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Revueltas en Portugal y Colombia: del bacalao a la cubeta de huevos

La revolución de los claveles. Lo cierto es que este soñador, en el fondo, no pierde la esperanza de ver un proceso real de transformación social en Colombia. Una revolución floral, de pensamiento y, sobre todo, que no nos cueste 45 años de traumas cada vez que escuchamos una canción como "Grândola, Vila Morena."

Imagen de Steve Buissinne en Pixabay

Imagen de Steve Buissinne en Pixabay

El pasado domingo 25 de abril amaneció soleado contra todo pronóstico. Un viento leve hacía mover las nubes hacia direcciones más lejanas que la ciudad de Barcelona. Me levanté pensando que iba a llover y terminó haciendo un tiempo tan primaveral que me permitió compartir unas cervezas en una terraza. Un clima ideal para revoluciones, pensé. Fue entonces cuando me acordé de que era 25 y ¡del mes de abril! Era como si el día me invitara a salir a celebrar. 

Grândola, Vila Morena, pensé. Y salí a buscar mi teléfono para hacer sonar aquella canción que 45 años atrás utilizó el Ejército portugués para dar la señal a sus hombres de hacerse con el control de Lisboa y así comenzar con lo que se llamó La revolución de los claveles. Aquel punto de inflexión en la que los mandos militares comenzaron una toma que culminó con el final de la que fue la dictadura más duradera del Siglo XX en Europa occidental. Esa canción había que escucharla ese día en conmemoración de su 45 aniversario. Pero ¿qué es lo que tiene de particular esta revolución?

A diferencia de muchas otras que se habían venido gestando anteriormente, esta no fue para nada sangrienta. Al contrario, su nombre poético lo obtiene a raíz de que una joven camarera llamada Celeste Caeiro regresaba cargada de flores retiradas de un banquete cuando un soldado le preguntó si tenía un cigarrillo. Ella, perpleja, al ver que iba simplemente atiborrada de flores, le entrega un clavel, y el soldado lo puso en su cañón. Al ver la escena, sus compañeros soldados hicieron lo mismo y rápidamente fue un gesto que se extendió por toda Lisboa. Cada vez que recuerdo esta historia me lleno de conmoción y pienso que una transición distinta de todas las otras revoluciones manchadas de violencia y sangre es posible. Es probable que solo sea un soñador, pero un soñador con hambre, en cualquier caso. 

Como no es de hacerse esperar, todo el pueblo portugués sale a homenajear esta hazaña militar y de toda la ciudadanía con sus platillos y vinos típicos de la región. El figurante principal: bacalao. Y es que, como me dijo la tía de una amiga portuguesa cuando estuve conociendo la ciudad de Sintra, “un festejo portugués sin bacalao no es un festejo”. 

Lastimosamente la celebración me dura poco. En esa misma semana, me levanto con la noticia de que en Colombia una jueza pretende suspender las marchas de una huelga nacional convocada por varios sectores de la ciudadanía en contra de la propuesta de reforma tributaria del Gobierno del presidente Iván Duque. Un proyecto que intenta recaudar más tributos gravando, entre otros, los productos de alimentación del consumo básico de la población más vulnerable. 

No tengo ánimos de entrar en lo bueno o tremendamente nefasto que podría ser la propuesta. Lo que, a mi parecer, terminó de consolidar las ganas de salir a marchar de los colombianos fue que el ministro de Hacienda colombiano, la persona que ha liderado ese proyecto, en una entrevista lamentable expresó con la arrogancia que caracteriza a las oxidadas élites, que una docena de huevos costaba alrededor de 1.800 pesos colombianos (alrededor de 40 céntimos). Perplejo con el video, tuve que consultar con mis asesoras gastronómicas más experimentadas: mis andunderas tías y madre en Cartagena de Indias, para dar con el precio real de una docena de huevos que oscila entre 4.000 y 5.200 pesos colombianos (alrededor de 1 y 1.30 euros) El gobierno se terminó de pegar un tiro a su propio pie. 

Y es que se pueden meter con muchas cosas, pero un grave error es meterse con la comida del pueblo, su cocina. Aquel espacio recóndito en donde aún pueden manifestar, a través de un plato de ajiaco, un mote de ñame con queso o un sancocho de pescado, su dignidad humana. A pesar de las miserias que les rodean. 

Es apenas evidente que ayer, jueves 28 de abril, los colombianos, contrariando las advertencias y las amenazas institucionales, salieran a marchar. El malestar social en Colombia es asfixiante, a la vez que inevitable. Con un gobierno desconectado de la realidad de su pueblo, viviendo la peor crisis sanitaria y económica, y con una de las mayores tasas de asesinatos a líderes sociales en el mundo, las marchas continuarán. Muy a pesar de lo que diga cualquier tribunal de justicia o muy a pesar de la pandemia. Y es que, como pregonaba una pancarta ayer en la marcha: “Un pueblo que no tiene miedo a salir en tiempos de pandemia, es un pueblo que sabe que su gobierno es peor que el virus”.

Seguramente habré sido uno de los pocos colombianos en haber celebrado, a mi propia manera, La revolución de los claveles. Lo cierto es que este soñador, en el fondo, no pierde la esperanza de ver un proceso real de transformación social en su país. Una revolución floral, de pensamiento y, sobre todo, que no nos cueste 45 años de traumas cada vez que escuchamos una canción como Grândola, Vila Morena.

Profesor universitario, director del Máster en Dirección Hotelera y restauración en el campus de turismo, hotelería y gastronomía de la Universitat de Barcelona, CETT-UB.

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