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De la convivencia escolar a la convivencia familiar

Más que el número de muertos lo que va en aumento exponencial es el miedo y, en general, los desarreglos emocionales. Lo que se veía como una amenaza distante asoma a la esquina de tu cuadra y la cantidad de afectados incluye a personas cercanas a tu entorno

Rubén Darío Cárdenas
Convivencia durante la pandemia

Convivencia. Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

«Eres esclavo de lo que dices y dueño de lo que callas».

Proverbio antiguo

«En tiempos en que jugar parece ser lo menos apropiado, puede que sea lo más urgente«.

Isabel Behncke

No sabemos a ciencia cierta hasta cuándo se extenderá esta pandemia, pero lo que sí estamos padeciendo son sus secuelas. Más que el número de muertos lo que va en aumento exponencial es el miedo y, en general, los desarreglos emocionales. Lo que se veía como una amenaza distante asoma a la esquina de tu cuadra y la cantidad de afectados incluye a personas cercanas a tu entorno. A este miedo por algo que ha volado de un continente a otro y que traspasa muros y puertas, se suma la cruda realidad de las consecuencias económicas que ha traído este aislamiento obligatorio. Empresas cerradas, despido de personal, incumplimiento de pago de salarios, incumplimiento de pagos de arriendo, de servicios, de créditos y la imposibilidad de satisfacer, con holgura, las necesidades básicas del hogar. Se ha llegado al punto de entrar a priorizar gastos: ¿a cuál de nuestros hijos matriculamos?, ¿nos cambiamos a un colegio más barato o acudimos a un colegio público?, ¿qué bienes empezamos a vender para aguantar este vendaval sin rumbo?

En los colegios, como en la casa, algunas normas no admiten ninguna discusión: son inapelables

Este es apenas un abrebocas de todo lo que acontece en muchos hogares colombianos. Sirve para entender algunas de las causas de la violencia intrafamiliar que se ha disparado durante el confinamiento y ha requerido, en más de una ocasión, atención policial porque ha terminado con víctimas, algunas de ellas fatales. ¿Cómo podemos desde la escuela intervenir ante esa olla a presión en que se han convertido muchos hogares? ¿Qué pautas podemos compartir con las familias para atajar situaciones aparentemente insalvables? Intento extrapolar las dinámicas que hemos consolidado en el ámbito de la escuela y llevarlas al espacio educativo en que se ha transformado la casa. Lo que son los asuntos de la pedagogía y de los contextos, antes para explicar la importancia del Manual de Convivencia, de los derechos y de los deberes y de la aceptación de las sanciones, entendidas éstas como consecuencias de nuestras acciones, nos referíamos a la imagen ideal de la familia, como núcleo de la sociedad y ejemplo a seguir en aquello de llegar a acuerdos para convivir en paz. Ahora tomaremos el camino inverso.

Estar entre cuatro paredes puso a prueba las habilidades sociales de los miembros de las familias. El reto que había sido observado durante muchas ocasiones en los reality show de televisión era, de la noche a la mañana, la realidad cotidiana, algo de lo que no se podía escapar. No había lugar para “amenazados” o para “expulsados de la casa estudio”, los días traían su afán y lo que inicialmente se pensó transitorio se fue alargando tediosa -en algunos casos- y peligrosamente, en otros. Convivir se convirtió en el verdadero reto del confinamiento. Rápidamente las sintomatologías evidenciaban que los grupos familiares mejor preparados para el encierro obligado eran aquellos en los que la convivencia estaba enlazada por el amor, el respeto y, especialmente, por unos rituales que aseguraban la comunicación y la cohesión del grupo familiar. Muchos grupos familiares modernos: televisor en cada cuarto, dispositivos electrónicos de alta gama en manos de los hijos, con una mesa de adorno porque cada uno comía a “su tiempo” o con “servicio al cuarto”, y los grupos familiares con problemas relacionales, que se habían venido aplazando, se encontraron ante la disyuntiva de recomponer sus dinámicas familiares o enfrentar las situaciones de conflicto y violencia que seguramente empezarían a presentarse. Fracturas de la convivencia que encontrarían el combustible en la cantidad de situaciones problemáticas que cada hogar debió empezar a enfrentar y resolver. Con la diferencia que los hogares fortalecidos en lazos de afecto y rituales para cuidar la convivencia tendrían los arrestos para hacer frente a las dificultades; en los segundos, en cambio, estas dificultades se convertirían en la “cantaleta”, en la discusión y en la pelea cotidiana. Ante el naufragio aquellos se aferraban, se apoyaban y hacían equipo para no dejarse hundir, estos se desgastaban en rencillas mientras el barco hacía agua.

El niño acepta la orden, el adolescente la cuestiona y termina aceptándola a regañadientes, el joven -casi adulto- decide montar su propio castillo en su cuarto o imponerles condiciones a sus hermanos y allí empieza la debacle

En nuestros estudiantes comenzamos a detectar síntomas de esta diversidad de hogares y de problemáticas, en unos casos más graves que en otros. El estudiante brillante en la educación presencial y de repente silenciado en la educación virtual. El estudiante que se conectaba pero que apagaba su cámara para no interactuar. Los estudiantes con ojos de escaso descanso nocturno debido a las grescas familiares. Los estudiantes con ojos llorosos que escondían el dolor de un maltrato. Los estudiantes tristes o dispersos por causa de la separación de los padres. Los estudiantes que de repente se dejaban de conectar. Los estudiantes que definitivamente no lograban entusiasmarse con las propuestas de sus maestros. Ahora al retornar a clases seguramente nos llevaremos ingratas sorpresas. Las instituciones educativas debemos tener la capacidad para conocer de este tipo de problemáticas e intervenir. Para esto es fundamental el nivel de acercamiento y comunicación entre estudiantes, y de los profesores con los estudiantes, algo bastante complejo, pero no imposible en la educación virtual.

En el colegio tenemos el Manual de Convivencia, es nuestro contrato social, retomando las palabras de Rousseau. Todo está escrito para evitar ambigüedades en la aplicación de los acuerdos y normas que están allí consignados. En la familia no hay un Manual, no hay un documento escrito que recuerde permanentemente acuerdos y normas. Hay unas palabras consideradas mayores porque son estipuladas por mamá y papá o quienes hagan las veces de cabezas de familia. Son reglas que no admiten discusión porque protegen el orden y la armonía básica de la casa. Todo funcionaba aparentemente muy bien hasta que llegó el encierro. Este obligó a retomar o reconsiderar esas reglas claves y si era del caso -en muchos hogares lo hacen- dejarlas enunciadas en un tablero, al igual que el listado de responsabilidades con sus correspondientes dolientes. Una de las causas, no la única, de los casos de violencia intrafamiliar tiene su detonante en la no aceptación de las normas impuestas por los cuidadores, sean paternos o no. Esto, a su vez, esconde una ausencia de comunicación en los hogares. El niño acepta la orden, el adolescente la cuestiona y termina aceptándola a regañadientes, el joven -casi adulto- decide montar su propio castillo en su cuarto o imponerles condiciones a sus hermanos y allí empieza la debacle. Por eso debe hacerse lo que se hace en los salones de clase: siempre al iniciar al año escolar se socializan los aspectos puntuales del Manual de Convivencia. Las normas y las reglas de convivencia deben ser interiorizadas, no como fruto de una imposición, sino con su espíritu de salvaguardar la vida en comunidad y proteger la integridad y la dignidad de cada uno de sus miembros. En los colegios se cambian algunas reglas y normas cuando éstas se tornan obsoletas, cuando dan la posibilidad de incurrir en actuaciones injustas o cuando algún miembro de la comunidad o un determinado grupo llama la atención sobre su incongruencia para atender determinada situación. En los colegios, como en la casa, algunas normas no admiten ninguna discusión: son inapelables. Lo importante es que se justifique su importancia para el cuidado de la comunidad y su relación con su labor formativa. Es un “pongámonos de acuerdo”, que puede ser sometido a la discusión, pero en el que prevalecerá el interés de todos y en el que los padres no declinarán su lugar como voz de la experiencia, como líderes de una empresa común y como previsores de lo que pueda deparar el futuro. La autoridad adquiere relieve porque esta mediada por las buenas intenciones que transmite el afecto. Los problemas vienen cuando el adolescente o el joven sienten que no hay claridad en las normas y que estas cambian al vaivén de los caprichos de los padres. En la contingencia lo lógico era empezar por recordar ese cuerpo de normas básicas y, si era del caso, renegociarlas a la luz de los acontecimientos. En muchos hogares se negoció la tenencia de los dispositivos electrónicos: quedaron restringidos a usos de la escolaridad, del trabajo y por espacios de tiempo precisos en la sala o en la soledad de los cuartos. Quedaban prohibidos en la mesa, en la sala y en los lugares de esparcimiento común. En otros hogares se negoció la realización de los deberes domésticos y la mayoría concertó el uso de espacios comunes, privilegiándolos para conversar, leer, jugar, hacer celebraciones de mutuo acuerdo y realizar sesiones de anécdotas, historias y relatos. Esta claridad, si era del caso haciendo registro escrito de responsabilidades, un cronograma o unas normas que no se podían romper, organiza la vida familiar y evita conflictos.

Para restablecer la comunicación en los colegios se utilizan los comités de convivencia o la figura de los mediadores, en la familia se puede acudir al mismo recurso

El segundo aspecto por el que se presentan la mayor cantidad de conflictos en el ambiente familiar tiene que ver con el mismo valor por el cual se presentan la mayor cantidad de conflictos en el ambiente escolar. Me refiero al respeto, considerado la base de los otros valores que sirven de faro a la convivencia. En la casa la mata de los problemas es la falta de respeto. Cuando los miembros de la familia terminan en actos de violencia es porque una situación de irrespeto ha llegado al límite. ¿Cómo evitar llegar al límite? El respeto está íntimamente relacionado con la escucha y con la comunicación, en general. No puede haber comunicación si los participantes de una conversación no se miran a los ojos, si todos no se sienten visibilizados respecto a que su palabra será escuchada. Si algo hace daño es guardarse las molestias, los atropellos y los irrespetos. Para que ello no ocurra es importante que haya diálogo, que se propicien espacios para sacar lo que cada uno tiene dentro. Suele suceder que varios integrantes están sintiendo lo mismo: hablar permite bajar la tensión a los problemas. “¡Tengo miedo de enfermarme! Tengo miedo de morirme, me siento desesperado con este encierro, ¿qué vamos a hacer sin los ingresos de Sebastián? No me renovaron el contrato. Estoy muy irascible y por eso contesto mal. La situación con su papá ha llegado a una sin salida, es mejor que se vaya, él no logra controlarse y no estoy dispuesta a tolerar sus atropellos”. Si hay verdadera escucha seguramente el grupo familiar podrá intentar aliviar la situación. Si la comunicación se ha roto el terreno se torna pesado y puede terminar en hechos de violencia. Para restablecer la comunicación en los colegios se utilizan los comités de convivencia o la figura de los mediadores, en la familia se puede acudir al mismo recurso: un tercero escucha las partes, puede ser un familiar que no conviva en el mismo espacio o se puede pedir ayuda al psicólogo del colegio. Un mediador escucha, a cada uno le valora su punto de vista, determina la situación que está generando el conflicto y cuál puede ser el camino para que se resuelva. En las instituciones educativas hablamos de justicia restaurativa: cuando un estudiante ha realizado una acción que trasgrede las normas o que indispone, molesta o daña a un compañero, lo que importa no es el castigo -foco de la educación tradicional-, sino la reflexión que el estudiante realice sobre las actitudes en que ha incurrido y asuma, por tanto, las consecuencias de lo que ha hecho. Más que el registro de la situación, lo realmente importante es evidenciar que el estudiante ha entendido las implicaciones éticas de la acción realizada y que indique de qué manera va a reparar el daño causado. Esta visión de la sanción es más pedagógica porque restaura los lazos de compañerismo, de amistad o incluso de confianza, cuando se trata de un profesor o alguien que asume las veces de adulto responsable. En el entorno familiar puede surtirse el mismo mecanismo, siempre con la pregunta que obliga a ponerse en el lugar del otro: ¿Si te hubiera pasado a ti cómo te hubieras sentido? ¿Cómo afecta a todos lo que has hecho?  ¿Cómo vas a reparar lo que hiciste? ¿Qué privilegios quedan suspendidos ante la gravedad de tu falta? No bastan las promesas de que no volverá a pasar. Es importante que los niños y jóvenes sientan la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. El relajamiento de las normas empieza cuando los padres no obran con igual firmeza con todos los hijos.

Sabemos que pasamos tiempos difíciles, pero necesitamos hogares optimistas, proactivos, que se la luchen para salir adelante, que en lugar de la quejadera se pregunten ¿cómo podemos solucionarlo?, ¿qué nos podemos inventar para generar ingresos? ¿Cómo puedo mejorar la calidad de la convivencia en mi casa?

A modo de síntesis, podríamos afirmar que para que los conflictos familiares no deriven en situaciones de violencia es importante que haya claridad en el cuerpo de normas y acuerdos que protegen la convivencia en casa, es fundamental que haya diálogo entre los miembros de la familia y todas las relaciones deben estar basadas en el respeto. Quien incurra en hechos que molestan o agredan a los otros será motivo de una especie de comité familiar, con el propósito de que asuma la responsabilidad de lo que ha hecho y reflexione sobre sus implicaciones en la armonía familiar, de igual forma debe señalar de qué manera va a reparar a los afectados y qué restricciones asume, como expresión de que comprende las consecuencias de lo que ha hecho y se compromete a no volver a incurrir en acciones similares. Pero no es suficiente, ahora debemos pensar cómo restarle presión a los problemas que sacuden al grupo familiar. En los salones de clase nos inventamos dinámicas que incluyen juegos, actividades deportivas y presentaciones artísticas, todo con el propósito de que haya interacción e integración y que se rompa la tendencia de los pequeños grupos, formados siempre con los mismos integrantes. En los grupos familiares debemos replicar las dinámicas de los hogares que han convertido el confinamiento en un renacer de la vida familiar, convirtiendo cada espacio y cada momento en oportunidad para manifestar cuánto nos necesitamos y lo a gusto que nos sentimos acompañados. Los deberes de la cocina son compartidos y todos asumen roles en la elaboración de los alimentos, en su servida o en el aseo de los utensilios. El espacio del comedor es precedido de rituales de agradecimiento y en la charla se ventilan asuntos de interés común. Hay distribución festiva de los deberes para mantener aseada la casa, con rotación para que no se recargue a nadie. Hay disfrute compartido en la observación de películas, videos musicales y documentales. Son de vital importancia los rituales que estrechan los lazos de la vida familiar, como la lectura compartida de un libro, la narración de cuentos, el recuerdo de anécdotas de la vida familiar, destapar y hojear álbumes familiares, propiciar las presentaciones donde aparecen las dotes artísticas, el que pinta, el que toca un instrumento musical, el que declama, el que canta, los que hacen representación teatral y se las ingenian con el vestuario; en algunos hogares se le abre un espacio a la oración y cada integrante expresa un deseo por el bienestar de todos, en fin, todo aquello que refuerce los lazos de pertenencia al grupo familiar, la importancia que cada uno tiene y el gozo estético de sentirse parte de una trama narrativa familiar, oxigena y llena de afecto la vida en familia. Muchos grupos familiares han sabido sobrellevar este encierro volviéndose partícipes de los proyectos pedagógicos de sus hijos: se le midieron a hacer huertas caseras, permitieron que los niños probaran sus habilidades culinarias en la realización de una receta y fueron sus coequiperos, se arriesgaron a hacer cultivos hidropónicos, filmaron sus presentaciones para las clases de música y de danza, se prestaron para hacer representaciones teatrales y hasta armaron un “teatrín” para una presentación de títeres. Los niños y jóvenes de esta forma no se sienten solos, saben que tienen un grupo familiar que se la juega por su crecimiento personal y se sienten respaldados y amados. Esto último es la llave del éxito: cuando la norma, la regla o el acuerdo se retoma con afecto desarma a quien intenta romperla. En los problemas de violencia intrafamiliar siempre, al final, sale a flote: “Es que él o ella no me quieren y por eso me hacen la vida imposible”, “me la tienen ‘montada’, todo soy yo”, “ese señor cree que todos debemos correrle y servirle y cuando menos piensa comienza a tirarnos cosas”. Esta es la parte más compleja porque el afecto no se imposta, brota cuando es sincero y se expresa en acciones que buscan extender ese acto de humanidad.

Estamos frente a otro período, no sabemos qué tan largo, de confinamiento. Los psicólogos, los directivos docentes y, especialmente, los maestros deben estar atentos con sus estudiantes para establecer acciones preventivas cuando se tiene noticia sobre las condiciones adversas en la convivencia de un grupo familiar. Recientemente el presidente convirtió en ley de la República la obligatoriedad de las “Escuelas para padres” en las instituciones oficiales; en la exposición de motivos reza: “Disminuir el alto nivel de deserción escolar, las preocupantes cifras de desnutrición infantil, las situaciones de violencia intrafamiliar donde los más afectados son los menores de edad y generar vínculos de comunicación sólidos entre padres e hijos…”. Esta herramienta debemos aprovecharla al máximo para tener una mejor comunicación con las familias, comprometer a los padres en las tareas formativas de la escuela y contribuir a cambiar las dinámicas de ciertos grupos familiares en los que se han deteriorado los lazos familiares. Las escuelas de padres deben impulsar el análisis de las problemáticas que se han multiplicado con la pandemia: la desmotivación de los niños y jóvenes, el acceso a la educación virtual, la hiperconectividad, las implicaciones de los cuadros de ansiedad, de estrés o de depresión. Sería de gran importancia retomar los cambios en las pautas de crianza que exige el confinamiento y la importancia de reinventarse para darle lugar a algunos de los rituales familiares, que infortunadamente dejamos apagar y, en todo caso, insistir que son los espacios de diálogo y de charla, en los que compartimos lo que nos inquieta, preocupa o mortifica, los que pueden evitar situaciones de violencia intrafamiliar.

Sabemos que pasamos tiempos difíciles, pero necesitamos hogares optimistas, proactivos, que se la luchen para salir adelante, que en lugar de la quejadera se pregunten ¿cómo podemos solucionarlo?, ¿qué nos podemos inventar para generar ingresos? ¿Cómo puedo mejorar la calidad de la convivencia en mi casa? El anclaje en los procesos de aprendizaje es el mejor aliciente para los chicos y ocupa creativamente sus mentes, por ello son los maestros los llamados a ponerse la camiseta de la vida y hacer su mejor regalo: llenar de curiosidad, de preguntas y de motivación a sus estudiantes y embarcarlos en un viaje que al regresar debe traerlos transformados. 

Rubén Darío Cárdenas

Nació en Armenia, Quindío. Licenciado en Ciencias Sociales y Especializado en Derechos Humanos en la Universidad de Santo Tomás. 30 años como profesor y rector rural. Fue elegido como mejor rector de Colombia en 2016 por la Fundación Compartir. Su propuesta innovadora en el colegio rural María Auxiliadora de La Cumbre, Valle del Cauca es un referente en Colombia y el mundo.

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