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En Brasil la religión no salva vidas

Si hay algo que no falta en la precaria infraestructura de un barrio periférico de una ciudad o pueblo del nordeste que haya visitado, es una iglesia evangélica, otra católica, un televisor y un celular

La religión en Brasil

La religión en Brasil.Imagen de Raheel Shakeel en Pixabay

La expansión de contagio de coronavirus en Brasil tiene, entre otros, un sustento fuerte en la religión. A la precariedad en el sistema de salud, se suma el papel de las iglesias evangélicas y su relación política con el actual desgobierno de Jair Mesías Bolsonaro. ¡Qué paradójico, se llama Mesías!

La incredulidad de la propagación y la letalidad del virus se instalan en el juicio de los creyentes que depositan en la fe cualquier designio y explicación; ¡y claro!, puede ser la del presidente en televisión (o en el vídeo de WhatsApp). Después de todo, él es un creyente más: «No hay que acobardarse con ese virus, Dios está con nosotros», aseguró días atrás el presidente cuando comenzaron a conocerse los incrementos de casos. 

El actual congreso de la República es reflejo de este panorama, en donde los partidos evangélicos pueden llegar a tener la misma fuerza de lo que en Brasil se conoce como los ruralistas

Pocas veces he visto televisión abierta brasileña, pero si hay algo que llama la atención es que más de la mitad de los canales son empresas dedicadas a los “asuntos del reino de dios”. De cuatro canales tres son evangélicos. 

En ese dispositivo de comunicación que sagradamente posa en el cuarto o en la sala de miles de familias brasileras, y en las pantallas móviles, donde el mensaje del mandatario circula minimizando la emergencia sanitaria como parte de una fantasía de los medios de comunicación aliados a gobernadores, desestabilizadores y antipatrióticos que descuidan la economía e imponen la cuarentena para engañar a la población con esa cuestión del coronavirus. O, como él lo llama, de esa “gripezinha”, del “resfriadinho”. Ahora, la estrategia de cambiar el discurso no engaña, pero el daño ya está hecho. 

Al día de hoy, pese al evidente subregistro dada la falta de pruebas, Brasil se encuentra en el deshonroso segundo puesto de más contagios en América, después de Estados Unidos; otro barco comandado por una figura grotesca. Nada de casual que sean los países que más casos registran. 

De los hospitales salen relatos cotidianos de profesionales de la salud frente a lo traumático que está siendo atender la emergencia epidemiológica como en todo el mundo, mientras que en las calles varias marchas han sido convocadas por él y sus seguidores, burlando medidas de distanciamiento físico que la OMS sugiere para evitar aglomeraciones. 

Un segmento considerable de brasileros y brasileras que ven en la fe la única posibilidad para aferrarse y sobrevivir con lo mínimo en un mundo cada vez más adverso

La ficción de gobierno en la que vivimos oscila entre un acto de carácter golpista, con él pronunciándose ante manifestantes con pancartas que exigen la intervención militar, el cierre del Congreso y el Tribunal Superior Supremo (Corte Constitucional); y un en vivo de dos horas en la Tv Brasil con los líderes evangélicos, en el que afirma con vehemencia que la pandemia está pasando y que el Brasil es el país más cristiano del mundo, para después cerrar con el versículo 32 capítulo 8 de la biblia citado con frecuencia en sus discursos: “conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres, cada vez más precisamos de libertad”. ¡Vaya libertad! Con los militares en el poder, y el Congreso y la Corte Constitucional cerrados. Pero de seguro, sí él lo dice al unísono con los pastores es el camino, pensaran muchos creyentes.  

Qué deus fique no comando de nossas vidas!, me dice una vecina evangélica del barrio donde vivo en una ciudad al nordeste del país, para referirse a la suerte de nuestras vidas en estos tiempos de castigos divinos. Pero ella sigue asistiendo a su iglesia sin falta -me cuenta- porque ahí encuentra la protección de dios. A pesar de que más recientemente se obligó al cierre de los centros de culto, un periódico local titulaba a mediados de marzo: “Mega iglesias continúan abiertas y dicen que fe cura el coronavirus”, titular que venía acompañado de una frase de uno de los pastores de una de las iglesias con más seguidores en todo Brasil, “para estar ileso al coronavirus es preciso tener coronafe”.  

La manifiesta desigualdad social en espacios geográficos precarios y con la más completa ausencia del poder público, el racismo y la misoginia estructural -que tanto ha practicado en su vida política el siniestro personaje de esta historia-, la pobreza, herencias de un colonialismo vigente, resultan en la pérdida de la dignidad de un segmento considerable de brasileros y brasileras que ven en la fe la única posibilidad para aferrarse y sobrevivir con lo mínimo en un mundo cada vez más adverso.  

Eso explica el crecimiento exponencial de creyentes evangélicos que actualmente cuentan con el 31,8% de fieles en el país, y quienes, de acuerdo a algunas investigaciones, van a sobrepasar en unos años al total católicos (44,9% de fieles). Si hay algo que no falta en la precaria infraestructura de un barrio periférico de una ciudad o pueblo del nordeste que haya visitado, es una iglesia evangélica, otra católica, un televisor y un celular.

Son en estas poblaciones expresamente cristianas y católicas en que los discursos del presidente fundamentados en la religión en un Estado que se dice laico, explotan y se instalan en la definición de afinidades ideológicas que en últimas inciden, por una parte, en la cultura política de cómo afrontar estos tiempos de la pandemia, y por otra, en el futuro electoral del año 2022.   

El actual congreso de la República es reflejo de este panorama, en donde los partidos evangélicos pueden llegar a tener la misma fuerza de lo que en Brasil se conoce como los ruralistas: empresarios del agro negocio. O mejor, pueden ser los mismos, conocidos como la bancada BBB: bancada armamentista (da bala), bancada empresarial (do boy – ganadería) e bancada evangélica (da Biblia), aliados estratégicos en el desgobierno actual de ultraderecha. 

Parte de la alienación vino a través de la fe que, al igual que en el plebiscito del proceso de paz de 2016 en Colombia, fue fundamental en las elecciones de 2018 en Brasil mediante la combinación de fake news sobre la ideología de género en las escuelas y la entrada del comunismo a través del chivo expiatorio de los gobiernos de extrema derecha en el continente: Venezuela.

La creencia bajo la modalidad de la fe en este tiempo de pandemia borda entre la irresponsabilidad informativa, la falta de medidas y el genocidio de las capas de la sociedad subalternadas históricamente, en el que la religión juega un papel protagónico. Y esto no parece cambiar.

Antropólogo colombiano radicado en el noreste brasilero, y aspirante a magister en geografía en la Universidad Federal de Pernambuco, Recife. Investigador del Caribe colombiano referido al despojo de tierras a comunidades étnico-rurales, conflictos interculturales y música y sociedad.

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