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Nostalgia, la palabra más hermosa del mundo

La nostalgia ha sido el combustible para encender las guerras más largas y prolongadas del planeta.

Arturo Prado Lima
Metropolitano de Madrid

Metropolitano de Madrid. Imagen de Paolo Trabattoni en Pixabay

La peste, de Albert Camus, la novela que muchos desempolvaron en estos tiempos, en su gran mayoría no lo hizo estrictamente por conocer el comportamiento de la sociedad en tiempos de confinamientos, sino por la nostalgia de las viejas lecturas que despertó la novela del escritor francés. Esos retazos de juventud, que aún perviven en la mente de aquellos que vivieron los tiempos del auge del existencialismo que encabezó Jean Paul Sartre, aún marcan ritmos de vida, suspiros en cadena y, cómo no, marketing puro y duro para comercializar la nostalgia desde todos sus ángulos posibles.

Y sí, es la nostalgia, la palabra más hermosa del mundo en todos los idiomas, como decía el médico de La peste, la novela inmortal de Albert Camus.

La época del Hombre Nuevo, del “Prohibido prohibir”, del “Seamos realistas, pidamos lo imposible” y de “Volver a la  normalidad”, que después de las revueltas francesas del mayo del 68 se regaron por todo el mundo y en América Latina se encontraron con el afianzamiento de la Revolución Cubana, volvieron con un ímpetu desesperado a la mente de aquellos fieles a las causas utópicas e incluso a aquellas que las traicionaron en los tiempos del Coronavirus. «Es la nostalgia, estúpidos», habría dicho el sabelotodo de siempre. 

Y sí, es la nostalgia, la palabra más hermosa del mundo en todos los idiomas, como decía el médico de La peste, la novela inmortal de Albert Camus. Pero el regreso de la nostalgia no ha sido de la mano del novelista, sino del marketing del mercado que siempre maniobra en nombre de la plusvalía. El médico de La peste decía que la nostalgia nos ayuda a recordar quiénes fuimos y cómo proyectarnos hacia el porvenir, y lo de utilizar la nostalgia en los tiempos de la sociedad global no va precisamente por ese camino.

No es sino asomarse a Oporto, Carabanchel y Vista Alegre, todas estaciones del Metro de Madrid, para sentir fuerte y contundente el olor de las empanadas, las humitas y los encebollados que los ecuatorianos esconden en el carrito de la compra y venden de contrabando.

Hace algún tiempo escuché algún reclamo público de un comerciante norteamericano que se quejaba de que los inmigrantes no comercializaban con entusiasmo la nostalgia: ésta es una mina de dinero, decía, y a nivel macro, sobre todo en Europa, y España en particular, donde los latinoamericanos son mayoría, sería el negocio del siglo. No sé si las grandes discográficas, los musicales o los grandes productores de comestibles habrán captado el mensaje. Seguro que sí. Lo que sí he visto es que la nostalgia ha sido un elemento clave, para el sobrevivir, de los extranjeros residentes en este continente, y sobre todo, para los indocumentados. 

No es sino asomarse a Oporto, Carabanchel y Vista Alegre, todas estaciones del Metro de Madrid, para sentir fuerte y contundente el olor de las empanadas, las humitas, los encebollados que los ecuatorianos esconden en el carrito de la compra y venden de contrabando. Y en las afueras del consulado colombiano donde a las 12 del día te preguntan si ya has desayunado y te ofrecen los tamales, el chocolate y, aunque ya hayamos desayunado, nos rodea ese dolorcito proustiano de la niñez y la juventud y nos lleva de narices a vivir el pasado. Y ahí estamos, sentados en las gradas del consulado desayunando a las 12 del día con las nostalgias colombianas.

En la calle Preciados, centro de Madrid, antiguas artistas de la ex Unión Soviética, echan sus nostalgias al aire desde sus guitarras o flautas al tiempo que extienden sus recipientes para que alguien les tire unas monedas para sobrevivir. 

Y en los mercadillos y las plazas de mercado de toda España, africanos y europeos del Este ofrecen nostalgias incrustadas en collares y vestimentas; y los asiáticos en sus perfumes, especias con sus olores inconfundibles; nostalgias en canal abierto, que aquellos que se sienten tocados consumen sin cesar, calman sus emociones y, de paso, ayudan con la economía de los pequeños comerciantes.

En la política, tal vez por venir de una época eminentemente rebelde, como fueron los años 60s y 70s, me sucede a mí, que al escuchar las canciones de Violeta Parra, de Víctor Jara, de Mercedes Sosa, a Viglietti o leer a Benedetti, o las palabras finales de Salvador Allende o un discurso de Fidel, un nudo empieza a apretar el corazón, y no nos queda otro remedio que fruncir el ceño y sostener con buen pulso el alma que se quiere ir detrás de otras épocas que aún no han proyectado su porvenir en el presente.

También como narcótico la nostalgia tiene su punto: fuente de riqueza o de muerte.

Y sin encontrar otro camino, metemos con regularidad la nostalgia en los poemas que escribimos. Otros, cuyo espíritu nació con las enseñanzas del mercado como destino y la competencia como meta, comercializan incluso la rebeldía para obtener ganancias: la imagen del Che en la industria textil, las canciones de los Beatles en los grandes conciertos o el poema más dulce del revolucionario Pablo Neruda en la industria literaria. 

A través de la historia, la nostalgia ha sido el combustible para encender las guerras más largas y prolongadas del planeta. Ciudades sitiadas por los estragos espirituales de un amor sin reposo, aventuras descabelladas que terminan siendo hermosas por la fuerza de la nostalgia de lo que pudo ser y no fue, suicidios innombrables por el recuerdo de lo imposible y la imposibilidad de proyectar un nuevo destino sin la razón del pasado.

También como narcótico, la nostalgia tiene su punto: fuente de riqueza o de muerte. Según el marketing que se haya escuchado sobre ella, el lugar o el tiempo que nos ha tocado vivir. Consumidor o productor, como fuente de embriaguez o como consumidor de sobriedad. 

“Después de todo, la nostalgia existe”, dice Benedetti en uno de sus poemas. Como Marketing o como memoria, existe. Por una u otra razón, los migrantes estamos más expuestos a estas pasiones y nos toca decidir qué hacemos con ella. Entre tanto, no me queda otra que redondear las palabras del poeta uruguayo: “yo nostalgio, tú nostalgias, y cómo me revienta que él nostalgie”. Ni más ni menos. 

Arturo Prado Lima

Periodista y escritor colombiano. Residenciado en Madrid, colabora con medios escritos y digitales de Latinoamérica y Europa. Autor de dos novelas, cuatro poemarios y dos libros de relatos. Conferencista en el Ateneo de Madrid.

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