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“La filosofía del Pushkin es vincular la vereda con el barrio”: César Jerez

Pedaleé cientos de kilómetros con mi bicicleta por toda Bogotá. Llevé domicilios a los barrios populares y lugares como la penitenciaria La Picota o al barrio Santafé en donde se asienta la prostitución. Esta experiencia nos permitió descubrir gente original y rincones de la ciudad que parecen pequeñas aldeas.

Redacción
Café Pushkin de Bogotá

Café Pushkin en el barrio La Candelaria de Bogotá, Colombia. Imagen de César Jerez

En el casco viejo de Bogotá surgió hace un par de años un café con nombre ruso. Es el Café Pushkin del barrio La Candelaria. Allí se junta gente del campo y la ciudad, ex guerrilleros en proceso de reintegración, artistas, autores de libros, poetas, bebedores de cerveza, bohemios y un largo de etcétera de personas y personajes que buscan complicidades para sus proyectos de vida o proyectos sociales. EL COMEJÉN conversó con César Jerez, el hombre lleva la batuta del Café Pushkin.

¿Cuál es la filosofía del Café Pushkin? 

La idea del Café Pushkin surgió en las veredas de Colombia. Durante los más de veinte años que llevo trabajando con campesinos de toda Colombia he visto la problemática del campo, del campesinado y la exclusión económica, social, política. Observé que en esas veredas uno de los principales problemas del campesino era el de poder vender su producción en un contexto adverso para él. La producción campesina debía enfrentar la antireforma agraria, sin ayudas públicas y sin institucionalidad de apoyo.

Así surgió la idea de crear un local llamado café Pushkin, cuya filosofía es la de vincular la vereda con el barrio, el campesino y la campesina con el citadino. Crear una relación social y cultural entre campesinos y citadinos. Una relación que también es política. El vínculo que los une es la comida. Lo que comemos y bebemos cada día. La gente que viene a comer tiene una experiencia original porque le preparamos a partir de nuestros productos lo que nos pida. Una paella, una trucha al ajillo, estofados con carne de búfalo o un plato de verduras salteadas. Yo cocino y converso con la gente que viene al café. Es una relación muy chévere. Vamos a cumplir dos años de existencia. 

El Pushkin es también una fábrica de ideas. Esa es la segunda parte de nuestra filosofía. Aquí han surgido muchas ideas, muchas iniciativas, muchos emprendimientos, muchas asociaciones, muchas organizaciones. En la calle de las Mandolinas de la Candelaria, donde está el Pushkin histórico, se han realizado muchísimas tertulias y veladas sobre la realidad de nuestro país y del drama que viven millares de habitantes. En el Parkway con calle 42, hemos creado una nueva sede. Nuestra comunidad crece. 

¿En el tiempo que llevan de singladura qué es lo más importante que han hecho?

Hemos hecho de todo. Todo lo que hacemos lo consideramos importante: charlas, debates, conferencias, presentaciones de libros, exposiciones, galería de arte, experimentos culinarios, presentación y cata de cervezas artesanales. Cervezas como “La Trocha”, “Bolivariana”, “Caño Cristales”, “Elbrus” o “Caguanera” fueron lanzadas y probadas en nuestro café. 

Uno de los hitos mas relevantes de nuestra corta existencia fue la constitución de “Frutos de Paz” poco antes del comienzo de la peste, una organización que vincula a los pequeños productores del campo con reincorporados de la guerrilla provenientes de todo el país. Esta relación va a permitir la compraventa y el trueque de productos entre campesinos, residentes urbanos y exguerrilleros. Es una iniciativa que veo con mucha ilusión.  

¿Cómo se las han ingeniado para sobrevivir a la peste?

Nos adaptamos. Por ejemplo, no hacíamos servicios a domicilio y decidimos entonces hacerlos. Empezamos a llevar a las casas café, productos de hoja de coca, pan, cervezas artesanales, comida, almuerzos y cenas. Eso hicimos durante los primeros meses de la pandemia. Esto ayudó a que el Pushkin no terminara en situación de quiebra como ocurrió con otros locales del barrio. De centenares de negocios que existían en el tradicional barrio La Candelaria quedamos escasamente unos 32. Bares, restaurantes y cafés del barrio fueron afectados radicalmente por la peste.

César Jerez frente al Café Pushkin. Imagen de El Comején

Pasamos entonces al modelo de la entrega a domicilios para subsistir. Yo hice muchos domicilios en la primera fase. Pedaleé cientos de kilómetros con mi bicicleta por toda Bogotá. Llevé domicilios a los barrios populares y lugares como la penitenciaria La Picota o al barrio Santafé en donde se asienta la prostitución. Esta experiencia nos permitió descubrir gente original y rincones de la ciudad que parecen pequeñas aldeas. Veía con melancolía el vacío de una de las más populosas capitales de Sudamérica. No hay ciudad sin gente. Sin la gente en las calles Bogotá deja de ser Bogotá.

La propietaria del local también nos ha echado una mano. Es una mujer generosa que entiende el drama de la ciudad y la gente. Ella nos bajó la cuota de arriendo y nos ha facilitado la forma de pago. Así vamos aguantando hasta que la ciudad y el barrio vuelvan a reactivarse. Con todo y esto nos permitimos abrir una nueva sede, la del Parkway, porque creemos en nuestro proyecto, creemos en “frutos de paz”. Queremos que el Café Pushkin crezca y se extienda a otras ciudades de Colombia. 

¿Por qué Pushkin y no Julio Flórez, José A. Silva, Aurelio Arturo, León de Greiff o Luis Vidales? 

¿Por qué le pusimos Café Pushkin? ¿Suena un poco extraño? ¿No? Esto tiene su explicación. Comienzo por decir que yo estudié en la Unión Soviética. Pasé 8 años en la URSS. Soy ingeniero y luego hice una maestría en geología industrial de petróleo y gas. También estudié ruso y obtuve un título de pedagogo y traductor de la lengua rusa. 

Por pasión leí a los grandes autores rusos como Tolstoi, Dostoyevsky, Pushkin, Gogol, etcétera. Pero luego los leí en ruso, por mis estudios. Fue una experiencia fascinante. Así que cuando pensamos sobre qué tipo de negocio íbamos a empezar y qué nombre darle, acordamos en primer lugar que el local sería un café. El café está muy relacionado con la literatura, los cronistas y los poetas. A mí me gusta la cerveza, la poesía y escribir algunos versos. Luego, cuando vino el asunto del nombre, mi recorrido por la literatura rusa fue determinante. Alexander Pushkin, pensé, me gustaba por varias razones: era un mulato ruso, cuyos ancestros eran africanos que fueron raptados y llevados como esclavos a Rusia, en donde acabaron por mezclarse con las mujeres y los hombres locales. De ese crisol surge Pushkin, el mayor poeta ruso, el poeta nacional, un individuo que revolucionó el idioma de Rusia, el idioma ruso.

En ese entonces la corte de húsares y los zares se comunicaban con lenguas europeas como la francesa. La corte consideraba el ruso como un idioma vulgar. Pushkin fundó la primera revista literaria en ruso. Fue un poeta rebelde y libertario. Nuestro café tiene esa vena rebelde y libertaria, por eso lo llamamos como el poeta ruso. 

No olvidemos a Nathalie la canción inmortalizada en 1964 por el cantante francés Gilbert Bécaud que mitificó al café Pushkin, un lugar que en realidad no existía en Moscú, pero que a raíz del éxito de la melodía, un magnate ruso fundó un café con ese nombre en 1999, cuando ya no existía la Unión Soviética. 

¿Finalmente, que libro y qué filme recomiendas a los lectores de EL COMEJÉN? 

No tengo dudas en recomendar las veces que sea a Cien años de soledad, leerla una y otra vez. En cuanto al cine recomiendo Nostalghia, una película dirigida por Andrei Tarkovsky. 

Redacción

Equipo de redacción El Comején.

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