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Secuestro infantil en Colombia: ¿Una política de Estado?

Entre las niñas mediadas entre el ICBF y el centro de adopción se encuentran las hermanas Rosalba y Blanca Ortiz. El domingo 18 de abril, la historia de las hermanas Rosalba y Blanca Ortiz fue el rostro de la tragedia y parte de los testimonios recogidos por el reportaje realizado por el periódico sueco "Dagensnyheter" (Noticia del día).

Guillermo Baquero Serrano
Madre sustituta

tuta. Imagen en Pixabay

Este reportaje nace motivado por el testimonio de Maria Svensson, una entrañable amiga colombiana nacida en el Cauca y adoptada en Suecia en la década de los 80, aunque su historia y la de sus hermanos será el cuerpo narrativo de una segunda entrega a EL COMEJÉN

El filo de la nieve y el frío nos siguen visitando en un casi agotado mes de abril en Estocolmo. Los duelos intensos y comunes de muchas familias en el mundo se asemejan en el tercer pico de la pandemia al de las madres despojadas de sus hijos e hijas. Es desgarrador y desafiante abordar un tema tan sensible como la adopción, y las recientes revelaciones que le vinculan con el rapto de menores en el mundo. 

Los resultado de la investigación estatal  de Países Bajos, les obligó a suspender desde el mes de febrero toda adopción de niños y niñas en el extranjero, tras constatar la falsificación de documentos, la trata de menores, el fraude y la corrupción entre 1967 y 1998. Las irregularidades salpican a Bangladesh, Brasil, Indonesia, Sri Lanka y Colombia. Durante dos años, los líderes del comité de investigación, George Frerks y Yannick Balk, trabajaron con un grupo de investigadores. Frerks es profesor emérito y Balk tiene un doctorado en Relaciones Internacionales e Historia Política. Las revelaciones han generado un efecto dominó en diferentes países de Europa, donde la búsqueda de verdad y justicia ha cercado a lo que ha sido catalogado como la industria de la adopción. 

Hace más de dos años, en una manifestación en el centro de Estocolmo conocí la historia de un hombre de mi edad que llevaba en brazos a su hija. Un chileno adoptado en Suecia. Por lo menos eso fue lo que pensó durante toda su vida, hasta que encontró a su madre y supo que le había sido arrebatado de sus brazos en tiempos de la dictadura de Pinochet. Lo que nunca imaginé, aunque lo sospechara, es que Colombia en su “democracia” ya llevaba décadas en el mercado.

Según un estudio realizado por Tobias Hübinette, uno de los mayores picos de adopción de extranjeros en Suecia se alcanzó en la década de los 80. El 96,52% (13022 infantes) de las adopciones realizadas en el país fueron de nacidos en el extranjero. Suecia es el país del mundo que ha adoptado más niñas y niños per cápita. Poco más de 5500 niños y niñas proceden de Colombia, la mayoría durante los años ochenta y noventa. Esto convierte a Colombia en el tercer país de origen más grande, después de Corea del Sur e India. Algunos de los niños y niñas han pasado por adopciones privadas y no reguladas. Pero la gran mayoría, cerca de 5000, ha sido mediada por el centro de adopción Adoptioncentrum, una de las tres organizaciones autorizadas para este tipo de procesos en Suecia.

Levanto el teléfono y me hago pasar por una persona interesada en adoptar un niño o niña de Suramérica. La entidad que se encarga de guiarme es el par del ICBF en Suecia de nombre MFoF (Myndighet för familjerätt och föräldrastöd). Me invitan a contactar a mi comuna y me recomiendan recurrir al centro de adopción. La amabilidad de la institucionalidad sueca presenta su antinomia con la hostilidad de la colombiana. Al llamar a la embajada y presentarme como redactor de EL COMEJÉN, esquivan mis preguntas sobre el escandalo de la adopción de colombianos y colombianas en Suecia. Solicitan que les envíe un correo y la dirección de EL COMEJÉN para verificar, según el consulado, quienes están detrás de este medio de comunicación. Hasta el momento no he recibido respuesta alguna. 

El centro de adopción Adoptioncentrum es una entidad sin ánimo de lucro, o por lo menos es lo que dicen. El centro de adopciones sueco colaboró con cinco de los orfanatos colombianos mencionados en la investigación holandesa. Frerks y Balk afirman que niños y niñas en Colombia fueron secuestrados en la calle cuando estaban jugando. También documentaron casos en los que a las madres se les dijo que sus hijos habían nacido muertos, pero que el personal del hospital no quería mostrarles los cuerpos. Su destino no sería el cementerio sino el mercado negro de la adopción. 

Lo hemos documentado, dice Georg Frerks. Cuando las madres han venido y denuncian la desaparición de sus hijos o hijas, la Policía Nacional de Colombia les ha dicho «salgan de aquí, de lo contrario los arrestaremos». Luego, ellos también fueron cómplices y parte de este anillo.

A la pregunta de si hubo algún grupo en particular en Colombia que estuvo expuesto Georg Frerks afirma: “Especialmente personas sin voz, pobres, sin educación. Mujeres jóvenes y embarazadas, solteras, fáciles de convencer o forzar”. Es el grupo más grande, dice. “No decimos que todo el sistema esté corrupto, pero el sistema es responsable de los abusos. Por la oferta, la demanda y la grotesca desigualdad entre países”, concluye. 

Es necesario hacer una pausa aquí y comprender cómo es el proceso de adopción en Colombia. La autoridad central en materia de adopción es el Instituto Colombiano de Bienestar familiar (ICBF). El proceso de adopción consta de tres etapas: La etapa administrativa adelantada ante el ICBF, donde la familia solicitante presenta formalmente su voluntad de adoptar, certifica su idoneidad de manera amplia y rigurosa, y se somete a la evaluación por parte del comité experto. Una etapa judicial en la cual un juez determina que el niño, la niña o el adolescente es hijo de sus padres adoptivos en todos los términos de la ley y, por último, la etapa de seguimiento, en la que se constatan las condiciones idóneas del entorno del menor de edad. Ninguna de esas etapas se dio con las miles de familias desgarradas por el secuestro de sus hijos e hijas. 

Entre las niñas mediadas entre el ICBF y el centro de adopción se encuentran las hermanas Rosalba y Blanca Ortiz. El domingo 18 de abril, la historia de las hermanas Rosalba y Blanca Ortiz fue el rostro de la tragedia y parte de los testimonios recogidos por el reportaje realizado por el periódico sueco Dagensnyheter (Noticia del día). La historia a continuación es una traducción del articulo:Fattiga mödrar berövades sina barn – som adopterades till Sverige (Madres pobres despojadas de sus hijos e hijas, que fueron adoptados en Suecia).

Es el año 1980, Rosalba Ortiz lucha y grita pidiendo ayuda cuando dos mujeres de mediana edad le obligan a entrar en el coche. Rosalba, de 7 años, está atrapada en el asiento delantero del polvoriento jeep, su hermana de 2 años, Blanca Ortiz, está sentada en la parte de atrás. Ella está callada. Las dos mujeres anónimas de pelo corto les han regalado un caramelo antes de raptarlas.

El automóvil recorre sinuosas carreteras desde de San Lorenzo, a 2.000 metros sobre el nivel del mar en el suroeste de Colombia, hacia la ciudad de Popayán. 

En la primavera y el invierno de 1981, las hermanas aterrizan en Suecia junto con sus nuevos padres. Rosalba y Blanca Ortiz serán Camilla y Sandra Sivertsen.

La experiencia de Camilla Sivertsen con la adopción internacional es única: a diferencia de muchas otras adoptadas, ella recuerda lo que sucedió. Hoy lo describe como un secuestro.

– Nunca me dijeron la razón por la que nos vimos obligados a dejar a nuestra madre. No estábamos preparados en absoluto, éramos niñas, entregados al sistema, dice ella.

En San Lorenzo se quedó la madre Rosa Ortiz.

El mundo se partió para ella cuando las chicas desaparecieron, corrió por el pueblo y gritó y gritó y buscó. Se golpeó la cabeza contra la pared, dice.

Rosa Ortiz adolecía de todo lo que necesita una madre que de repente pierde a sus hijos: red, dinero, contactos, poder. No sabía leer, no podía escribir.

A Rosa Ortiz nunca le dijeron porqué las autoridades se hicieron cargo de sus hijos y los adoptaron en Suecia. No recibió informes de cómo se sentían sus hijas ni imágenes de cómo se veían. Ni siquiera sabía si estaban vivos.

Pasarán 37 años antes de que las niñas volvieran a ver a su madre. Camilla y Blanca Sivertsen regresen a San Lorenzo en febrero de 2018. Camilla Sivertsen reconoce a su madre de inmediato. Ella está parada allí con un vestido de flores turquesa. No sería mucho el tiempo que compartirían juntas, en junio de 2019, Camilla Sivertsen está frente a un ataúd blanco con decoración dorada. El cuerpo de su madre es delgado y mide 138 centímetros de largo.

Rosa Ortiz tuvo un último año con sus hijas. Murió durante una operación del corazón. 

En la casa de San Lorenzo quedan las pertenencias de Rosa:

Un pequeño niño Jesús de plástico, un caldero de aluminio, y un bolso negro de piel sintética envuelto en varias capas de harapos. Contiene el dinero que les daría a sus hijas si regresaran.

Las hermanas han contado billetes y monedas, poco más de 20.000 pesos colombianos, 47 coronas suecas.

Mis hijas tienen aproximadamente la edad de Rosalba y Blanca cuando fueron secuestradas en Colombia y entregadas en adopción. Se me encoge el alma y se asoma pasmosa lo miserable que sería mi existencia si algo así me ocurriera. El Estado y sus instituciones deberán asumir lo que hasta el momento pareciera ser una política de Estado. 

Guillermo Baquero Serrano

Nacido en Rioacha, Colombia. Ingeniero ambiental de la Universidad de la Guajira. HSEQ (Heath, Safety, environmental and quality) manager en proyectos de infraestructura en Suecia.

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