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Emiliano Trochez

Emiliano estaba comprometido con la formación de la juventud en su comunidad, visitaba todas las mañanas una escuela y pasó tiempo siendo consejero de la Asociación de Cabildos Indígenas del Norte de Cauca Cxhab Wala Kiwe, Acin; fue gobernador y autoridad tradicional en el Resguardo Guadualito.

Germán Ávila Niño
La Pregunta. Obra del Maestro Duván

La Pregunta. Obra del Maestro Duván.

Michel Forst, Relator de Naciones Unidas, sostuvo en febrero de este año que Colombia es uno de los países más peligrosos del mundo para la defensa de los Derechos Humanos. Las cifras solas no muestran la tragedia humana que hay detrás de cada caso. Por eso un grupo de columnistas, hemos querido recuperar los rostros y las vidas de algunos líderes asesinados, y contar la historia de tres de ellos.

Esta nota, me voy a tomar la libertad de escribirla en primera persona, no será un texto periodístico, de opinión o narrativo. No sé siquiera si existe una categoría periodística o literaria que contenga el sentido de la indignación, la impotencia y la rabia, supongo que técnicamente cabrá en algún cajón. Escribo ahora sobre Emiliano Trochez Yonda, líder comunal en Santander de Quilichao, Cauca, a quien el 10 de agosto de 2018, agentes del odio le segaron la vida

Una de las cosas que más nos quiere arrancar la violencia es la posibilidad de unirnos en torno a esa vida. Por eso no quiero hablar de su muerte, porque en esa partida no podemos perder, no debemos. Porque hemos de concentrarnos en saber cómo y por qué vivió.

Tal vez había una mina de cualquier cosa, tal vez el progreso tiene cara de asfalto y acero retorcido en forma de carretera, en vez de los atrasados y salvajes árboles que lo único que producen es agua y comida para la gente que lleva siglos cuidando de ellos.

Emiliano estaba comprometido con la formación de la juventud en su comunidad, visitaba todas las mañanas una escuela y pasó tiempo siendo consejero de la Asociación de Cabildos Indígenas del Norte de Cauca Cxhab Wala Kiwe, Acin; fue gobernador y autoridad tradicional en el Resguardo Guadualito.

No lo conocí en persona, no tuve el gusto de estrechar su mano, aunque tal vez alguna de las veces en que la vida me dio el honor de recorrer el Cauca, me lo pude cruzar en el algún resguardo, en torno a alguna fogata, tal vez pudimos haber compartido alguna asamblea, alguna salida a la vía Panamericana a gritar la injusticia que hace tiempo no contesta con otro argumento distinto a la muerte.

Las comunidades originarias, que tienen un estricto sentido de la organización, han puesto a temblar al país, han removido los cimientos de una república hecha a fuerza de racismo e hipocresía, donde la sociedad se enorgullece de una cultura a la que se le lava la cara antes de mostrarla al mundo, una cultura a la que se le hace pintoresco el colorido “de los indígenas”, finge un respeto que no siente, que no tiene, que no le dura tres minutos más allá de la campaña electoral o la visita turística. Le lava la cara porque toma los elementos más blancos y mestizos de las comunidades raizales para hacer una mezcla aséptica y depurada de la cultura, donde se vea todo lo originario que se parezca más a lo occidental.

No hay nadie tomándose fotos en el centro de Bogotá con los Emberá, que se arrastran en medio de la miseria a la que fueron arrojados porque alguien en una oficina o algún salón social del nuevamente célebre Club El Nogal, decidió que la tierra en que vivían, era buena para algo, para el progreso, claro. El progreso que tiene cara de cultivos enormes con la misma planta. Tal vez había una mina de cualquier cosa, tal vez el progreso tiene cara de asfalto y acero retorcido en forma de carretera, en vez de los atrasados y salvajes árboles que lo único que producen es agua y comida para la gente que lleva siglos cuidando de ellos.

En el Cauca, la tierra de Emiliano hay de todo, está fértilmente sembrada de lo que se quiera sembrar, cualquier semilla germina en el Cauca, hasta la de la guerra. La coca se convirtió en la maldición de las comunidades para las que esa planta lleva haciendo parte de su cultura hace siglos, pero que en las últimas décadas terminó convertida en un monstruo deforme que mezcla lo más decadente del ser humano moderno y pasa por encima de lo que se ponga en su camino.

Uno de los mayores retos en las comunidades rurales que viven rodeadas de hoja de coca, es evitar que los jóvenes terminen absorbidos por una cosa a la que me cuesta mucho llamar cultura, la “cultura narco” o “traqueta”, como le decimos coloquialmente en Colombia. Es muy difícil convencer a los jóvenes de una comunidad para que caminen horas para ir a una escuela mal dotada e incompleta, y es más difícil aún convencerlos de que eso tiene un propósito en sus vidas, porque desde las montañas las universidades se ven muy lejos, o simplemente no se ven.

Los diálogos de un consejero comunal con los jóvenes en las montañas del Cauca o en cualquier vereda de Colombia rinden frutos, lo sé, lo vi. Eso hacía Emiliano Trochez, era un tipo peligroso para la máquina de muerte que se ha convertido en el poder en Colombia, sembrar esperanza en los jóvenes es arrebatárselos a la posibilidad de que terminen como esclavos de la guerra o “el progreso”.

Que la muchachada esté tocando la tambora, haciendo la Danza del Angelito o viendo una película alrededor de un televisor alimentado por un generador, tiene mucha más fuerza de la que parece, alimenta la esperanza, alimenta los sueños y las ganas de saber más, de aprender y conocer. Eso hacía Emiliano Trochez, y el peor error que podemos cometer es decir que lo mataron por eso. Lo mataron porque iba ganando, lo mataron por la cobardía del proyecto mafioso que domina Colombia, que no puede mirar a esos jóvenes para decirles que tiene algo mejor para ofrecerle, que no tiene nada que ofrecer más que la muerte disfrazada de un poder de papel: andar con un arma al cinto rodando por las veredas en una camioneta 4×4.

Rindo homenaje a Emiliano, exigiendo desde donde estoy que cese la muerte, que ese poder descompuesto, enraizado en Colombia, llegue a su fin y se haga la justicia para los que, como él, quisieron construir un país diferente; exigiendo que deje de ser un crimen penado con la muerte proponer otra cosa y que podamos vivir en medio de la diferencia, por más profunda que sea.

Germán Ávila Niño

Periodista, ilustrador y artista visual de Caras y Caretas.

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