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Carlota Isabel Salinas Pérez

«Nosotros, los sobrevivientes / ¿A quiénes debemos la sobrevida?» se preguntó el poeta Fernández Retamar. Carlota Isabel Salinas Pérez es una de ellas.

Diego Marín Ríos
La Pregunta. Obra del Maestro Duván

La Pregunta. Obra del Maestro Duván.

Michel Forst, Relator de Naciones Unidas, sostuvo en febrero de este año que Colombia es uno de los países más peligrosos del mundo para la defensa de los Derechos Humanos. Las cifras solas no muestran la tragedia humana que hay detrás de cada caso. Por eso, un grupo de columnistas hemos querido recuperar las vidas de algunos de ellos y contar su historia.

Carlota Isabel dedicó la tarde del martes 24 de marzo a la recolección de alimentos y ayudas para las familias más vulnerables, en medio de la pandemia que apenas empezaba en Colombia. Al día siguiente, miércoles 25 de marzo, iniciaría el confinamiento en todo el país. Carlota Isabel sabía muy bien que la mayoría de las familias colombianas viven del rebusque, de lo que logren conseguir cada día y que muchos de sus vecinos en San Pablo, Bolívar, no tendrían como comer y superar las penurias que la cuarentena impondría. Trabajó hasta el último minuto en función de su comunidad.

Los heraldos de la muerte parecen cruzar como fantasmas por los controles de las autoridades colombianas. El Estado y el gobierno de Iván Duque no responden, no se inmutan.

Terminada la jornada Carlota Isabel regreso a casa, en el barrio Guarigua, donde la esperaba su compañero. La tranquilidad y la incertidumbre de la víspera de la cuarentena fueron sacudidas por los hombres armados que, a las ocho de la noche, violentaron su vivienda. Los asesinos estaban más apurados que de costumbre puesto que a partir de la media noche no podrían transitar libremente. Por la fuerza, sacaron a Carlota Isabel a la calle. Hicieron que se apartara unos cuantos metros de su casa y sin mediar palabra la acribillaron.

Carlota Isabel hizo parte de la Defensa Civil de San Pablo. Allí aprendió de gestión ambiental, riesgo y desastres. Inquieta siempre por los asuntos sociales, Carlota Isabel se afirmó aún más en su compromiso y se convirtió en una de las lideresas más importantes de la Organización Femenina Popular de Colombia (OFP). Una organización que durante 48 años ha promovido los derechos humanos y el desarrollo integral de las mujeres del Magdalena Medio, con conciencia de género y de clase, capaces de transformar su realidad a través de acciones políticas, jurídicas, organizativas y económicas.

La muerte de Carlota Isabel, en la víspera de la cuarentena, fue premonitoria. En francés y en inglés, los artículos internacionales que denunciaron su asesinato advertían sobre los peligros que el confinamiento traería para los líderes sociales, en particular para las mujeres. Tenían razón, la matanza se ha multiplicado. El nombre de Carlota Isabel se sumó a la lista de más de 800 dirigentes sociales asesinados después de la firma del acuerdo de paz con las Farc. Todos estos asesinatos siguen impunes. Los heraldos de la muerte parecen cruzar como fantasmas por los controles de las autoridades colombianas. El Estado y el gobierno de Iván Duque no responden, no se inmutan.

«¿Quién recibió la bala mía, / La para mí, en su corazón? / ¿Sobre qué muerto estoy yo vivo…?», continúa el poeta. Es sobre estos 800 muertos, y los de más atrás, que estamos vivos todos los colombianos. Los muertos de la Unión Patriótica, los sindicalistas, los estudiantes, los excombatientes guerrilleros, los líderes indígenas y campesinos, los periodistas y muchos más. Colombia es un país de sobrevivientes. Sobrevivientes de la pandemia que se agrava, sobrevivientes de un sistema y un Estado que sólo garantiza sufrimiento para la mayoría y plomo para el que se atreve a reclamar.

Es a todos estos mártires a quienes los colombianos debemos nuestra sobrevida, porque a pesar de la persecución y de ser tratados como criminales, como terroristas, no detuvieron su lucha por los derechos de todos nosotros. Fueron ellos quienes advirtieron sobre la corrupción, sobre las consecuencias de la privatización de la educación, sobre el desmonte del sistema de salud que hoy hace que cientos de personas mueran tirados en los andenes frente a los hospitales. El país no los escuchó. Hoy la macabra realidad demuestra que tenían razón. Una mafia asesina controla el país, empezando por el subpresidente Duque y su vicepresidenta. En un país de inmensos recursos los ricos se hacen más ricos y los pobres más pobres.

No los escuchamos entonces, pero en medio del ruido de las balas y la angustia creciente, su ejemplo sigue llamándonos a emprender juntos el camino hacia otro futuro posible. Es momento de escucharlos.

#LaHuellaDeLosLíderes

Diego Marín Ríos

Desde la popa del Titanic. Historiador colombiano residente en Noruega.

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