juega en los procesos de reconciliación y el favorecimiento de una convivencia sana. ¿Qué opinión tiene al respecto?

La reconciliación entre los ciudadanos y ciudadanas es un proceso fundamental para avanzar como sociedad. Muchas veces el ejercicio de la reconciliación no se entiende. Mucha gente no entiende que una persona pueda encontrarse con el excombatiente que tanto daño ha causado, pero este es un proceso necesario para volver a ser comunidad y para que la confianza en el otro no quede para siempre obstaculizada. 

Evidentemente estos procesos de reconciliación requieren de un importantísimo trabajo psicosocial con los actores. La carga emocional es muy fuerte y se pasan momentos muy duros, tanto para la víctima como para el perpetrador. Es por esto que estos procesos requieren de una preparación previa para todos los actores. 

La reconciliación es precisamente el elemento que puede llevarnos a construir nuevos espacios de convivencia. Y cuando hablo de convivencia hablo de algo que tiene que ir más allá de la retórica. La convivencia tiene que ver con el fortalecimiento de las relaciones interpersonales a todos los niveles: familiar, vecinal, etc.

Todos estos procesos, más allá de lo que podamos pensar y decir sobre ellos, ¿cómo se concretan?

Las estrategias de reconciliación deben ponerse a funcionar desde ya. Uno de los ámbitos en los que más se debe incidir es el de la infancia. No me canso de nombrar y destacar el proyecto Movimiento Infantil de Sembradores de Paz, en el Urabá, en el que se trabaja con niños y niñas de entre seis y doce años. Se habla de amistad, de compartir, de derechos, de respeto, de empatía. Se aprende a ponerse en los zapatos del otro. Se busca también terminar con las discriminaciones raciales y las actitudes de supremacía. Se trabaja con una metodología de sembrar estos valores sin sacar a los niños y niñas de sus entornos: las reuniones y talleres se hacen en las casas, con las familias. Es una experiencia muy bonita y puede servir para ejemplificar cómo concretar esta idea de convivencia.

Por otro lado, creo que también es necesario hablar de la otra cara de la moneda: la venganza. ¿Por qué se da y cómo funciona? ¿Cómo se puede acabar con estas lógicas?

Es cierto que muchas personas justifican el estar en un grupo armado o ejercer la violencia por venganza. Yo sé de gente que ha entrado en grupos armados con la intención de recorrer el territorio hasta poder cobrar la venganza. “Donde lo vea, lo mato”, me decía una mujer. ¿Pero qué pasaría si todas las personas hiciéramos lo mismo? ¿Será que el daño que a mí me causaron justifica el daño que yo pueda hacer? Esa es una pregunta que nos tenemos que hacer como individuos y como sociedad.

Por otro lado, es importante que para que se dejen de reproducir los ciclos de venganza se den las herramientas necesarias. Muchas de las personas vengativas han sido víctimas que nunca recibieron por parte del Estado atención psicosocial, ni acompañamiento, ni ningún servicio para mejorar la calidad de vida y dignificarla. Dicho de otro modo: no hay un entorno protector que proponga alternativas y que busque evitar estas actitudes de venganza.

¿Por qué es importante la tarea de la Comisión de la Verdad en Colombia?

Creo que la verdad siempre debe buscarse. Memorias generales del conflicto, sí, pero también historias concretas de personas comunes. Debemos reflexionar sobre lo que hemos hecho como sociedad, y para poder hacer esta reflexión debemos profundizar hacia la verdad. Buscarla es hacer un ejercicio de cuestionamiento constante. 

En cuanto a nosotros como Comisión, creo que hacemos parte de esta tarea. Una de las cosas más importantes es que el hecho de que el relato construido no se judicialice nos permite hablar más libremente. Nosotros no buscamos condenas, sino tenernos unos frente a otros, darnos la cara. No con sed de venganza, sino para reflexionar conjuntamente y reconocernos. La sociedad reivindica la verdad. Falta todavía mucho por esclarecer, pero el trabajo que estamos haciendo es un inicio.

¿Qué opinas del arte como generador de dinámicas de paz?

El arte es algo que nos ha ayudado a sobrevivir. El arte, la música, el baile o la poesía son la cultura que, en el caso de los afrocolombianos, por ejemplo, nos sirve para expresar nuestra cosmovisión. Además, todo este mundo artístico nos ayuda a mantenernos en comunidad, a consolar, a apoyar y a sanar. El arte es también una forma en convivencia porque se hace a partir de las vivencias de la gente.

El arte nos ha servido para cantarle a la vida, mantenernos en pie y reflexionar. A través de él somos capaces de decir aquello que de otra forma callaríamos. Es una fuente de resiliencia y nos ha ayudado a reconstruirnos, reorganizarnos y resistir.

Toni Garcia-Villaraco

Barcelonés, graduado en Humanidades y Ciencias Políticas, centrado en la investigación de conflictos armados y construcción de paz en América Latina.

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