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Carta abierta al ciudadano colombiano Felipe González, expresidente de España

Señor Felipe González, sé que usted puede contribuir al cese del derramamiento de sangre en Macondo, que es su misma Colombia, la que lo hizo hijo suyo sin reserva alguna. No lo veo en el bando de los que niegan que haya masacres diarias, que haya una guerra abierta y una violación sistemática a los Derechos Humanos.

Arturo Prado Lima
Felipe González

Felipe González.Imagén del Confidencial Andaluz

Don Felipe González: 

Le escribo desde uno de los cuarteles del coronel Aureliano Buendía, aún en servicio activo en una de las guerras inútiles por hacer de Macondo un mundo vivible. Y le hablo no al ciudadano y líder europeo, sino al Felipe González colombiano. Al que, cuando se le concedió la nacionalidad, estoy seguro, se le hizo con orgullo y con el aplauso del pueblo colombiano.

Estoy pensando en que el también ciudadano colombiano, su compatriota Gabriel García Márquez, murió sin saber cuántos fueron en realidad los fusilados en la plaza de Macondo durante el reinado de la United Fruit Company.  Unos siguen afirmando que era un tren con varios vagones que se llevó a los muertos, y otros que fueron mil y otros que ninguno; simples fábulas de un escritor extraviado en los laberintos de la imaginación. Sea cual fuere la realidad de aquella historia inaugural de la violencia colombiana, el coronel Aureliano Buendía promovió 32 guerras civiles para vengar la matanza. Y muchas de ellas las echó a andar sabiendo que ya las había perdido.

En Macondo hay un gobierno fascista desde hace dos décadas, que viola las fronteras internacionales, asesina a líderes sociales, indígenas, estudiantes, obreros y campesinos a nombre de la democracia.

Señor Felipe González, usted que fue amigo personal del creador del realismo mágico, sabe más que nadie que esa plaza donde fusilaron a los obreros de las bananeras existe hoy, y que esa plaza es también su patria. Pero aún no ha dicho si fue un tren que se llevó a los muertos, que fueron mil o que todo es una invención del terrorismo internacional. 

Estoy seguro de que su amigo Gabo le contó alguna vez que él sospechaba que en esa Plaza de Macondo asesinaron a más de 300 mil personas. Que de ella han huido al exterior cinco millones de seres humanos y que los desplazamientos forzados dentro de la misma plaza suman otros cinco millones. Que en esa misma plaza hay 300 mil desaparecidos, decenas de miles de encarcelados y torturados. Que cada familia tiene un muerto, un preso, un exiliado, y todos son huérfanos de todos porque los dueños de la plaza nunca dejaron de pelear su única y sagrada guerra política por la hegemonía política de Macondo. A pesar de todo usted siendo como es un líder mundial, no ha levantado la voz para exigir que se pare la matanza.

Me pregunto yo, si conociendo la realidad pura y dura de Macondo de boca de su propio hermano usted no habrá sido tentado a ser otro coronel Aureliano Buendía para iniciar una guerra contra esta barbarie, y promover otras tantas contra los señores de la guerra macondiana que siguen bañando de sangre sus campos y ciudades. Pero no veo un mínimo gesto de estar preocupado por la carnicería diaria que vive nuestro país.

Usted, que ha promovido el auge de la democracia en España y Europa, que ha sido uno de los pilares fundamentales para el desarrollo económico y social de muchos países, que ha condenado la “dictadura venezolana” y la violación de los Derechos Humanos en el mundo, aún no ha dicho nada sobre el genocidio diario que sucede en nuestro país. Tengo la impresión de que se ha propuesto cerrar los ojos mientras cruza el tren con varios vagones llenos de cadáveres, y se ha instalado cómodamente en el grupo de los que niegan los asesinatos diarios y pregonan que es un producto literario que son exageraciones de los enemigos de la democracia.

Lo veo promoviendo un movimiento mundial para rescatar a un país de las garras de una clase política y parapolítica que pretende seguir allanando su existencia con la sangre de nuestros hermanos.

Nuestro Premio Nobel, al ser preguntado por la herencia histórica de Felipe González a España, Europa, Latinoamérica y el mundo, dijo que ella perduraría como un camino abierto a la democracia, a la justicia social y a la vida misma. Sin embargo, en Macondo hay un gobierno fascista desde hace dos décadas, que viola las fronteras internacionales, asesina a líderes sociales, indígenas, estudiantes, obreros y campesinos a nombre de la democracia. Que vulnera la Constitución y antepone los intereses de los colombianos a los caprichos de los amos del país. Aún no he oído una palabra de su boca.

Y allí tenemos a un Gran Colombiano, que ha sido por 14 años jefe del gobierno español, mudo ante una catástrofe humanitaria que avergüenza al mundo. Gabo no daría crédito a su silencio si estuviera vivo. Máxime ahora que ostenta la ciudadanía colombiana, gentileza del presidente Juan Manuel Santos por su apoyo a los diálogos de paz de La Habana entre las FARC y su gobierno, un proyecto piloto de paz para todos los conflictos activos hoy en el mundo. Pero llegó el uribismo al poder y cumplió su promesa electoral de hacer trizas el proyecto de paz, y aquellos líderes mundiales que podrían influir en su implementación y no en su destrucción se han callado. Y su silencio empieza a incomodar al mundo de quienes reclamamos justicia para las víctimas de tanta atrocidad.

Señor Felipe González, sé que usted puede contribuir al cese del derramamiento de sangre en Macondo, que es su misma Colombia, la que lo hizo hijo suyo sin reserva alguna. No lo veo en el bando de los que niegan que haya masacres diarias, que haya una guerra abierta y una violación sistemática a los Derechos Humanos. No lo veo en el bando de los que apoyan a un gobierno que quiere liberar al vecino de la opresión mientras oprime y asesina a su propio pueblo. Como colombiano, lo veo organizando de nuevo a Macondo, como lo hizo el viejo José Arcadio Buendía, el padre del Coronel, orientando la construcción de las viviendas de tal manera que a ninguna le llegue más luz que a la otra. Que la distancia al río de los huevos prehistóricos sea la misma y sobre todo, lo veo como José Arcadio lo hizo en su día, escondiendo a Macondo de la muerte, de esa que andaba por el mundo sembrando el pánico sin sospechar de la existencia de Macondo, donde aún no había llegado ninguna plaga de todas las que existen en el universo. 

Así lo veo, como un viejo patriarca ayudando a organizar el mundo después de rescatarlo de las mafias bananeras y de los asesinos a sueldo de los tantos regímenes totalitarios que han pasado por nuestra historia. No lo veo ignorando lo evidente. Lo veo promoviendo un movimiento mundial para rescatar a un país de las garras de una clase política y parapolítica que pretende seguir allanando su existencia con la sangre de nuestros hermanos.

Ese Macondo que hoy es más real que nunca, muestra las heridas ya laceradas de todas las guerras, los ceses unilaterales y bilaterales, los acuerdos de paz, el incumplimiento estatal a ellos y la reanudación de la guerra con más virulencia que nunca. Hoy, señor ex presidente, duele más el silencio de los que pueden hacer algo por el pueblo colombiano que incluso el rugido de los fusiles. Y duele más sabiendo que ese alguien es también colombiano. Tanto a mí como a sus compatriotas, nos gustaría escuchar su opinión sobre uno de los genocidios más horrendo que haya visto el mundo contemporáneo. Es decir, que nos diga si cree que los muertos de la Plaza de Macondo son mil, son tantos que un tren con varios vagones no fue suficiente para evacuarlos, o que allí nunca pasó nada, de allí su incomprensible silencio.

Arturo Prado Lima

Periodista y escritor colombiano. Residenciado en Madrid, colabora con medios escritos y digitales de Latinoamérica y Europa. Autor de dos novelas, cuatro poemarios y dos libros de relatos. Conferencista en el Ateneo de Madrid.

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