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Daniel Quintero Calle: el precio de gobernar para la gente

No se trata de un asunto de izquierda o de derecha. Al apoyar a Quintero se defiende una nueva manera de concebir lo público, de deponer los odios y poner lo educativo, lo climático y lo social como bases para la paz que todos soñamos.

Rubén Darío Cárdenas
Daniel Quintero Calle, alcalde de Medellín.

Daniel Quintero Calle, alcalde de Medellín. Album de Facebook

“Nos movimos sin partidos políticos, sin corrupción. Hoy me preguntaban que por qué nuncarespondí a los ataques que me hicieron y les contesté: porque el que quiera gobernar aMedellín debe pensar en unirla, en llenarla de esperanza y de propósito, no de miedo”. (Daniel Quintero Calle)

Utilizando un discurso de corte “chavista”, el ex presidente Álvaro Uribe Vélez solicitó al Gobierno nacional intervenir Empresas Públicas de Medellín –EPM-, empresa de servicios públicos que ha sido motivo de orgullo de los antioqueños. Una de las tantas movidas que el dirigente máximo del Centro Democrático ha realizado para intentar enlodar la gestión valiente y transparente que desarrolla Daniel Quintero Calle, al frente de la Alcaldía de Medellín.

Uribe representa la clase política tradicional que visualiza el país como un enorme ponqué que debe repartirse juiciosamente entre quienes le siguen ciegamente. Unos políticos que no se ahorran en “jugaditas” para convertir el presupuesto público en pequeño feudo del cual se han alimentado prestantes familias, que llenan sus bolsillos y controlan los hilos del poder. Quintero se ha convertido en la piedra en el zapato, y no le perdonan que pretenda gobernar para la gente. Menos que en su agenda aparezcan temas relacionados con la deuda social con los menos favorecidos, su compromiso por la educación, al igual que temas sensibles como el cambio climático y su relación con el fortalecimiento del sistema de transporte masivo, y la ampliación del sistema de ciclorrutas.

Quintero no se dejó tentar por el discurso polarizante y, coherente con su apoyo al proceso de paz, llamó a serenar los espíritus y unir esfuerzos para hacer de Medellín una ciudad para todos.

En Medellín, segunda ciudad del país, infortunadamente marcada como referente a nivel mundial por ser la sede del narcotraficante Pablo Escobar y su cartel de Medellín, todo empezó cuando el Centro Democrático pensó que, con un candidato de la vieja clase política, Alfredo Ramos Maya, tendría seguro su arribo a la Alcaldía de la ciudad.

Tal como lo hicieron con la promoción del NO en el plebiscito del 2 de octubre de 2016, sacaron de nuevo el “coco” del castrochavismo encarnado por Quintero y su movimiento independiente, y llamaron a cerrar filas en su contra. Sin embargo, Quintero no se dejó tentar por el discurso polarizante y, coherente con su apoyo al proceso de paz, llamó a serenar los espíritus y unir esfuerzos para hacer de Medellín una ciudad para todos. Su triunfo fue un baldado de agua fría. Esta vez el fantasma del miedo y la sarta de mentiras no lograron su propósito. El nuevo mandatario comenzó a cumplir sus promesas de campaña y tuvo el valor de empezar a pisar callos. 

“En agosto 11 de 2020 el gerente de EPM, Álvaro Guillermo Rendón, y el presidente de la junta directiva de EPM y alcalde de Medellín, Daniel Quintero, anunciaron la decisión de demandar a diseñadores, constructores, interventores y aseguradoras del Proyecto Hidroeléctrico Ituango por 9,9 billones de pesos de daño emergente y lucro cesante producido por la contingencia del Proyecto sufrido el 28 de abril de 2018”, se leía en la prensa generalista.

Al renunciar la junta directiva de EPM, Uribe puso el grito en el cielo y enfiló sus críticas a la gestión de Quintero. Esta actitud tocaba a intocables de la vieja política que ahora son investigados por la Contraloría General, dándole la razón al alcalde. De inmediato se iniciaron las movidas del uribismo para ponerle palos a la rueda y agrietar la gobernabilidad de Quintero. La cartilla de siempre volvió a sacarse, como lo dijera Juan Carlos Arenas, profesor del Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia, Uribe “ya tiene montado el discurso del miedo, solo tienen que ponerle el rostro del alcalde, asociarlo a Petro, y decir que el mal manejo de EPM es un riesgo hacia el socialismo”. Dicho y hecho, “la alcaldía cree que puede seguir engañando, quiere confundir la intervención que debe pensarse para proteger a EPM con las expropiaciones que tanto lo desvelan en sus sueños socialistas”, trinó el ex presidente.

¿Quién fue el que sugirió que el Gobierno asumiera el control de EPM? No podemos seguir eligiendo a quienes nos recuerdan a esos politiqueros de siempre que solo piensan en acumular tierras, en tener más casas de recreo y en vivir a costa del presupuesto público. Una clase política que se apoltrona en el poder haciendo alianzas con personajes de “buena billetera” –del tipo Ñeñe Hernández,proveniente del mundo del narcotráfico-, con los clanes políticos que han desangrado los presupuestos de la salud y la educación en las regiones, y a los que no les importa seguir polarizando al país, utilizando el discurso del odio y la estigmatización de los líderes sociales.

En su año de Gobierno no se ha dejado amilanar y se ha enfrentado a los politiqueros tradicionales que quieren seguir manejando Medellín como su feudo. Esos dirigentes añoran las épocas de Valencia Cossio y Guerra Serna.

A Quintero no le tembló la mano para declarar insubsistente a Álvaro Guillermo Rendón, gerente de EPM, al descubrir una jugada descarada con la que dejaba en riesgo los intereses de la compañía y, por tanto, de los antioqueños: “A finales del año pasado se firmó una adenda (sanciones en forma de dinero) para que la empresa Camargo Correa no respondiera como empresa ante la demanda que interpuso EPM por el caso de Hidroituango sino que lo hiciera una subsidiaria con poca capacidad de dinero”.

Algunos dirigentes han encontrado en las candidaturas independientes o “alternativas” una buena manera de romper con el control que ciertos personajes y ciertas familias mantienen en varias regiones: los Musa Besaile, los Gnecco, los Gerlein, los Char, por nombrar solo algunos, en la Costa Caribe, convirtiendo el presupuesto público en su bolsa personal. Muchos de ellos han logrado su propósito, ocupando alcaldías y gobernaciones, pero tristemente para sus electores y para el país, al poco tiempo terminan convertidos en aquello que decían querer transformar. Comienzan a replicar los vicios de la corruptela y el asalto descarado a los bienes públicos: la salud, la educación y los proyectos de infraestructura, que son los que permiten robar a discreción, arman sus clientelas, se convierten en caciques y echan en saco roto sus promesas de cambio.

Esto no ha ocurrido con Quintero. En su año de Gobierno no se ha dejado amilanar y se ha enfrentado a los politiqueros tradicionales que quieren seguir manejando Medellín como su feudo. Esos dirigentes añoran las épocas de Valencia Cossio y Guerra Serna y les duele que Quintero sea sincero en sus apreciaciones. En reciente entrevista con la revista Semana al ser preguntado sobre un balance de su gestión, afirmó: “He sufrido dos virus: el Covid y el uribismo (…) todavía no sé cuál de los dos es más peligroso”. Nada más acertado. Un virus representado en la mezquindad para leer el país, en seguir azuzando el odio y denigrando del proceso de paz, en alimentar las clientelas y las familias que se siguen beneficiando del erario público. Un virus que polariza y enceguece y no aporta al sano ejercicio de la controversia y el disenso político, como bases de la democracia.

El interés del uribismo no es otro que retomar el fortín burocrático de Antioquia y de paso preparar el terreno para seguir siendo el partido de gobierno en 2022.

Esta misma clase política es la que está detrás del proceso de revocatoria contra Quintero. El proceder es el mismo: cuando un funcionario público se niega a participar de las triquiñuelas que han envilecido el ejercicio de lo público, entonces los leguleyos y politiqueros sempiternos se las ingenian para enredar sus buenos propósitos, se acude a la voz a voz (chisme), a las redes sociales, a los noticieros que modelan la opinión pública para tender un manto de dudas frente a sus actos de gobierno. No está en su mente, menos en sus proyectos, el bienestar de la mayoría, los mueve el interés de continuar lucrándose con las contrataciones y con la caja chica de las empresas públicas. Además, el interés del uribismo no es otro que retomar el fortín burocrático de Antioquia y de paso preparar el terreno para seguir siendo el partido de gobierno en 2022.

La gestión de Daniel Quintero Calle. presenta resultados papables y no se arredra para asegurar transparencia. El manejo que ha dado al flagelo de la pandemia, su pronta respuesta para asegurar la continuidad de los programas educativos durante el confinamiento, el modelo de ecociudad, las inversiones en el Metro de la 80, la entrega de 424 viviendas en los proyectos Montaña y Mirador de la Cascada, en el corregimiento San Cristóbal, el proyecto de construcción de la ciclorruta metropolitana norte-sur que conectará a las universidades, y su coraje al defender los recursos públicos enredados en la represa Hidroituango, muestran su capacidad de liderazgo. No se trata de un asunto de izquierda o de derecha. Al apoyar a Quintero se defiende una nueva manera de concebir lo público, de deponer los odios y poner lo educativo, lo climático y lo social como bases para la paz que todos soñamos.

Que lo dejen gobernar, con su liderazgo incluyente, es lo que pide Quintero:

“Que me deje gobernar, que el alcalde soy yo; yo soy el alcalde de todos los ciudadanos de Medellín, incluido él”. Ya sabemos quién es él.

Rubén Darío Cárdenas

Nació en Armenia, Quindío. Licenciado en Ciencias Sociales y Especializado en Derechos Humanos en la Universidad de Santo Tomás. 30 años como profesor y rector rural. Fue elegido como mejor rector de Colombia en 2016 por la Fundación Compartir. Su propuesta innovadora en el colegio rural María Auxiliadora de La Cumbre, Valle del Cauca es un referente en Colombia y el mundo.

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