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Israel, líder en vacunaciones y segregación

Israel ocupa el puesto número uno en la carrera para vacunar a su población, pero viola descaradamente el artículo número 56 del cuarto Convenio de Ginebra en el que está registrado que todo poder ocupante tiene la siguiente responsabilidad con la población del territorio que ocupa.

Tatiana Blanco
Alambradas

Alambradas. Imagen de Pixabay

La prensa mundial a nivel global destaca a Israel como el modelo a seguir en la lucha contra la propagación del contagio de la Covid 19 con su acelerado sistema de vacunación, que le ha permitido a su población la inmunidad de rebaño.

Basta con escribir en Google las palabras: Israel, pandemia y vacunación, y obtienes un listado larguísimo de titulares de prensa llenos de aplausos. De lo que poco se habla es del apartheid sanitario que sufren los territorios palestinos por parte de esta potencia ocupante, denunciado por Human Rights Watch en un informe reciente, y la vacunación como arma de propaganda y lobby de manipulación para lograr que otros Estados muevan sus embajadas de Tel Aviv a Jerusalén y así tener más control.

“Negarles a millones de personas, por el solo hecho de ser palestinos y no judíos, sus derechos humanos sin que exista una justificación legítima de seguridad no es solamente una ocupación abusiva”, asegura Kenneth Roth, director de HRW

El holocausto se repite

Cada año la industria cinematográfica exhibe numerosas películas que tratan del holocausto nazi.  La crueldad a la que fueron sometidos los judíos europeos durante el régimen nacionalista de Adolf Hitler durante la Segunda Guerra Mundial.  Esta espeluznante historia ha sido contada desde todos los ángulos mostrando una crueldad de la que no se salvaron ni los más vulnerables en una guerra: niños y ancianos.

Lo que pareciera una historia de la humanidad para no olvidar y no repetir hoy la vive el pueblo árabe palestino, pero curiosamente esta vez los agresores no son nazis, son judíos sionistas.

La historia de los refugiados más antiguos de la historia no es taquillera, pero no es menos cruel.  Estas realidades de despojo y exterminio no se cuentan en películas magistrales como La vida es bella, La lista de Schindler, El pianista, El niño con el pijama de rayas, El diario de Ana Frank o La decisión de Sophie, están recogidas en testimonios de vida que hoy custodia la UNRWA (Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo) y es un drama que cumple 73 años.  Una conmovedora película de la realidad con 5.7 millones de protagonistas que resisten a pesar de condiciones precarias sin acceso al agua potable, electricidad, humillaciones, bloqueos en su movilidad, crímenes de guerra, ataques del Ejército Israelí donde no se salvan ni escuelas con niños en su interior y demás violaciones a los derechos humanos.

La raíz del problema

Con el fin de la Primera Guerra Mundial la Palestina histórica deja de ser parte del imperio otomano y Oriente Medio queda dividido en dos zonas de influencia, una francesa y otra británica. Palestina queda bajo el mandato del Reino Unido, que a pesar de su triunfo se encuentra devastado en la postguerra.

Palestina recibe a cuentagotas migrantes judíos, financiados por el movimiento sionista internacional, pero las migraciones se incrementan con el surgimiento de los fascismos en Europa.  

Los judíos conciben la nación como un asunto étnico lingüístico, lo que denominan sionismo y su objetivo principal era buscar un sitio en el que Palestina siempre fue su principal objetivo por encima de otras opciones en África y América Latina. El lema de un territorio sin población para un pueblo sin territorio no se cumplió.

Cuando la ONU decide dividir la Palestina histórica en dos partes para crear un Estado hebreo y otro palestino con una economía unificada, se contaba un aproximado de millón trescientos mil palestinos y seiscientos mil judíos. La comunidad internacional administraría Jerusalén teniendo en cuenta su importancia simbólica. 

Los pobladores árabes no aceptan esta división. Pero el movimiento sionista autoproclama su independencia y crean el Estado de Israel el 15 de mayo de 1948 y así comienza el conflicto árabe-israelí. En ese entonces Israel se aprovecha de la falta de organización militar y estatal de Palestina y se extralimita y extiende su Estado violando lo estipulado en la partición del territorio (del 56% que les fue otorgado se tomaron un 78% tras su triunfo en la primera guerra).

Había una postura unificada de todos los países árabes en no reconocer la legitimidad del Estado de Israel y no negociar con ellos. En 1967 Israel ocupa toda la Palestina histórica y expulsa a los jordanos de Cisjordania, ocupa Jerusalén y también expulsa a los egipcios de la franja de Gaza.

En 1970 hay cambios favorables para Israel con la firma de la paz con Egipto. Los árabes pierden las guerras e Israel se hace al control de todo su territorio.

En 1993 el proceso de paz de Oslo logra la creación de la Autoridad Palestina, pero no se logra la paz al no resolver la situación de los refugiados ni la situación de Jerusalén.

Desde 1948 cada año se ratifica y se incumple la resolución 194 de la ONU, que pide que se ejerza el derecho de los palestinos a retornar a sus hogares o de ser compensados por la pérdida de sus bienes materiales.

Con el primer conflicto, se crea la UNRWA, una organización exclusiva para prestar ayuda humanitaria a los palestinos para retornar a su hogar.  Ante esa imposibilidad, esta entidad ha alcanzado una vital importancia para garantizar la resistencia de un pueblo que mantiene intacta su identidad.  Israel busca acabar con esta organización que se encuentra en crisis desde su conformación, y que hoy se agudiza porque cada vez disminuyen los recursos, pero aumenta el número de los refugiados y las necesidades por suplir.  Las violaciones a los derechos humanos son tan graves que la UNRWA pasó de ser un organismo neutral a ser denunciante de la situación. ¿Cómo no hacerlo cuando se es testigo de la muerte de inocentes, incluidos niños, con ataques a escuelas y centros de salud?   Historias de este calibre cuentan las víctimas: “Cuatro bombas nos cayeron sobre la cabeza. Había cuerpos en el suelo, sangre y gritos. Mi hijo está muerto y todos mis familiares están heridos, incluso mis otros hijos”, en 2014, 17 personas murieron y 200 resultaron heridas en esa escuela de Gaza.

Apartheid sanitario

La Sars-Cov 2 ha puesto en jaque al planeta. ¿Cómo enfrentar este enemigo invisible sin mascarillas, sin acceso al agua potable, hacinamiento y dificultad para circular ágilmente en un territorio?  Es así como deben hacerlo en Cisjordania y la Franja de Gaza.

Israel ocupa el puesto número uno en la carrera para vacunar a su población, pero viola descaradamente el artículo número 56 del cuarto Convenio de Ginebra en el que está registrado que todo poder ocupante tiene la siguiente responsabilidad con la población del territorio que ocupa: “Tomar las medidas de prevención necesarias para combatir la proliferación de enfermedades contagiosas y epidemias”.

La sensación de tranquilidad de Israel contrasta con la de su vecino territorio ocupado, que alcanza los 216 mil casos de contagio desde el inicio de la pandemia y 2.343 muertes en una población de 5 millones.  

Mientras los seiscientos mil colonos que ocupan parte del territorio de Cisjordania están vacunados, los palestinos tienen que lidiar con saboteos para la entrada de ayuda, como por ejemplo las primeras diez mil dosis de la vacuna Sputnik que debían llegar a la franja de Gaza, que fueron bloqueadas durante días. En medio de la pandemia, no solo han bloqueado vacunas, sino que han destruido puestos de salud y han desalojado ilegalmente de sus hogares a decenas de familias palestinas. 

La creencia judía dignifica a la Palestina histórica como la tierra que emana leche y miel, el hogar al que los palestinos no piensan renunciar.  Así como el árbol de olivo más antiguo del mundo ubicado en la aldea de Walaja en el distrito de Belén se mantiene intacto con cuatro mil años de antigüedad, los palestinos seguirán fortaleciendo sus raíces sin dejarse doblegar ante la violencia y la injusticia de una ocupación militar cada vez más agresiva, con la esperanza de retornar en paz a su verdadero terruño. Después de todo, antes de 1914 judíos, musulmanes y cristianos vivían en armonía sin que la ambición neocolonialista infestara al territorio con muertes, como hoy lo hace la Covid-19.

“La crueldad es la fuerza de los cobardes”

Proverbio árabe.

Tatiana Blanco

Periodista.

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